Christine
| Tragedia, fetichismo y terror

John Carpenter se alía con Stephen King en esta adaptación de la famosa novela donde un coche encantado pervierte la vida de nuestro protagonista. El resultado: un sólido film de terror sobre el pacto demoníaco en el que entramos con nuestras mercancías.

En la historia del cine compiten dos tesis contrarias: que cualquier adaptación cinematográfica no puede nunca igualar en calidad al material original y que, si el material es bueno, la adaptación necesariamente estará al mismo nivel, si no más. La realidad es que ambas cosas son en parte ciertas, y la mejor muestra de ello es el amplísimo nivel de adaptación al que ha llegado la obra de Stephen King, uno de los escritores más prolíficos del presente, como ilustra el contraste entre la reciente recepción de éxitos como It (Andy Muschietti, 2017) y tropiezos como La Torre Oscura (Nikolaj Arcel, 2017). Solo un autor tan admirado internacionalmente y con tanta afinidad con la industria cinematográfica como King ha podido obsequiarnos con clásicos inmortales como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) o Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), por nombrar apenas dos, mientras que se deja por el camino una retahíla interminable de adaptaciones de serie B y películas para televisión o streaming donde la calidad es, siendo generosos, irregular. Y a la hora de adaptar una de sus novelas más populares, Christine, es comprensible que se disparen las expectativas por una alianza del maestro literario del terror con una eminencia del cine de género como John Carpenter, en ese momento en el pico de su talento tras haber estrenado nada más y nada menos que 1997: Rescate en Nueva York (1981) y La cosa (El enigma de otro mundo) (1982).

La realidad es que, aunque pareciera que todas las piezas para un feliz resultado están ya ahí, es posible que la premisa de la película despierte nuestro escepticismo. Al fin y al cabo, acostumbrados como estamos al terror más gore y alocado, es difícil saber qué esperar de una película que se encuadra en estas claves de género y que, sin embargo, trata fundamentalmente sobre un coche. Un coche encantado, es cierto, tan cierto como que la animación sobrenatural de elementos inertes y cotidianos, como es el caso paradigmático de la casa encantada, es un tropo habitual del terror. Pero cabe preguntarse perfectamente cómo un coche con voluntad propia puede resultar una amenaza creíble más allá de tres o cuatro atropellos y golpazos de capó, los cuales tampoco faltan, todo sea dicho. Pero si creíamos que era por ahí por donde iría la película, estábamos totalmente equivocados. Por el contrario aquí estamos ante la obsesión de un joven habitante de los suburbios estadounidenses, Arnie (Keith Gordon), con un viejo coche destartalado que compra a un enigmático individuo en un descampado. Al apartar el foco de la violencia física, entendemos que la clave de la amenaza Christine no es la del coche como objeto, sino como objeto de deseo. Presentado como un joven de personalidad débil y baja autoestima al comienzo del film, la influencia de Christine provoca en Arnie una transformación radical, obsequiándole con la materialización de sus veleidades y fantasías, pero con el importante precio del orgullo y la soberbia que poco a poco corrompe su ansiada nueva vida, advirtiéndonos sobre el peligro de lo que deseamos.

Keith Gordon encarna con éxito la transformación de Arnie de cohibido marginado a orgulloso propietario de Christine.

Con ello Christine se convierte en una película de terror ciertamente atípica, pero profundamente inventiva e inteligente. Aunque aquí tenemos nuestros momentos de tensión, la película recula de las coordenadas de la violencia y el terror más invasivo para acercarse a una fábula espantosa sobre la sigilosa influencia de fuerzas sobrenaturales que, más que provocarnos horror, aceptamos voluntariamente para formar parte de nuestras vidas. Las ingeniosas premisas de King, habilidosamente proyectadas por Carpenter en la gran pantalla, convierten a Christine en un sugerente híbrido entre la historia clásica del pacto con el diablo, donde la deuda satánica recurre al final de forma trágica para demoler todo aquello que creíamos haber conquistado por el regalo demoníaco de materialización de nuestras más salvajes fantasías, y una fábula grotesca sobre el perverso poder de seducción de los objetos que pueblan nuestro sistema de mercado. Así la película conforma su peso narrativo y su relevancia como relato tanto de una leyenda atávica de Occidente, retrotrayéndose por un lado al sentido trágico y los resultados desastrosos de la hybris de los hombres cuando se enfrentan a sus dioses, y por el otro actualizando una historia tan antigua en un escenario tan nuevo como la irrupción de la economía de mercado, la publicidad y la sociedad de la imagen que sacudió por completo el siglo pasado y nos sigue provocando no pocos quebraderos de cabeza. Es por ello que la epónima Christine no es exactamente un «coche», o al menos no un coche cualquiera: es una imagen de sí misma, un Plymouth Fury de 1958 restaurado y barnizado, una seña brillante que implica un prestigio social, un símbolo, y un revulsivo a la autoestima de nuestro protagonista.

Un sugerente híbrido entre la historia clásica del pacto con el diablo y una fábula grotesca sobre el perverso poder de seducción de los objetos que pueblan nuestro sistema de mercado.

Pero además de ofrecernos una imagen precisa de la perversidad de los deseos de Arnie, impulsado siempre por ese prestigio social y el éxito sentimental que su condición de marginado le ha negado, la película es hábil para demostrarnos todo aquello que no sabía que tenía y que su obsesión con su nuevo coche le hace perder. Es el caso de su mejor amigo Dennis (John Stockwell), que finalmente supone el núcleo emotivo del film, haciendo de él una película clásica sobre la amistad. También es el caso de su interés romántico con Leigh (Alexandra Paul), que aunque en un principio consigue ver materializado, pronto descubre que no todo es como él lo había imaginado y que hay una importante diferencia entre la obsesión y el amor. Ambos personajes serán finalmente en los que recaiga la posibilidad de rescatar a su amigo de las garras de su coche demoníaco. Christine es ante todo una meditación muy fina sobre la diferencia entre los objetos de nuestro deseo y la realidad, sobre los efectos insospechados de la ilusoria imagen de éxito que la sociedad nos impone perseguir y que distorsiona nuestra percepción de lo que realmente es valioso en la vida que, lejos de tener que ver con una mercancía o con un objeto material y la imagen alucinada que tenemos del mismo, tiene más relación con nuestros lazos de afecto y solidaridad con los demás. Se trata por tanto de una perversa fábula sobre el fetichismo de la mercancía, algo que llegados a este punto parece casi natural que encaje a la perfección con las claves del terror, al presentarnos la cualidad insidiosa de los objetos aparentemente inanimados que pueblan nuestra vida cotidiana como una presencia sobrenatural nunca explicada, nunca explícita (lo que logra el evidente mutismo de nuestro antagonista automovilístico), pero cuya influencia es presente y real.

La imagen icónica del Plymouth Fury del 58, con su caracterísitico color rojo, se convierte en todo un signo de amenaza y poder demoníaco en la película.

Con todo, Christine no deja de ser una película un tanto extraña al interior de la filmografía de su director, que aquí deja a un lado la acción más salvaje y desenfada de producciones como La niebla (1980) o 1997: Rescate en Nueva York (1981), así como el humor más chorra y el aroma pulp de producciones posteriores como Golpe en la pequeña China (1986) o Fantasmas de Marte (2001). Es cierto que Carpenter ha sido siempre un maestro del suspense y la tensión, y que gran parte de su genialidad consiste precisamente en aunar el espíritu de un tono y unas premisas más bien ridículas con todo tipo de sutiles mensajes sociales, pero por muy absurdo que nos resulte el punto de partido de Christine y muy sugerentes sus escasos pero efectivos momentos de acción y violencia, la realidad es que es probablemente una de sus películas menos absurdas y más sesudas. Y si bien puede que muchas de las señas de identidad del director estén ausentes aquí, no nos falta otro icónico ejemplo de sus legendarias bandas sonoras. Aunque su coexistencia con los clásicos del director hacen de Christine sin duda una película de segunda fila en el universo de Carpenter, eso no hace que deje de ser un clásico del cine de género por sí misma.

El film es por tanto más fácil de disfrutar si uno no cuenta con las expectativas de encontrarse con una producción de género donde abunden los sustos y los chorros de sangre, algo que por otro lado había empezado a ponerse de moda en el tono más infantil y desenfadado al que se sumó gran parte del cine de terror de los años ochenta. Aquí estamos ante algo muy diferente, que sin dejar a un lado de la tensión y el suspense, encuentra casi todo su valor en su lectura trágica de la influencia de las mercancías en nuestra vida cotidiana, sirviendo a su vez de revisión del romanticismo juvenil que había rodeado gran parte de la cultura estadounidense en su obsesión nostálgica por los años cincuenta, como representa por excelencia Grease (Randal Kleiser, 1978), década de la que de forma nada casual proviene el coche en cuestión. Es posible que Christine no sea más que una película de miedo promedio, y ni siquiera un gran éxito de cine de suspense, y está muy lejos de ser de lo mejor de su director, mucho más de las mejores adaptaciones del autor de su material original. Pero es, por el contrario, una película fantástica y una siniestra tragedia moderna sobre la influencia insidiosa de las mercancías y la imagen en nuestra sociedad, así como la cualidad fantasmagórica del pasado sobre nuestro presente, y de la crucial importancia de valorar nuestros lazos de afecto, nuestro cuidado mutuo, por encima de esa alucinación colectiva que nos induce el mercado, sus objetos y sus imágenes.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 7 julio, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 7 julio, 2021

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