Claroscuro
| Sombras del pasado

Rebecca Hall se estrena en la dirección con un filme de corte clásico inspirado en el cine norteamericano de los años veinte. Un largometraje que, tras su juego de luces y su monocromatismo, expone la realidad del racismo a lo largo del siglo XX.

En Sombras (1959), ópera prima del director norteamericano John Cassavetes, se nos muestra un retrato lleno de fiestas, garitos y jazz. Lo más peculiar de dicha obra, compartiendo esencia con sus coetáneos artistas del beat, es como el cineasta neoyorquino introdujo la denuncia social, junto a la sintonía afroamericana y las raíces del racismo sistemático normalizado a las que esta etnia se exponía. Estamos acostumbrados a este tipo de cine desde todos los lugares y hacia todos los tiempos. Ya desde el wéstern, algunos cineastas como John Ford en Fort Apache (1948) o Delmer Daves en Flecha rota (1950) establecieron una crítica directa hacia la forma en la que los colonizadores norteamericanos exterminaron a muchísimas tribus aborígenes, en cuyo hogar hoy se extienden los vastos paraderos yanquis. Es así que, del mismo modo, Cassavetes quiso transmitir este racismo y xenofobia tan difundido a lo largo de las décadas desde dentro de las metrópolis modernas, con un hombre cosmopolita (sin revólver o sombrero de ala) que representaba la mano ejecutora, así como la visión atestiguada, de esta injusticia.

De este modo, adaptando la obra de Nella LarsenPassing—, Rebecca Hall se estrena al puro estilo Cassavetes como directora con una ópera prima donde el racismo no es un recurso, sino una meta a extinguir que se impregna de la misma denuncia social que Sombras. La historia se ubica en 1920, en tierras neoyorquinas, Clare (Ruth Negga), mujer mulata que se hace pasar por blanca, está casada con un magnate racista (Alexander Skarsgård) con el fin beneficiarse de su estatus social y económico, negado a los negros en aquella época. De este modo, y sin poder olvidar sus raíces, Clare acude a una amiga de su infancia, Irene (Tessa Thompson), otra mujer mulata que vive en Harlem (un barrio predominadamente negro) y no se avergüenza de sus orígenes. Clare, con el fin de reconectarse a su ascendencia afroamericana, mantendrá una relación arriesgada con Irene, su familia y sus amigos. Con esta premisa de corte tragicómico, la directora británica adapta de modo fascinante la obra del año 1929, siendo no obstante una película que no intenta hacer coexistir el pasado y el presente, sino que más bien se centra en relatar los hechos lejanos en el tiempo, centrando su crítica a lo coetáneo de estos años. Podríamos decir que Hall crea la antítesis de inventiva histórica de otros cineastas como Spike Lee, y en vez de usar un relato para introducirle briznas contemporáneas, fija hasta lo visual para que lo que ocurriera en la década de los veinte se quede (y no) en los años veinte. Y recalcamos entre paréntesis «y no» porque la fuerza de expansión de esta denuncia, que parte de una historia específica, logra honestamente trasladarse hasta nuestras pantallas, desde 1929 hasta 2021, gracias a Netflix. Estableciendo algunos puntos más que destacables que se consolidan mediante la dirección de fotografía y el ejercicio interpretativo de sus dos protagonistas: Tessa Thompson y Ruth Negga.

Del primer apartado, nada más que podemos deshacernos en halagos con el trabajo de nuestro internacionalmente conocido y compatriota Eduard Grau: la primera elección más que acertada de este equipo es sin lugar a dudas la tonalidad monocromática del filme. Si de por sí estamos acostumbrados a largometrajes actuales con inercia a los blancos y negros, no estamos tan adaptados a que estos grises se topen con una funcionalidad en ellos que vaya más allá: películas que perfectamente podrían ser grabadas en color y seguirían significando lo mismo, pero que en este caso no es así, ya que este drama racial usa tanto la cromática como la iluminación para dar significado a los tonos de piel de sus personajes. Pero no solo eso, sino que el tono de piel que puede ser más claro en alguien predominantemente mulato, y más oscuro en alguien con la tez blanca también interfiere con la acción: con las situaciones del entorno y las emociones que estas generan en sus protagonistas. Se podría decir que la traducción al español de su título «Claroscuro» es un acierto enorme, ya que la luz dentro de la película, así como las paletas de blancos y negros usadas en su interior, proporcionan sentido tanto a lo que vemos, como a lo que nos cuentan.

Rebecca Hall entra por la puerta grande en el mundo de la dirección y crea una amalgama de sombras del pasado que aún existen.

La segunda elección más que acertada, tiene que ver también con dicha fotografía, la toma de los 4:3 como ratio y su ensamblaje con el diseño de producción. Se aprecia que Rebecca Hall quiere ser fiel a la época en la que Larsen vivió y estableció su narrativa temporal. Es así que este aspecto visual seleccionado, como fueron grabados casi todos los largometrajes de aquella época, unido a la selección de escenarios y atrezo, establecen una dinámica en pantalla que te lleva desde los estudios de Film4 Productions en 2021, hasta los estudios de un Hollywood creciente a principios del siglo XX. El espectro de planos visuales bastante escueto (donde el plano medio y el primer plano son los más repetidos), así como los movimientos de cámaras utilizados (limitados a una cantidad de travellings que se cuentan con los dedos de una mano), nos hacen creer que en este punto Grau ha decidido olvidar todo lo visto en múltiples de sus piruetas en otros de sus trabajos, como El regalo (Joel Edgerton, 2015) o Un hombre soltero (Tom Ford, 2009), para tomar el libro de Historia del cine de Roman Gubern, y detenerse antes de llegar al cine de posguerra. Un ejercicio de cámara sencillo y limitado, que ayuda a Hall a establecer todo esto de lo que hablábamos antes de la atemporalidad.

En cuanto al otro punto fuerte del largometraje, podemos decir que lo de Tessa Thompson y Ruth Negga es de otro planeta: ambas intérpretes consolidan una actuación más que sobresaliente. Por un lado, la química en la interacción de sus dos personajes se vuelve tan creíble que traspasa la pantalla. Por otro, la interpretación individual de cada una con las circunstancias que les rodean se vuelven absolutamente veraces y tristes. Tessa, como una mujer mulata que acepta sus raíces de color, frente a Ruth, una mujer mulata que se avergüenza de ellas. Los dos límites de un mismo intervalo, que chocan, se entrelazan y que terminan por entenderse tanto, que a la vez no se quieren entender nada. Todo esto rodeado de la exquisita obsesión de los guionistas de la década de los veinte para que todo quede rodeado de conflicto amoroso. Así que añadimos a toda esta denuncia social, un toque telenovelesco que hace funcionar también la narrativa, que podría ser una traba, pero que Rebecca Hall lleva a convertirlo en el recurso central de su clímax. Hasta los peros de una época cinematográfica son transformados por esta joven directora en recursos potenciales. Así que al igual que Cassavetes en su ópera prima de 1959, Rebecca Hall entra por la puerta grande en el mundo de la dirección cinematográfica, transportándose completamente a otra época, aunque tendiendo puentes dentro de una temática actual. Lo que diferencia al clímax de Sombras del desenlace de Claroscuro, es nimio, ya que en ambas narrativas su final se proyecta en una sala llena de diversidad donde el odio y la intolerancia entran por la entrada principal. Una puerta que nunca debería tener esos nudillos llamando desde el otro lado. Claroscuro de Rebecca Hall es solo el cómputo de las sombras de Cassavetes, de Ford o de LeeClaroscuro es una amalgama de sombras del pasado que aún existen.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 11 noviembre, 2021



Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 11 noviembre, 2021

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