Cry Macho
| El legado de Clint Eastwood a una generación

Clint Eastwood regresa al México que le hizo grande en el cine wéstern durante su juventud, pero esta vez lo hace a través de un personaje en su vejez cargado de remordimientos en busca de una última oportunidad para la redención.

Los grandes detractores de Clint Eastwood siempre tienden a levantar el mismo criticismo contra el actor/director, acusándole de reflejar siempre al mismo personaje en sus diversos papeles a lo largo de su carrera, ese aguerrido y taciturno antihéroe duro como el pedernal pero de entrañable corazón que protege a los inocentes pero persigue a criminales e indeseables, ya sea haciendo de forajido del oeste en El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966) o de policía curtido en Harry el sucio (Don Siegel, 1971). A decir verdad, no es que les falte razón, pero quizá lo más maravilloso de la carrera de Eastwood es cómo el director ha logrado transformar esta aparente debilidad en una fortaleza al basar casi toda su obra en ese arquetipo, logrando así ofrecer a lo largo de su filmografía uno de los estudios de personaje más interesantes de la historia del cine. De esta forma, cuando uno ve Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) es imposible no ver en su protagonista al mismo «hombre sin nombre» que el actor californiano interpretó en su juventud de la mano de Leone, pero esta vez visto desde una perspectiva diferente, como un viejo que vive junto con el peso de sus remordimientos y reflexionando sobre los errores de su vida. Si bien el personaje es el mismo, la forma de Eastwood de entenderlo va evolucionando junto con el autor, ofreciendo un panóptico profundamente interesante de su evolución y abriendo la puerta a no pocas reflexiones vitales. Si bien puede decirse que Eastwood casi siempre interpreta al mismo tipo duro, no es menos cierto que a lo largo de los años se las ha apañado para darle la suficiente evolución como para, a lo largo de sus diferentes fases como autor, contar cosas nuevas.

Es en esta última etapa en la que el cineasta quiere darle a su icónico personaje de tipo duro su última gran responsabilidad, la de dejar un legado a las nuevas generaciones más jóvenes. Es en este contexto en el que hay que entender películas como Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), El sargento de hierro (Clint Eastwood, 1986) o su último estreno, Cry Macho (Clint Eastwood, 2021). La historia sigue unos derroteros relativamente familiares, Eastwood interpreta a Mike, una antigua estrella de rodeo venida a menos y con problemas de alcohol tras la muerte de su familia en un accidente de coche. Un día, su antiguo jefe le encarga ir a México a recoger a su hijo, Rafo, el cual vive ahí junto con su madre. Mike pronto encuentra al joven, solo para descubrir que tanto su madre alcohólica como su padrastro narcotraficante han sometido al adolescente a años de abusos físicos y psicológicos. Tras recogerle y escapar de la estrecha vigilancia de su padrastro, Mike y Rafo emprenden una huida por carretera en la cual una serie de contratiempos causarán que Mike se convierta en una inesperada pero entrañable figura paterna para Rafo, que aprenderá de él una serie de valores a la vez que esto le sirve al viejo Mike para abrir su corazón por primera vez a alguien tras la pérdida de su familia.

Clint Eastwood nos ofrece otra película de vejez, en la que el director reflexiona sobre sus remordimientos y su legado.

En esta película encontramos una serie de temas absolutamente fundamentales en el cine tardío de Eastwood, siendo los más destacables los remordimientos por los errores cometidos en el pasado y la necesidad de transmitir sus experiencias y su aprendizaje a una nueva generación ávida de referentes paternos. Reflexiona a través de un personaje que llega a la vejez cargado de heridas emocionales sobre la necesidad de cuidar los elementos realmente relevantes en la vida, como puede ser la familia. En su etapa de vejez, el actor y director estadounidense se permite el conectar con ciertas inquietudes que no dejan de ser coherentes con la evolución de su cine y sus personajes, que pasaron de ser tipos duros de acción durante su juventud a hombres cargados de remordimientos en su madurez para, ahora, en su etapa de vejez, transformarse en ancianos en busca de una última oportunidad de redención.

Por otro lado, asistimos a un elemento temático absolutamente capital en el cine del Eastwood de las últimas décadas, que no es otro que su necesidad de dejar un legado a la generación más joven. Así, en este filme, al igual que en otros dirigidos y protagonizados recientemente por Eastwood como Gran Torino o Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004) nos encontramos ante una historia en la que el icónico cineasta encarna a un personaje que tiene la obsesión de ser un referente generacional y paternal para una generación joven que adolece de una alarmante falta de referentes paternales reales y constructivos en sus vidas. Ante una juventud que proviene de contextos sociales complejos, ya sean ámbitos sociales marginales por causa de la pobreza y las drogas, familias rotas y desestructuradas o contextos culturales fragmentados a causa de la inmigración, Eastwood busca erigirse como el padre simbólico de toda una juventud que ha crecido sin una figura paterna y a merced de las garras del consumismo de los medios de comunicación, los peligros de la vida callejera o los ambientes más marginales y estigmatizados de la sociedad estadounidense.

Una película de tono clásico, minimalista y sin desaforadas pretensiones, pero a la vez efectiva y emotiva.

Decía el bueno de Wittgenstein en su obra más tardía que la relación entre lenguaje y realidad era una bastante compleja. Por un lado, la realidad propiciaba la creación del lenguaje para permitirnos a los humanos describir del mundo a nuestro alrededor y comunicar ideas. Por el otro, no obstante, exponía el austriaco que también se podía recorrer el camino a la inversa y alterar el lenguaje para modificar nuestra percepción de la realidad. Dado que el lenguaje es la forma en que los humanos percibimos y comprendemos el mundo que nos rodea, incluso la modificación más sutil del mismo podía transformar nuestra cognoscencia —y con ello, todas las ideas, procesos mentales, referentes culturales, etc. que viven en nuestra mente y conforman nuestro conocimiento del mundo—. No hace falta ser un lince para entender que esto, entre otras cosas, significa que la apropiación y modificación de términos y conceptos lingüísticos es una de las grandes batallas de nuestro tiempo, y pocos términos han sido un campo de batalla tan culturalmente relevantes como el del concepto de masculinidad. Basta con revisar la historia cultural de los últimos 100 años para percatarse de que el término masculinidad ha sido un ascua al que todo el mundo ha querido arrimar su sardina, desde el mundo del marketing primero, utilizando el término para asociar la identidad masculina al consumo de determinados productos como vehículos, alcohol o tabaco —al mismo tiempo que las empresas tabacaleras también explotaban el feminismo con fines comerciales por medio de campañas como la de las torches of freedom demostrando que la verdadera forma de ganar la guerra de los sexos es estar en los dos bandos a la vez— hasta, en tiempos más recientes, y al rebufo de determinados cambios sociológicos, la consolidación de una corriente que busca la deconstrucción de la masculinidad —generalmente desde la otredad— sin primero comprender la correctamente y amalgamando de forma artificial la idiosincrasia masculina con determinados conceptos y comportamientos cuestionables y estigmatizados, construyendo el termino sintético de masculinidad tradicional —todo esto si entrar ya en como la política ha instrumentalizado el concepto de masculinidad, ya sea apropiándoselo desde la derecha o denostándolo desde la izquierda—. Sobre esto, Eastwood, como indeleble icono masculino, tiene mucho que decir.

A lo largo de los 104 minutos que dura la película, el personaje encarnado por Eastwood ofrece una reflexión sobre la masculinidad que se sostiene en dos frentes. Por un lado, a través del rechazo de una serie de connotaciones en ocasiones asociadas al ser «macho» como el consumo irresponsable de alcohol, el rechazo irreflexivo hacia las normas o el uso innecesario de la violencia como forma de sustentar la propia valía personal. Por el otro, el veterano director también usa esta película para recuperar aquellos valores de la masculinidad que considera importantes y constructivos para la sociedad pero que están de capa caída, como la disposición de proteger a aquellos que los rodean, el estoicismo y la competición positiva y no violenta dentro de jerarquías sociales. En otras palabras, mientras el joven Rafo piensa que el ser hombre consiste en emborracharse y pelearse, Mike le enseña que la hombría de verdad se refleja en cosas como trabajar duro o proteger a las personas queridas. Esto, no obstante, no implica un rechazo frontal del uso de la violencia, puesto que Eastwood deja claro que esta es perfectamente legítima en determinados contextos, como cuando esta es usada por los protagonistas para defenderse de los perseguidores de Rafo que buscan capturarle para que vuelva con su madre y su padrastro. A través de Mike, Rafo descubrirá que la verdadera valentía de un hombre no se demuestra siendo el más agresivo, sino estando dispuesto, por ejemplo, a sacrificarse por sus seres queridos.

El personaje interpretado por Eastwood trata de ser un referente paterno para el joven Rafo.

En lo tocante al estilo, nos encontramos ante una película que respeta de forma minuciosa los códigos del cine de Eastwood, esto es, una narración sencilla y directa carente de ornamentos visuales o narrativos innecesarios que nos distraigan de la historia. Todo pasa ante la cámara con un naturalismo que recuerda al cine clásico estadounidense y que hace que todo el peso de la película recaiga en un guion relativamente convencional pero efectivo que sigue las convenciones de la road movie sin inventar nada nuevo pero siendo efectivo en lo que se propone. Quizá uno de los mayores problemas de la película es que, si bien no hay ningún defecto significativo en ella, tampoco existe ninguna virtud que la distinga de otros títulos previos. El ritmo pausado que es habitual en Eastwood como director se acentúa aquí más si cabe, dando tiempo suficiente a que sus personajes interactúen entre ellos y desarrollen sus personalidades, lo cual hará las delicias de los amantes del cine clásico que cocina sus historias a fuego lento pero a la vez significará que para una parte del público más acostumbrado al cine de ritmo trepidante de hoy en día algunas secuencias puedan resultar tediosas o redundantes.

El guion es lo suficientemente sólido como para que nos encariñemos fácilmente con los personajes tanto de Rafo como de Mike, y estos están construidos de una forma bastante consistente psicológicamente que les dota de la suficiente profundidad como para que su presencia en pantalla sirva para insuflarle vida a la película. Mike es un protagonista que no encuentra su heroicidad en la épica o en momentos particularmente dramáticos, sino en su integridad y su humanidad cotidiana, mientras que la ambigüedad moral no hace que sintamos rechazo por el personaje sino que incluso nos facilita el empatizar con él. Lamentablemente, el resto de personajes de la cinta no disponen de la misma consideración —en parte por la falta de tiempo para desarrollarlos— y se limitan a ser meras comparsas del dúo principal, en ocasiones sin que sus motivaciones u objetivos queden claramente definidos en la obra. Esto es particularmente destacable en los personajes antagonistas, enormemente esquemáticos y que carecen del suficiente metraje como para experimentar cualquier tipo de evolución. Todo ello hace que Cry Macho se sienta, en líneas generales, como una obra interesante pero menor de la filmografía de Eastwood, que se queda lejos tanto de los peores tropiezos del director como de sus grandes logros.

Cry Macho es, ante todo, una película de tono clásico, minimalista y sin desaforadas pretensiones pero a la vez efectiva y emotiva que sin duda satisfará a los amantes del cine de Eastwood, pero que puede decepcionar a quienes vengan buscando una cinta que esté a la altura de otras grandes obras recientes del nonagenario director como Gran Torino o Richard Jewell (Clint Eastwood, 2019). Pero sin duda lo más interesante de esta película es el mensaje que el director plasma casi en cada fotograma, el cual no es otro que su voluntad de ser una suerte de figura paternal para guiar a una nueva generación que está llegando a la edad adulta con una peligrosa escasez de referentes adultos. A nadie se le escapa que desde los comienzos de su carrera, Eastwood ha sido un icono de la masculinidad, y en su etapa de ocaso, el director nos ofrece un cine en el que busca dejar un legado a una nueva generación, guiando a los más jóvenes a la edad adulta pero tratando de evitar que caigan en sus propios errores. Una película no exenta de errores y limitaciones pero tampoco carente de honestidad y corazón.




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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 24 septiembre, 2021
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 24 septiembre, 2021

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