Cobra Kai
| Cambio de tornas

Estados Unidos, 2018 | Título original: Cobra Kai | Género: Serie de TV, Comedia, Acción | Productora: Sony Pictures Television, Overbrook Entertainment, Hurwitz & Schlossberg Productions. Distribuida por YouTube Red, Netflix | Guion: Josh Heald, Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, Stacey Harman, Luan Thomas, Michael Jonathan Smith (Personajes: Robert Mark Kamen) | Fotografía: Cameron Duncan, Paul Varrieur, D. Gregor Hagey | Música: Leo Birenberg, Zach Robinson | Reparto: William Zabka, Ralph Macchio, Courtney Henggeler, Xolo Maridueña, Tanner Buchanan, Mary Mouser, Jacob Bertrand, Gianni Decenzo, Martin Kove, Nichole Brown, Vanessa Rubio, Rose Bianco | | Disponible en:  Netflix  

Estados Unidos, 2018 | Creación: Josh Heald, Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg | Título original: Cobra Kai | Género: Serie de TV, Comedia, Acción | Productora: Sony Pictures Television, Overbrook Entertainment, Hurwitz & Schlossberg Productions. Distribuida por YouTube Red, Netflix | Guion: Josh Heald, Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, Stacey Harman, Luan Thomas, Michael Jonathan Smith (Personajes: Robert Mark Kamen) | Fotografía: Cameron Duncan, Paul Varrieur, D. Gregor Hagey | Música: Leo Birenberg, Zach Robinson | Reparto: William Zabka, Ralph Macchio, Courtney Henggeler, Xolo Maridueña, Tanner Buchanan, Mary Mouser, Jacob Bertrand, Gianni Decenzo, Martin Kove, Nichole Brown, Vanessa Rubio, Rose Bianco |

«Cobra Kai», la serie secuela de la mítica «Karate Kid», se enfrenta constantemente al balance entre su capacidad para enaltecer la fantasía juvenil más ingenua y la desmitificación de esta por parte de los adultos.

Barney Stinson, uno de los personajes de Cómo conocí a vuestra madre (Carter Bays, Craig Thomas, 2005), hablaba en un capítulo de una de las películas favoritas de su infancia. En ella se cuenta la historia de un joven entusiasmado por el karate cuyo empeño y energía le llevan hasta el campeonato de Old Valley, donde por desgracia pierde frente a un pardillo cuando este le golpea con una patada (ilegal) en toda la cara. Así el pobre chaval aprende una valiosa lección sobre cómo aceptar la derrota.

Es posible que nuestros lectores no recuerden de igual manera Karate Kid, la mítica película de los 80 dirigida por John Guilbert Avildsen. Por lo que sea, a la gente le es más fácil ponerse en la piel del joven Daniel LaRusso, habitante de un pasado idealizado, que aprendía del entrañable Señor Miyagi y su famoso «dar cera, pulir cera», símbolo de la paciencia y perseverancia necesarias para alcanzar el éxito, no solo en el kárate, sino en cualquier ámbito de la vida. Un espíritu que ya Avildsen había pulido, valga la redundancia, en la saga protagonizada por Sylvester Stallone: Rocky. Y es que esta clase de películas, por alguna razón, alcanzaron un nivel de relevancia increíble, cuya influencia llega hasta nuestros días, sin que eso tenga nada que ver en realidad con su calidad objetiva como obras. Porque Karate Kid, siendo sinceros, está a un ligero paso de convertirse en un verdadero festival de la vergüenza ajena pero su honestidad y humildad al reflejar tanto su historia como los valores tan puros de los que hace gala la transforman en una película impermeable en la memoria colectiva, tanto que convenció a miles de niños de iniciarse en los supuestos misterios del karate.

Pero como decimos, todo eso está en el pasado. Y lo interesante del pasado es que cada uno tiene su versión.

Aunque los eventos de Karate Kid estuvieran claramente pintados para favorecer al blanco y naranja del kimono del bonsái estampado, hubo algunos pocos a los que no les parecía tan descabellada la idea de Barney Stinson de empatizar con Johnny Lawrence, líder de los Cobra Kai y némesis de Daniel LaRusso. De la mente de esos pocos surge Cobra Kai (Josh Heald, Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, 2018), una serie secuela que llega más de 30 años después de aquel campeonato de Old Valley que tanto marcó a los que se batieron en él. En especial al paradójicamente bueno de Johhny, cuya vida no ha dejado de tomar un rumbo decadente desde aquella fatídica patada en la cara.

La serie parte de un punto de vista interesantísimo que obliga al espectador a replantearse no ya solo las circunstancias que rodean a la película original sino también todo aquel ambiente idílico ochentero del que tanta apología se hace a día de hoy. ¿Eran realmente tiempos mejores? Para Johnny sí, desde luego. Antes de la patada todo eran chicas, karate, sus colegas moteros, su 1991 Pontiac Firebird y la bestial Águila de acero (Sidney J. Furie, 1986). Ahora, muy a su pesar, todo está invadido por «frikis, pringados y enclenques y sus smartphones, apps y demás tecnología de nenazas». Eso no se puede tolerar y puede que haya llegado el momento de que Cobra Kai, su antiguo dojo de karate, y su lema «Pegar primero. Pegar duro. Sin piedad» vuelvan a ponerse de moda, por el bien de todos.

En un principio, la serie muestra un increíble potencial que llega a sus cotas más altas cuanto más se aleja de las intenciones de la obra original, de la que solo demanda cierto enriquecimiento al situarnos en un ambiente que nos resulte familiar.

Esto es tremendamente curioso porque aún siendo una secuela tan tardía, el cambio de perspectiva no se nota para nada forzado. Más bien es algo que demanda la propia narración. Solo hacen falta ver los primeros 10 minutos de la serie, que nos muestran a un Johnny Lawrence en la más pura amargura consumiendo una buena dosis de realidad, para que entres por completo en su juego y olvides al plasta de Daniel LaRusso. Porque Lawrence es a LaRusso lo mismo que Los Rolling Stones es a Los Beatles. Puede que antes colara el espíritu afable, meditabundo e ingenuo del Señor Miyagi pero ahora toca ser prácticos, dar caña y crecer a base del veneno y la mala leche de las cobras. Eso sí, con cabeza. Porque Cobra Kai pretende rememorar las grandes hazañas del pasado pero también busca lidiar con los muchos errores que se cometieron, cuyas consecuencias siguen hoy pesando. Ya solo por este esfuerzo que hacen sus guionistas por abrir y explorar unos personajes, que ciertamente destilaban humanidad en la película original pero que no dejaban de responder a arquetipos, merece la pena verse al menos la primera temporada. Algunas escenas en las que estos enemigos de por vida se reúnen en un bar a sus 40 años a charlar medio borrachos sobre cómo aquel campeonato les cambió la forma de percibir sus propias vidas están inspiradísimas y dotan a los personajes de una serie de capas que permiten redescubrirlos verdaderamente y no limitarse a la reaparición barata.

Pero tampoco nos columpiemos. La serie, que ya ha sido comprada por Netflix y también ha sido renovada hasta una cuarta temporada recientemente, no solo vive de esa curiosa reinvención, por desgracia. En un formato que demanda más tiempo en pantalla del que quizás sería necesario, era casi obligatorio que tarde o temprano sus artífices se limitaran a recrear la película original, sin más. Mostrándonos una toma de relevos que resulta interesante tanto en el caso de Johnny, más centrado en la redención, como en el de Daniel, que se ve obligado a ponerse a la altura de su querido y difunto Señor Miyagi. Pero es a la hora de introducir nuevos aprendices cuando la serie pasa a otro plano por así decirse, más «de manual», que rompe totalmente con su espíritu inicial. Suponemos que en aras de congeniar con las nuevas generaciones, los guionistas desarrollaron las tramas de estos pequeños saltamontes haciendo hincapié en los típicos dramas adolescentes de sentirse diferente, popularidad ante todo y como no, decenas de líos amorosos. Que conste que esto tampoco raya con el mecanismo de la película original pero sí es cierto que en ella se manejaban esos temas con cierto equilibrio. A medida que uno va viendo Cobra Kai se va dando cuenta que toda esa idea principal de la que parte se va diluyendo en una serie de tramas mucho mas cómodas de consumir, más predecibles y en algunos sentidos, mucho más ridículas. Posiblemente perdiendo así cierto grupo de espectadores pero sin duda ganando muchos otros, por otro lado.

Esto no sería algo preocupante, de hecho no lo es en absoluto para su productora, pero no deja de ser una lástima por el increíble potencial que muestra la serie en un principio. Un potencial que llega a sus cotas más altas cuanto más se aleja de las intenciones de la obra original, de la que solo demanda cierto enriquecimiento al situarnos en un ambiente que nos resulte familiar.

Como decía el Señor Miyagi, en esta vida todo es cuestión de equilibrio. Y Cobra Kai se enfrenta constantemente al balance entre su capacidad para enaltecer la fantasía juvenil más ingenua y la desmitificación de esta por parte de los adultos. No siempre lo consigue, todo sea dicho, pero eso no quita lo arriesgado de su apuesta y el resultado más que convincente en términos de entretenimiento que nos ofrece. De momento tal vez no merezca el cinturón negro pero no todo en esta vida es cuestión de victorias.




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 25 octubre, 2020
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 25 octubre, 2020

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