Culpable
| Cuando menos es más

Jake Gyllenhaal en el papel protagonista y Antoine Fuqua en la dirección nos traen un remake de la película de culto danesa homónima que vio la luz en el año 2018 que hará las delicias de los aficionados a los thrillers contenidos y minimalistas.

A la hora de realizar remakes de obras extranjeras, los directores estadounidenses generalmente tienen dos formas de actuar. Por un lado, están aquellos que ven una premisa que puede funcionar bien en la taquilla americana y se apresuran a tratar de copiar el éxito, generalmente sin entender los factores que hicieron a la película original brillar en su momento. Esta filosofía da, con frecuencia, productos cinematográficos pésimos que parecen una mala parodia de la obra original, como pueden ser El secreto de una obsesión (Billy Ray, 2015) u Old Boy (Spike Lee, 2013). Por otro lado, existen también los casos de remakes realizados por cineastas que, comprendiendo qué es lo que hace especial a la obra original, pretenden revisarla usando su propio punto de vista como directores y, con suerte, tratar de ofrecer algo nuevo partiendo de la misma historia pero sin desviarse en demasía de la película en la que se inspiran. En esta linea están remakes como Infiltrados (Martin Scorsese, 2006) o Déjame entrar (Let Me In) (Matt Reeves, 2010). En el caso que hoy nos ocupa, estamos ante un caso de lo segundo. Un remake de una película de culto danesa que, si bien a la hora de trasladar la historia al cine estadounidense se deja algunas cosas en el tintero, también añade otros elementos nuevos que la enriquecen.

Culpable (Antoine Fuqua, 2021) cuenta la historia del agente Bayler, un policía que ha sido retirado del servicio de patrulla por disparar a un joven en circunstancias poco claras y que está ahora atendiendo llamadas en el servicio telefónico de emergencias de la policía. Una noche antes del juicio, recibe la llamada de una mujer que parece estar secuestrada por un hombre. Sin forma de ayudarla, Bayler comenzará una carrera contra el reloj desde su despacho para tratar de rescatar a la mujer, pero al mismo tiempo que descubre nueva información sobre el caso también comenzarán a asaltarle dudas y remordimientos relacionados con su propio y oscuro pasado. Utilizando una premisa aparentemente sencilla, y que ya demostró el éxito del thriller minimalista por medio de la película original The Guilty (Gustav Möller, 2018), en la cual el filme de Fuqua se basa, el director estadounidense traduce de una forma sorprendentemente eficaz este thriller nórdico a la sensibilidad y cultura norteamericana.

Antoine Fuqua realiza un ejercicio magistral de dirección, usando las limitaciones de la premisa a su favor para generar tensión y misterio.

El director, que ya demostró su enorme capacidad para hacer excelentes películas policíacas como Los amos de Brooklyn (Antoine Fuqua, 2009) o la obra maestra del género Training Day (Día de entrenamiento) (Antoine Fuqua, 2001), nos ofrece aquí una película mucho más contenida, que tiene lugar en una única localización (el por momentos claustrofóbico centro de emergencias de la policía). En una película de estas características, uno de los elementos cruciales que hacen que el guion funcione o se hunda es la forma en que la información es transmitida al espectador, y en esto, tal como la original, la película protagonizada por Jake Gyllenhaal funciona a la perfección, aprovechando las limitaciones de la localización en favor de la narrativa y dejando de forma intencionada huecos en la información que se le da al público, de manera tal que se puede jugar con las cosas que la audiencia desconoce para acentuar la sensación de tensión, desconcierto o incertidumbre. Lejos de suponer un problema para contar la historia, las limitaciones espaciales que plantea el concepto de la película sirven para reforzarla y para aumentar la intensidad y el ritmo durante todo el metraje, haciendo que la película funcione como un thriller pero también como un drama sorprendentemente profundo y emotivo.

La obra de Antoine Fuqua funciona como un thriller pero también como un drama sorprendentemente profundo y emotivo.

Precisamente en su aspecto dramático es donde más sorprende, ya que el descenso a los infiernos que vive el protagonista resulta, gracias en parte a la portentosa interpretación de Jake Gyllenhaal, inesperadamente emotivo. El personaje, a través de las conversaciones telefónicas tanto con la víctima del presunto secuestro como con el supuesto secuestrador, se verá enfrentado a sus propios traumas personales. Tal como antes se ha señalado, el protagonista es un policía acusado de disparar a un joven inocente durante un arresto y está pendiente de juicio. A lo largo de la hora y media que dura la película, veremos como el agente Bayler se encuentra sometido por el remordimiento y esto ha tenido un efecto dañino tanto en sus relaciones familiares (en las escenas familiares vemos que nuestro protagonista no solo está pasando por un complicado divorcio sino que incluso su relación con su hija se ve resentida) como profesionales (se encuentra frustrado en su nuevo puesto y su relación con sus compañeros de trabajo pasa por un terrible momento). A medida que nuestro protagonista se va tomando el caso de la mujer secuestrada de forma más y más personal, veremos como esto también sirve a personaje para llegar a un lugar de vulnerabilidad emocional, pasando de negar su responsabilidad en el acto del que se le acusa a aceptar su parte de culpa y a hacer las paces con sus remordimientos, si bien ello también implica aceptar las inevitables consecuencias de sus actos.

Gyllenhaal ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera.

Es aquí quizá donde mayor relevancia toma el contexto cultural y social que rodea a esta película y que convierte a este remake en una cinta tan interesante. Como nuestros lectores probablemente sepan, el director de esta película, Antoine Fuqua, no solo es afroamericano, sino que también fue uno de los directores pioneros (junto con otros como Spike Lee) en llevar a la pantalla grande allá por los años noventa historias que trataban cuestiones relacionadas con la tensión racial o la brutalidad policial en Estados Unidos, en una época en la que el oportunismo de Hollywood todavía no había fagocitado estas cuestiones para mercantilizarlas y en la que los directores que realizaban películas críticas con el racismo estructural de la sociedad estadounidense no recibían palmaditas en la espalda y aplausos secretamente condescendientes y paternalistas por parte de las élites culturales como puede ocurrir hoy en día, sino que en muchos casos ponían en riesgo severo sus carreras profesionales. Dos décadas y media después, cuando la situación se ha invertido y prácticamente ningún productor está dispuesto a dejar pasar la tensión racial en EE. UU. sin sacar tajada, Fuqua nos presenta una película con ciertos matices que podrían ser considerados políticamente incorrectos por algunos, en la cual el protagonista es un policía que admite haber disparado a un joven desarmado sin motivo. Lejos de demonizar a este personaje, la cinta, sin tratar de defender sus acciones, nos invita a mostrar empatía por él, a comprender que no hablamos aquí de un monstruo o de un asesino a sangre fría sino de un hombre que a consecuencia de la inmensa presión que supone el ser policía en EE. UU. ha visto su salud mental deteriorada hasta el extremo, lo cual no necesariamente lo redime, pero tampoco le arrebata su humanidad. Aquel que espere una visión maniquea de esta realidad tan compleja puede que se sienta decepcionado, pero Fuqua logra gracias a esta complejidad moral que la película sienta que tiene algo relevante que decir. Generalmente siempre se dice que los realizadores cinematográficos deberían hacer películas de aquellas realidades que conocen o que les son particularmente familiares, pero esta obra es la evidencia de que lo contrario también es perfectamente válido, y que en muchas ocasiones, abandonar su pequeña burbuja identitaria para tratar de comprender a quien ocupa un rol diferente o incluso opuesto en la sociedad puede suponer un ejercicio de empatía tan relevante que siembre el terreno para una obra de arte excelente.

Si bien estamos ante un remake, la película conserva la esencia de la original, aunque añadiendo algunos elementos propios del cine de Hollywood.

Este poderoso mensaje se acompaña con un estilo visual que le sienta a la película como anillo al dedo. La cámara, siempre nerviosa, está en constante movimiento alrededor del protagonista, reflejando la tensión interna y compensando con su frenética actividad las limitaciones de la localización donde transcurre la acción. El centro de llamadas se siente completamente claustrofóbico cuando la trama lo requiere, haciendo que padezcamos la misma sensación de impotencia que el agente Bayler. En un ejemplo de libro de cómo hacer películas contenidas, el director aprovecha cada rincón y cada escena para ofrecer algo nuevo al espectador. Por si esto fuera poco, la edición consigue mantener de manera constante un ritmo absolutamente trepidante que sirve para que la premisa de la cinta nunca haga que se sienta monótona. Fuqua es un director que conoce perfectamente la formula del cine de acción y, aunque esta película trata sobre un tipo sentado ante un ordenador, el director la rueda como tal, manejando los tiempos para que las limitaciones impuestas por la premisa nunca se interpongan en una tensión que crece de forma constante desde el primer minuto. También ayuda a esto un metraje no demasiado largo que nunca da a la localización única en la que transcurre la película tiempo para aburrirnos.

Es cierto que esta película peca de lo que algunos pueden entender como los grandes pecados capitales del cine de Hollywood y que no estaban presentes en la original, como puede ser la redundancia en la exposición, la necesidad de atar todos los cabos sueltos en su desenlace o el coqueteo con el exceso en algún punto, pero a cambio ofrece una experiencia tan trepidante como dramáticamente intensa. Hay quien preferirá la original y hay quien se quedará con esta versión, siendo ambas notables películas, pero sin duda hablamos de un remake que, independientemente de su relación con el original, y gracias a la experimentada mano de un Antoine Fuqua en estado de gracia, justifica plenamente su existencia no solo como un correcto thriller, sino también como uno de los dramas policíacos más sugerentes de los últimos tiempos.




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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 1 octubre, 2021
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 1 octubre, 2021

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