Cómo se hace una chica
| Jane Austen y rock and roll

Mientras cuenta con una Beanie Feldstein fantástica encarnando el papel protagonista, la película de la cineasta inglesa Coky Giedroyc recoge a la perfección las subidas y bajadas de la adolescencia con un estilo lleno de carisma y verdad.

Ay, la adolescencia… esa época llena de cambios hormonales, nuevas experiencias, sueños y ganas irrefrenables de llegar a ese momento en el que el mundo te considera una persona adulta. Es interesante descubrir cómo la cultura ha ido retratando ese periodo tan definitorio de nuestras vidas a través de libros y películas que han querido explorar la experiencia del  coming of age. Los 90 probablemente fueron la edad dorada de este particular género con películas como Clueless (Fuera de onda) (Amy Heckerling, 1995) o 10 razones para odiarte (Gil Junger, 1999), muchas de ellas además inspiradas en obras clásicas de Jane Austen, donde se romantizaba una época en la cual todo era negro o blanco: o eras popular o eras una pringada y la experiencia del instituto se basaba en si te habías acostado con el capitán del equipo de fútbol americano, pero si tenías unos cuantos kilos de más tu vida no importaba en absoluto. Sin embargo, el paso del tiempo ha sacado a la luz que, a pesar de que todas estas obras forman la idea universal de lo que tendría que ser la adolescencia, este periodo de tiempo tiene muchas vertientes y experiencias distintas más allá de la de la «chica rubia mona» de turno. Grandes películas de los últimos años como Al filo de los diecisiete (Kelly Fremon, 2016) o la nominada al Óscar Lady Bird (Greta Gerwig, 2017) han demostrado justamente eso, que las chicas diferentes también deberían tener el derecho de contar su historia, una historia que probablemente sería más representativa de lo que es «una joven normal». En esa línea, Cómo se hace una chica (Coky Giedroyc, 2019) intenta dar voz a una chica que, al estar influenciada por todas esas referencias sobre lo que debería ser una joven triunfadora, cree que su vida va a ser un fracaso hasta que decide seguir su propio camino.

Cómo se hace una chica, basada en la novela homónima de la famosa columnista británica Caitlin Moran —que también es la guionista de la película—, nos cuenta la historia de Johanna, una chica de 16 años amante de los libros cuyo gran sueño es convertirse en una célebre escritora. La carismática Beanie Feldstein —conocida por interpretar a la mejor amiga de la protagonista en otras grandes películas sobre la adolescencia como son la anteriormente mencionada Lady Bird y Súper empollonas (Olivia Wilde, 2019)— protagoniza esta película llena de dulzura y con una mirada casi onírica de esa época tan convulsa que es la adolescencia. Aunque a veces no lo parezca, es importante reconocer el poso que dejan las películas en la opinión popular y en las expectativas que tiene el mundo a la hora de enfrentarse a nuevas experiencias. De esta manera, y al igual que hemos mencionado antes, el cine y la literatura coming of age han desarrollado la idea popular de cómo es y de cómo debe de ser la experiencia de un joven adolescente en el instituto. El primer amor, el primer baile, la primera experiencia sexual… se romantizan, y crea en los jóvenes —ya soñadores por la época vital en la que se encuentran— unas expectativas de lo que debe de ser ese periodo tan especial, haciendo que todo lo que quede fuera de ello sea un fracaso. Cómo se hace una chica emerge de manera inteligente de esta premisa, creando a través del personaje de Feldstein un viaje sobre los vaivenes y los sueños sin cumplir de una chica que, aunque no lo crea, tiene toda su vida por delante. Una de las decisiones más estimulantes que toma la película de Giedroyc es el mostrar esa mirada más onírica, ese mundo de yupi en el que estamos inmersos cuando tenemos dieciséis, y lo hace además de una forma bastante «cuqui», pero que lamentablemente a veces no funciona del todo. Johanna habla con las fotos de sus ídolos colgadas en su pared —que van desde Marx hasta la mismísima Jo March de Mujercitas (Louisa May Alcott, 1868)— como si estuviese en los pasillos del propio Hogwarts, e incluso con las imágenes publicitarias con las que se encuentra por la calle, dándole consejos y animándola a seguir adelante con su sueño. Un mundo imaginario que aporta ese punto kitsch que tiene la película, y que a veces, incluso, hace rozar lo hortera. Es, sin duda, el punto más refrescante de una cinta que, como bien dice la periodista Fionnuala Halligan en su columna de ScreenDaily, «trata de persuadir a la audiencia que no han visto todo esto antes».

Una película que funciona más allá de la comedia romántica y simpática que trata de ser.

El potente guion de Moran recoge a la perfección las subidas y bajadas de la adolescencia, casi como si fuesen curvas hormonales que funcionan por un ritmo circadiano fisiológico, a pesar de que el tono de comedia leve hace que la película vaya perdiendo peso con el paso del tiempo. El viaje hasta hacerse «mayor» de Johanna va pasando por varias etapas, desde la ingenuidad hasta la rabia derivada de la supuesta experiencia adquirida por los errores cometidos, retratando, a veces con cierta torpeza, una época en la que en ocasiones te crees mayor de lo que eres. Como bien dice el personaje de Johanna —o como se hace llamar cuando escribe sus columnas o críticas, Dolly Doyle— los dieciséis son la peor edad, demasiado mayor para ciertas cosas, pero demasiado joven para otras. Y eso es lo más potente de la película, que tras esa apariencia de comedia «cuqui» y ligera, Cómo se hace una chica se basa en una experiencia real, en la de la propia autora Caitlin Moran la cual reflejó en la novela homónima. Y esa realidad se palpa. La juventud es una época de errores y de pensar que has recorrido el mundo cuando solamente has «asomado la patita», y al final todo eso deriva a un momento de reflexión en el que, a pesar de todas esas vivencias, realmente te das cuenta de que sigues siendo un niño. Es acertadísima esa escena en el acto final, en la que el personaje de Johanna acaba ingresado en el servicio de pediatría junto a un payaso intentando hacer reír a otros niños, un momento clave donde la protagonista vuelve a poner los pies en el suelo.

Beanie Feldstein está fantástica encarnando el rol principal, aporta muchísimo carisma y verdad a un personaje que podría ser histriónico e insoportable en las manos de cualquier otra actriz intentando llamar demasiado la atención. Es una de las razones por las que Cómo se hace una chica funciona más allá de la comedia romántica y simpática que trata de ser, ya que en ella se pueden ver reflejadas muchas jóvenes para las que esta película podría ser importante. Por ello importa la representación, el crear figuras a seguir que pueden cambiar las expectativas de toda una sociedad. Y, sin duda, Beanie Feldstein es una gran figura a seguir. Dejemos que los jóvenes sueñen, que sepan descubrir por sí mismos que es lo que más desean, y que para ello puedan tener ejemplos en la gran pantalla con el que sentirse identificados y saber que otra adolescencia es posible. Cómo se hace una chica cumple en ese aspecto su función, a pesar de que a veces su mensaje pierda poder por el aparente empeño de la película en agradar y resultar simpática a la mayor parte de público posible. Beanie Feldstein es una estrella, dejémosla a ella también trazar su propio camino.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de Mikel Viles | © laCiclotimia.com | 4 agosto, 2021
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© laCiclotimia.com | 4 agosto, 2021

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