Color Out of Space
| El retorno de Richard Stanley

El director regresa casi treinta años después de la mano de Nicolas Cage en esta adaptación de un relato de Lovecraft. Gamberra, espeluznante y original, la película nos recompensará ampliamente si olvidamos las exigencias de coherencia y seriedad.

Cuando comienzas tu película con unas líneas escritas por Lovecraft, no puedes fallar. Aprovechar el sobrenatural talento del escritor de Providence para dar forma a tu adaptación puede incorporar una gran medida de genialidad, pero también puede ser una trampa. Entre las exigencias de respeto por el material original y necesidad de decir algo con sentido en nuestro momento presente, Richard Stanley se enfrenta a tarea de mantener un precario equilibrio. Puede que recordando el talento que había demostrado el director en sus anteriores producciones no resultara tan sorprendente que saliera airoso.

Pero hay que hacer un gran esfuerzo para recordarlo, pues para el estreno de Color Out of Space (2019) habían pasado la friolera de veintisiete años desde la última película de ficción de Richard Stanley, El demonio del desierto (1992), apenas su segundo film después del éxito de culto de su ópera prima, Hardware, programado para matar (1990). Atrapado en el desastroso rodaje de La isla del Dr. Moreau (John Frankenheimer, 1996), de la que fue despedido como director, Stanley pasó una temporada viviendo junto a un río en Australia con la única compañía de los aborígenes, fumando marihuana y afirmando que Val Kilmer había arruinado su carrera, para reaparecer unos años más tarde en lo alto de las montañas del sur de Francia, produciendo documentales esotéricos sobre ocultismo y vudú. Para quienes encontramos en ejemplos como Hardware, programado para matar las señales prometedoras de un joven y talentoso director de género, apenas nos contentábamos la promesa remota de un retorno incierto después de casi tres décadas de retiro.

Madeleine Arthur como la hija adolescente de la familia se gana a pulso el papel más destacado de la película.

El regreso, lo que finalmente ha sido Color Out of Space, era sin duda esperado, pero pocos podían haber previsto en qué predilectas condiciones. Para empezar viene de la mano de la compañía de producción de Elijah Wood, que últimamente nos ha traído fantásticos experimentos del cine de género como Mandy (Panos Cosmatos, 2018) o Daniel no es real (Adam Egypt Mortimer, 2019). Por supuesto está el fabuloso texto de Lovecraft, El color que cayó del cielo, que sirve de inspiración al largometraje. Y por último, como la guinda al pastel, está la inclusión del Nicolas Cage más desatado e impredecible en uno de los papeles protagonistas. Si desde el principio toda esta historia suena errática y voluble, también lo será el resultado final: una película fantástica, incoherente, desternillante, terrorífica y genial.

La gran genialidad de Color Out of Space es su habilidad para entrelazar escenas de pánico desenfrenado y horror sideral con momentos de desenfado delirante y ridículo.

En esto precisamente consiste el verdadero talento de Stanley: su habilidad para entremezclar referentes dispares y aparentemente antagónicos en un resultado final aberrante, pero electrizante. El peso abismal y el tono grave del relato de Lovecraft se hace notar desde el principio, y sus elementos de horror cósmico están extraordinariamente logrados. Siguiendo el relato, la película narra la llegada de un meteorito a la Tierra que desprende una presencia espectral en forma de un color indescriptible e hipnotizante, y que amenaza con consumir a los protagonistas en un abismo interdimensional inefable. Pero Stanley actualiza el relato de Lovecraft a nuestro presente, y hace que el meteorito caiga en el patio trasero de la —no tan— típica familia disfuncional norteamericana, cuya hija adolescente —Madeleine Arthur— es aficionada a la brujería y el espectacular Nicolas Cage como padre ataja su crisis de mediana edad ordeñando alpacas.

Color Out of Space es en sí un continuo juego de elementos terroríficos desopilantes. Por un lado, la amenaza innombrable del meteorito, figurada con flashes de colores púrpuras entrelazados y misteriosos comportamientos erráticos de los personajes y del entorno, inducen con genio y maestría una sensación generalizada de intranquilidad. Por otro, Stanley juguetea con referencias a la historia del género del terror y de la ciencia ficción y sus terrenos adyacentes, por todo el rango del ocultismo a la cultura popular, añadiendo detalles conscientemente ridículos como la ya mencionada afición de la brujería de la hija, así como una escena en la que Nicolas Cage aparece como un idiota en televisión defendiendo que ha caído un OVNI en su jardín.

Cuando la película alcanza algunos de sus puntos de inflexión, lo absurdo y lo terrorífico se entremezclan en ciertos híbridos narrativos horripilantes, en una serie de escenas con la originalidad de inducirnos indistintamente la náusea y la carcajada. Al fin y al cabo cabe valorar la poco habitual sensación de no saber si reír o encogerse de miedo ante algunas de las ideas más espantosas e imaginativas que Richard Stanley plasma en la pantalla. Esa es la gran genialidad de Color Out of Space, y por lo que merece ampliamente la pena: su habilidad para entrelazar escenas de pánico desenfrenado y horror sideral con momentos de desenfado delirante y ridículo, encabezados por más de una escena de Nicolas Cage dándolo todo. Pero si nos resulta disonante o poco convincente ver a Cage reaccionar ante una situación de amenaza extrema gritando como un loco mientras lanza tomates contra una papelera, quizás Color Out of Space no sea para nosotros.

Un Nicolas Cage en estado de gracia protagoniza algunos de los momentos más salvajes de su carrera, lo cual es decir mucho.

Es por ello importante recordar que, para disfrutar por entero de la película, hay que dejar algunas exigencias en la puerta. Para empezar, hay que olvidarse del tono profundo y experimental de Mandy. Aunque ambas películas comparten productora, estrella protagonista y un reconocible aroma ochentero, no podían ser más dispares: donde Mandy es cruda y desafiante, Color Out of Space es ligera y un poco chorra. Mientras que la primera nos asfixiaba con sus espantos abstractos, la segunda nos sorprende con sus espantosas tonterías. Si Mandy puede ser considerada un siniestro viaje psicodélico por las profundidades abisales del cine de género, Color Out of Space es una celebración energética y desenfadada de nuestro cariño y pasión por esos mismos referentes.

Ni que decir tiene que la película a veces resulta ocasionalmente confusa e inadecuadamente tonta, como podía esperarse en su intento conscientemente errático de combinar tantos elementos dispares. Y aunque hay un par de muertes gratuitas y poco imaginativas, más de un personaje innecesariamente necio y algunos elementos narrativos que se quedan por el camino sin explicación ni desarrollo, quizás la gran proeza de Richard Stanley consista en lograr que todo esto nos de bastante igual. Si se deja a un lado la necesidad de que todo cobre sentido al final, o que cada hilo de la trama tenga una resolución emblemática y espeluznante, no solo nos habremos negado a disfrutar la miríada de momentos desopilantes y ridículos de la película, sino ante todo su espeluznante forma de dar con un final emblemático.

Si cabe subrayar un gran valor final de Color Out of Space ese es el de la originalidad. Por muchos que sean sus tropiezos, Richard Stanley no ha regresado para incidir en las fórmulas de siempre y los clichés, y nos ha obsequiado con una película rabiosamente refrescante y entretenida, diferente y divertida, lo que creo que es evidente que necesitamos hoy día más que nunca. Y todo ello con su proporcional y respetuoso homenaje a la historia del cine de género y sus submundos asociados, y para coronarlo un Nic Cage sin ataduras en la cumbre de su histrionismo. Stanley ha anunciado que esta será la primera entrega de una trilogía de adaptaciones de Lovecraft, pero también nos da un poco igual: después de tal triunfal regreso, todo lo que venga es regalado.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 19 diciembre, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 19 diciembre, 2020

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