Cromosoma 3
| Esto no es una metáfora

Una disputa matrimonial, un sospechoso centro de terapia alternativa y una serie de brutales asesinatos le sirven a Cronenberg para plantear este terrorífico relato sobre la crudeza explícita y la violencia inherentes a la familia y la maternidad.

Dentro de los lugares comunes del género de terror, la familia goza de un puesto destacado por méritos evidentes. Como tratamos de exponer en nuestra crítica de Hereditary (Ari Aster, 2018), la familia puede entenderse como un elemento extraño y aberrante de la realidad social: lo que por un lado es nuestra puerta de entrada a la comunidad política, el punto cero de producción de individuos aptos para la vida bajo las normas sociales, por el otro es nuestro vínculo indeleble a la animalidad latente de lo humano, el reconocimiento de la dependencia genética y reproductiva frente a nuestros progenitores, la marca de que ante todo somos un bulto de materia orgánica surgida del experimento corporal de la sexualidad.

Como ya nos parece habitual en el cine de Cronenberg, el director canadiense acude a estos pozos de inspiración comunes del terror y vuelve con algo enteramente diferente, un animal rabioso que nos obliga a mirar a la cara las consecuencias más sangrientas de nuestros tópicos familiares. Cromosoma 3 (1979) es uno de los más formidables ejemplares de esos animales rabiosos. Sin querer dar demasiados detalles de su trama, diremos que la película gira en torno a la disputa matrimonial de una joven pareja en crisis por la custodia de su pequeña hija Candice, cuya madre se encuentra involucrada en un controvertido programa psicológico conocido como «psicoplasmosis» dirigido por el imponente y misterioso Dr. Raglan (Oliver Reed). Tras una serie de brutales asesinatos en el círculo de la pareja por parte de unos «infraseres» enanos de origen desconocido, queda claro que hay algo más siniestro brotando de su disputa.

Oliver Reed interpreta a Raglan, el polémico doctor detrás de la Psicoplasmosis.

Cromosoma 3 permite, como gran parte de la ficción de terror, tomar sus elementos sobrenaturales y extraordinarios y reducirlos a una alegoría simple sobre, en este caso, las derivas agresivas de las disputas matrimoniales, las secuelas traumáticas del maltrato familiar y, de forma destacada, la facilidad con la que el trauma encadena una generación tras otra. Si nos mantuviésemos en este nivel de interpretación, seríamos capaces de desarrollar las formas en las que Cromosoma 3 explora las dinámicas tóxicas de género en la pareja, los círculos viciosos de el vínculo paterno/materno-filial, o el pavor figurativo de una sociedad patriarcal ante el poder reproductivo de las mujeres. Pero también seríamos capaces de sacudir la perturbadora visión de la película como una mera fantasía de terror, un juego metafórico, una sencilla ilusión distorsionada que remite a realidades más cotidianas reconocibles en términos familiares.

Pero si hay algo que Cronenberg hace de forma magistral es demostrar la hipocresía y la soberbia de este cómodo nivel metafórico y obligarnos a ver sus películas de forma «literal», recordándonos que la realidad es siempre más aterradora y salvaje que el concepto, al cual difícilmente se deja encadenar. Cronenberg invierte nuestras convenciones sobre lo literal y lo figurado, y nos muestra que el terror sobrenatural no es meramente reducible a nuestras categorías humanas, sino que las excede y las supera, y no solo al escapar de nuestra comprensión, sino al destruirnos mediante la violencia desnuda, directa y brutal. El director canadiense explicita las sangrientas consecuencias de nuestra altanera pretensión de reducir lo material a lo conceptual, la realidad a la razón y la vida a la ciencia, mostrándonos el engendro aberrante que resultaría de una literal transferencia de nuestras peores y más salvajes intenciones a la animalidad de la carne.

El director canadiense explicita las sangrientas consecuencias de nuestra altanera pretensión de reducir lo material a lo conceptual, la realidad a la razón y la vida a la ciencia, mostrándonos el engendro aberrante que resultaría de una literal transferencia de nuestras peores y más salvajes intenciones a la animalidad de la carne.

Este gesto ya lo exploramos en cierta medida en nuestra crítica de Shivers (Vinieron de dentro de…) (David Cronenberg, 1975), donde el director expone las premisas filosóficas psicoanalíticas según las cuales el ser humano es un torbellino de instintos sexuales y caníbales, como una realidad potencial capaz de ser puesta de manifiesto en mayor grado de literalidad por la experimentación orgánica, ridiculizando así el relato verde de drama familiar convencional en el que el propio psicoanálisis desemboca habitualmente. En Cromosoma 3, no exenta de sus referencias psicoanalíticas, Cronenberg desnuda al complejo «edípico» de su coraza metafórica y explicita el odio homicida de los hijos contra los padres, magistralmente encarnado en los «enanoides» asesinos del film.

Samantha Eggar interpreta a Nola, la madre de Candice y reclusa voluntaria en el centro del Dr. Raglan.

Por ello no es de extrañar la afirmación del director de que «Cromosoma 3 es mi versión de Kramer vs. Kramer, pero más realista.» Esto no es una broma, y la película no es una metáfora. Es el enfrentamiento forzoso de la audiencia contra la violencia y la brutalidad que subsiste a su condición humana, tan habitualmente sublimadas y ocultadas en los rincones apartados de nuestra psique que no nos atrevemos a mirar fijamente. Con todo, Cromosoma 3 no deja de ser una de las películas menos explícitas del director en sus primeros años, considerablemente menos sangrienta que Shivers y rodada con un tono más frío y cerebral, confiando en la visión espeluznante de los espacios abstractos de la Canadá invernal para construir poco a poco la anticipación y el suspense. Precariamente acomodados en los espacios cálidos de sus hogares, los personajes de Cromosoma 3, encarnados por un elenco de lujo, son inconscientemente vulnerables a la transgresión de los elementos desde el exterior, así como a la irrupción de la violencia y el terror. Así Cronenberg consigue, mediante la suministración por pequeñas dosis de la amenaza aberrante que acosan a los personajes, un mayor impacto en el momento en el que se desvela el corazón de la conspiración sobrenatural.

Y por mucho que tengamos que decir de la película, nos quedaremos cortos al describir la espectacular escena de body-horror que protagoniza el clímax del filme. Gracias a la magistral construcción del suspense por parte de Cronenberg y, con suerte, sabiendo poco de qué va la película, el fabuloso sentido por la repugnancia y la formidable imaginación hórrida del director eriza los nervios y retuerce el estómago como nunca cuando el misterio de la película se despedaza y se muestra completa ante nosotros, desnuda e iluminada, la espantosa realidad. Porque ni las más refinadas alegorías son comparables con las más crudas verdades, ni las más alocadas pesadillas de la mente pueden competir con las más pérfidas aberraciones de la carne, de la cual, como el concepto a la materia, es esclava eterna e incondicional.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO DAVID CRONENBERG   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 23 noviembre, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 23 noviembre, 2020

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