Cría cuervos...
| Incertidumbre y confusión en la infancia

España, 1976 | Dirección: Carlos Saura | Título original: Cría cuervos... | Género: Drama | Productora: Elías Querejeta | Guion: Carlos Saura | Fotografía: Teodoro Escamilla | Edición: Pablo G. Del Amo | Música: Frederic Mompou, Joaquín Valverde, Rafael de León, Manuel L. Quiroga, Imperio Argentina, José Luis Perales, Jeanette | Reparto: Ana Torrent, Conchita Pérez, Mayte Sánchez, Geraldine Chaplin, Mónica Randall, Florinda Chico, Josefina Díaz, Germán Cobos, Héctor Alterio, Mirta Miller, Julieta Serrano | Duración: 110 minutos | Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado (1976) | Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos: Mejor director (1977) | Festival de Cine de Bruselas: Premio de la crítica (1977) | | Disponible en:  Movistar+  FlixOlé 

España, 1976 | Dirección: Carlos Saura | Título original: Cría cuervos... | Género: Drama | Productora: Elías Querejeta | Guion: Carlos Saura | Fotografía: Teodoro Escamilla | Edición: Pablo G. Del Amo | Música: Frederic Mompou, Joaquín Valverde, Rafael de León, Manuel L. Quiroga, Imperio Argentina, José Luis Perales, Jeanette | Reparto: Ana Torrent, Conchita Pérez, Mayte Sánchez, Geraldine Chaplin, Mónica Randall, Florinda Chico, Josefina Díaz, Germán Cobos, Héctor Alterio, Mirta Miller, Julieta Serrano | Duración: 110 minutos | Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado (1976) | Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos: Mejor director (1977) | Festival de Cine de Bruselas: Premio de la crítica (1977) |

La infancia es ese refugio al que acudimos cuando necesitamos proveernos de esperanza y recuerdos felices. Sin embargo, pocas veces recordamos la indefensión y las dudas que nos azotan cuando somos niños, emociones que Saura rescata en este aclamado film.

Cría cuervos y te sacarán los ojos. A partir de este refrán el director español Carlos Saura planteó su decimocuarta película Cría Cuervos (1975), un collage de recuerdos y vivencias de la atormentada infancia de Ana (Ana Torrent) y sus hermanas Irene (Conchita Pérez) y Maite (Maite Sánchez) , que con una propuesta estética a caballo entre el costumbrismo clásico español y el surrealismo de Luis Buñuel (gran referente para Saura) ahonda no solo en temas tan universales como la pérdida de la inocencia, la añoranza por el pasado o la búsqueda desesperada de afecto, sino que también explora materias de gran actualidad como las consecuencias del machismo y la aplicación de la eutanasia.

Grabada y estrenada mientras que el dictador Francisco Franco perecía lentamente en su cama, la película parece tener un carácter casi profético; al igual que los habitantes de España, las tres niñas que protagonizan la cinta son testigos de la muerte de su autoritario padre, a la que le acompaña un período de incertidumbre que los historiadores a día de hoy denominan como Transición, que para las niñas se materializa en un interminable verano en compañía de su tía Paulina (Mónica Randall). Saura documenta como un buen historiador los sucesos de esta transición vital de la pequeña Ana, que ya de adulta, interpretada por Geraldine Chaplin, rememora algunos momentos de su niñez cercanos al fallecimiento tanto de su madre (también interpretada por Geraldine Chaplin) como de su padre. El relato gira en torno a este testimonio que, desde el punto de vista de Ana, se articula como un flujo de recuerdos y hechos que se superponen de manera orgánica los unos sobre los otros, al igual que se agolpan los pensamientos en nuestras cabezas. Esta técnica narrativa da lugar a un montaje de carácter postmoderno en el cual las escenas se van sucediendo dentro de una estructura que presenta flashbacks y flashforwards de manera no explícita. De este modo, en un mismo escenario, es muy común que se desarrollen situaciones presentes y pasadas protagonizadas por personajes diferentes evocados por Ana sin ningún orden concreto. Este carácter onírico, retrospectivo y en ocasiones surrealista, bebe directamente del cine de Luis Buñuel, cuya influencia en este filme, como en toda la obra de Saura, resulta evidente: entre otras cosas, ambos cineastas juegan con la convivencia en ambientes claustrofóbicos (los muros de la mansión donde se desarrolla la acción de El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) resultan tan opresivos como los de la casa donde habitan las tres niñas protagonistas), prestan atención a los impulsos del subconsciente y a los sueños y realizan una airada crítica de la hipocresía y doble moral propias de la burguesía. Esta aspecto se refleja sobre todo en el comportamiento del general Anselmo (Héctor Alterio), el padre de las niñas, que mientras que encarna los valores de la rígida moral católica propia del franquismo, practica el adulterio y maltrata física y psicológicamente a su mujer.

La tensión en el hogar, los conflictos conyugales y la trágica muerte de una madre emponzoñan los primeros años de vida de la protagonista, que define su infancia como un período largo, interminable y triste, «donde el miedo lo llenaba todo». Aunque la película muestra la malograda infancia de Ana como consecuencia de las circunstancias que rodeaban a la niña, Cría cuervos… va más allá del mero relato de los traumas que configuraron la personalidad de la Ana adulta, y trata de hacernos rememorar aquellos momentos de tristeza, inquietud y temor absoluto que, incluso habiendo sido niños felices, todos hemos experimentado alguna vez. Así, la película propone un punto de vista pesimista de una infancia que, pese a todo, luchamos por revivir día tras día.

Dentro de los temas musicales que se incluyen en la banda sonora de la película, destacan dos piezas que en el filme funcionan como un imán para los recuerdos: la película se inicia con el tema a piano Canco i danse VI de Frederic Mompou, leitmotiv de la primera etapa de la vida de Ana: en unos tiempos percibidos como lejanos y felices, la madre de Ana tocaba a su hija esta canción, un himno tan agridulce como los recuerdos de su madre que la protagonista atesora y rememora de madrugada. Más relevante aún que Canco i danse VI es el tema Porque te vas (1975) de la artista hispano-británica Jeannete, que Ana escucha compulsivamente en las monótonas tardes del verano durante las cuales se desarrolla la mayor parte de la acción de la película. Esta canción (cuya letra ilustra a la perfección los pensamientos de la protagonista) además es el que cierra la película, complementando la secuencia final del filme en el cual las niñas regresan a la escuela dispuestas a afrontar el inicio de un nuevo curso escolar, y quien sabe si dispuestas también a sumergirse en una nueva vida. Así, la película comienza asomándose melancólicamente al pasado y concluye con una oda a la incertidumbre que destila un presente irremediablemente manchado por la tragedia.

La película comienza asomándose melancólicamente al pasado y concluye con una oda a la incertidumbre que destila un presente irremediablemente manchado por la tragedia.

Junto con la música, el silencio juega un papel importante en el relato, y ocupa todo el espacio en los momentos de reflexión de Ana, una niña que, como tantas otras, sufre y no sabe bien por qué, proyectando un silencio que difícilmente se puede atravesar. Solo en los diálogos, realistas y depurados, se muestra de manera sutil los pensamientos de los personajes. La mayoría de las intervenciones son escuetas y poseen un carácter cotidiano cercano al estilo propio del cinema verité que en la etapa final del franquismo se empezó a popularizar entre los directores de la corriente que el historiador Roman Gubern denomina como «Nuevo cine español», dentro del cual podemos incluir, aparte de a Saura, a otros directores como Manuel Summers o Miguel Picazo. Dentro de estos diálogos, salpicados del carácter infantil que desprenden las protagonistas, destaca el relato de un sueño que Irene cuenta a su hermana, al final del filme. En este sueño, unos secuestradores la raptan y amenazan con matarla. Una vez que Ana escucha atentamente, Irene finaliza su historia, a la vez que la película concluye, con las siguientes palabras: «me pusieron una pistola en la sien, y cuando me iban a matar… me desperté».

Después de escuchar la anécdota, las niñas se dirigen a la escuela y termina el relato, de manera abrupta. Pese a que se podría teorizar acerca de una cierta evolución o catarsis a nivel semiótico, alegando que las niñas han despertado de una pesadilla confusa para volver a la vida cotidiana y seguir adelante, lo cierto es que la película provoca en el espectador un cierto extrañamiento, propio del «efecto de distanciamiento» que Saura, que además escribió el guion de la película, perseguía. Aparte del conflicto emocional de Ana, la penosa situación física tanto de su madre como de su abuela nos invita a reflexionar sobre la aplicación de la eutanasia, y las relaciones conflictivas entre los personajes (la de los padres y la de las niñas con su tía, que ejerce de madre adoptiva) nos hacen presentan la toxicidad del ser humano, y su incapacidad para convivir y desarrollar relaciones afectivas bien pese a la búsqueda y demanda constante de comprensión en las que tanta energía invertimos a lo largo de nuestras vidas. La muerte es un tema central en la historia, y la protagonista, Ana, cree tener un poder especial para dar muerte, cuando confunde un bote de bicarbonato con un poderoso veneno con el que intenta asesinar a su padre y a su tía.

La ausencia de una trama sólida (que el guionista Robert McKee denomina como minitrama) hace de esta película un producto que no cosechó un gran éxito entre el público general pero que sí que fue elogiado por la crítica. Cría cuervos…, entre muchos otros galardones, recibió el premio especial del jurado del festival de Cannes del año 1976 y Carlos Saura fue elegido como mejor director en la trigésimo primera edición de las Medallas de Escritores Cinematográficos. Por todo esto, se puede considerar al filme una obra imprescindible e influyente dentro del cine español. Otros directores españoles han explorado posteriormente las relaciones maternofiliales en sus películas, como Pedro Almodóvar en Todo sobre mi madre (1999) y en Dolor y gloria (2019) o Juan Antonio Bayona en Un monstruo viene a verme (2017). Los recuerdos y el regreso a la infancia ya los había explorado antes Víctor Erice en El espíritu de la colmena (1973) y posteriormente la directora Carla Simón ha indagado en el dolor de una niña por la muerte de sus padres en la película Verano 1993 (2017). Cría cuervos…, que ha sido incluida por el crítico y productor de cine Steven Schneider en su libro 1001 películas que hay que ver antes de morir (ABC Books, 2003), ha pasado a la historia del cine por su contribución al proceso de renovación del cine español, que en la etapa final del franquismo vivió un gran impulso que se materializaría en el premio Óscar a mejor película extranjera que recibiría el filme de José Luis Garci Volver a empezar en el año 1982.

Carlos Saura, en el momento de rodar Cría cuervos…, ya se había consagrado como cineasta con películas como La caza (1966), Peppermint Frappé (1967) o Ana y los lobos (1972). Según Roman Gubern, Saura fue en su época el realizador más prestigioso y conocido fuera de España, que en esta película se atrevió a innovar recurriendo, como buen heredero de Buñuel y colega de los prestigiosos Juan Antonio Bardem o Luis García Berlanga, a una puesta en escena intimista, con un ritmo lento en el que la mayoría de las acciones se llevan a cabo en el interior de la casa de las niñas (localizada en el número 17 de la calle María de Molina), en un conjunto de habitaciones con jardín desconectado de la realidad de un Madrid que se encontraba inmerso en una espiral de cambios y desarrollo. Esta atmósfera de irrealidad es propicia para dar rienda suelta a una serie imágenes oníricas, como la estampa de unas misteriosas patas de gallo ocultas en un frigorífico una secuencia en la que Ana salta desde su tejado para echar a volar. ¿Resultan casuales estas alusiones a las aves, titulándose la película Cría cuervos…? Se puede ver a Ana como a un cuervo que saca los ojos a su padre, y que intenta hacer lo mismo con su tía cuando trata de envenenarla al final de la película. Si se recurre a la versión inglesa del refrán que inspira el título de la película, «el que siembra vientos recoge tempestades», surge otra posible lectura: una infancia triste te cala y afecta tan profundamente que moldea la visión del mundo que tendrás el resto de tu vida. La película trata de indagar en estas sensaciones de angustia, monotonía y desesperanza (que en la tradición de la cultura española están muy presentes en las obras de los autores de la Generación del 98 como Azorín o Pío Baroja) y por ello son habituales los primeros planos, de un carácter enormemente expresivo, a las niñas, que constituyen el centro del relato. En ningún momento se nos muestran escenas en las que no estén ellas presentes, por lo que el espectador se identifica con ellas, al compartir su misma visión del mundo y de los acontecimientos que construyen su vida cotidiana. El espectador es un niño más en la misma realidad confusa y deprimente que habitan Ana, Irene y Maite, que incluso en una escena se une a un baile que realizan las niñas, cuando la cámara se acerca a ellas, las sigue y se mueve al ritmo del tema principal de la película, Porque te vas

Tan solo unos minutos de película se desarrollan fuera de la angustiosa casa de las niñas. Dos visitas a la finca rural de unos amigos de la familia, en dos momentos muy alejados en el tiempo, se entrelazan en una especie de oasis natural lejano a Madrid, en el que solo están latentes las tensiones entre los adultos y donde las niñas por fin pueden disfrutar de manera pura de su infancia. Los cuervos se sienten incómodos en las ciudades, pero en el campo pueden, por fin, volar libres.




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Texto de Ángel Gómez-Lobo | © laCiclotimia.com | 22 septiembre, 2020
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Texto de Ángel Gómez-Lobo
© laCiclotimia.com | 22 septiembre, 2020

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