Charlatán
| El pasado es presente

La maestra del cine polaco Agnieszka Holland recupera la figura de Jan Mikolášek y presenta un retrato exquisito colmado de trasfondo político. Un planteamiento genuino sobre la figura de un «sanador» y el papel de la ciencia y la medicina en la sociedad.

La ciencia y en particular la medicina se han visto cuestionadas y colocadas en el punto de mira especialmente en el tiempo que nos acucia. En un contexto tan propicio como el actual, la cineasta y también Presidenta de la European Film Academy (EFAAgnieszka Holland, estrena su último filme Charlatán (2020). Un retrato peculiar sobre Jan Mikolášek, un herbalista o «curandero» con un gran talento que diagnosticó e incluso llegó a sanar a un gran número de personas durante la segunda mitad del siglo XX en Checoslovaquia. Esta interesante figura se ve además enriquecida por unas circunstancias de guerra y posguerra que sitúan a Mikolášek en un contexto aún más complejo para poder ejercer su oficio. Oficio que además ejerce sin dejar de lado su creencia en Dios, dándole aún más sentido al término seleccionado de «charlatán» y sus posibles connotaciones, para denominar a una persona que a través de muestras de orina diagnostica las enfermedades de los/las pacientes, acompañando el tratamiento con una frase del tipo: «y no pierdas la fe». Porque al fin y al cabo, creer en la ciencia o creer en una religión no deja de ser una cuestión tanto individual como colectiva de pensamientos, así como de hechos científicos empíricos que, aunque en ciertas situaciones se presenten como contrarias, no tienen por qué ser incompatibles. Tal y como define el DRAE, la «fe» puede ser desde un conjunto de creencias en una religión a la confianza que se tiene en alguien o algo, definición que además se ve acompañada del ejemplo: «tener fe en el médico». ¿Es entonces la medicina cuestión de fe? ¿O es la sociedad la que sigue enraizada en sus creencias religiosas más férreas que se extrapolan hasta llegar incluso a cuestionar hechos empíricos y científicos? De una forma u otra, la cineasta polaca tiene la gran habilidad de presentar el relato sin posicionarse ni juzgar la labor de Mikolášek, sino simplemente se limita a narrar los hechos y dibujar su figura para que la audiencia sea la que reflexione sobre ello. Reflexión que puede tornarse no apta para todos los públicos si la persona que entra en sala busca una biopic al uso y convencional.

La ciencia y la religión convergen en la figura de Mikolášek.

Al igual que en su anterior filme esbozó un drama basado en el periodista británico Gareth Jones y su papel en la Unión Soviética, con la presente película vuelve a recuperar una figura relevante pero menos reconocida en la Checoslovaquia de los años 40 a 70, desde el período de la Segunda Guerra Mundial hasta la posguerra. Ante figuras de la ciencia tan relevantes en Polonia y a nivel mundial como es Marie Curie, la directora prefiere recuperar historias y hechos reales menos conocidos que, como ella bien dice, son más fáciles de completar y enriquecer con la libertad creativa y ficcional que el cine ofrece. Algo que además potencia con la mención y reconocimiento a la maestra de Mikolášek. Con esta historia, se ofrece una de las mejores secuencias del filme, donde él aprende de ella mientras ambos miran al trasluz las muestras de orina en un hermoso primer plano de tonalidad ámbar, que bien demuestra el gran conocimiento y pasión que la cineasta tiene por el séptimo arte. La persona espectadora asiste a la película de Holland como lo hace al observar el cuadro barroco de Rembrandt La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, convirtiéndose también en aprendiz al observar a los personajes de la obra de arte.

Holland desarrolla la historia de Jan Mikolášek con una estética más cercana al cine de suspense o thriller y más alejada de la atmósfera dramática.

En el filme, la veterana y gran directora sigue su línea más aclamada y personal de la nueva ola de cine polaco donde las tramas están enraizadas en la Europa del Este y la presentación de una nueva perspectiva sobre la situación de guerra vivida en dichos países, enmendando el cine de propaganda e institucional llevado a cabo durante dicha época. Entre sus indudables maestros se encuentran el renombrado director de cine polaco Andrzej Wajda, del cual Holland fue asistente de dirección en Danton (1983), película también basada en hechos reales e íntegramente política. No obstante, el cine polaco ha quedado en muchas ocasiones relegado al cine de autor y más nacional, sin alcanzar una amplia distribución a nivel internacional, a excepción de cineastas como el aclamado Roman PolanskiPawel Pawlikowski, o la propia Agnieszka Holland, la cual se abrió paso hacia su carrera internacional y llegó a los premios de Hollywood con su filme Europa, Europa (1990), una pieza cinematográfica brillante sobre la figura del judío polaco Solomon Perel y cómo tuvo que fingir ser un soldado del ejército nazi para sobrevivir. Charlatán vuelve a recuperar esta atmósfera y estructura narrativa, dándole una vuelta más y enmarcando la historia en una atmósfera construida de forma exquisita a través de recursos cinematográficos propios del cine negro.

Los planos con un cuidado uso de la regla de los tercios así como la exquisita enmarcación de los personajes son preeminentes en la obra.

En este caso, alejándose de la estética más realista de Europa, Europa, la realizadora polaca despliega un gran número de recursos cinematográficos que convierten la pieza audiovisual en un gran aporte a su filmografía y la historia del cine en general, en una línea que bebe de uno de los directores más característicos por su barroquismo y contrastes fotográficos como es Orson Welles. Holland desarrolla la historia de Jan Mikolášek con una estética más cercana al cine de suspense o thriller y más alejada de la atmósfera dramática, un relato tosco y barroco con una gran preeminencia de primeros planos y planos detalle, así como un juego exquisito con la profundidad de campo, que acercan a la audiencia a las emociones y expresiones más íntimas de los personajes. Además, utiliza el recurso de los planos contrapicados y el fuerte contraste de luces y sombras que enmarcan a los personajes como bien hizo en su día Orson Welles, cineasta que además, como dato curioso, tuvo que exiliarse en 1946 de los Estados Unidos por la sospecha de que fuera comunista. A través de esta atmósfera barroca y propia del cine negro de los años 40, con maestros como Billy Wilder, John Huston, o el ya mencionado Orson Welles, presenta la historia del herbalista checoslovaco desde una perspectiva y con una estética perfectamente cuidada y sensatamente seleccionada. Otro de los rasgos destacables del filme así como de la mayoría de la filmografía de la cineasta es el subtexto que siempre cuestiona y pone sobre la mesa la lucha de ideologías polarizadas y dualistas, del capitalismo y el comunismo, tal y como también hizo de forma brillante Fritz Lang en Metrópolis (1927) y su representación de la lucha de clases. Sin embargo, la directora polaca se aleja de las representaciones más figuradas, y se acerca a historias peculiares e individuales desde las cuales poder contar diversas experiencias, enmarcadas en una situación tan devastadora como la Segunda Guerra Mundial y la división de Europa y el mundo entre dos fuerzas ideológicas.

Si en la actualidad la situación sanitaria de pandemia ha provocado la emergencia de movimientos a favor y en contra de la ciencia, la historia de Jan Mikolášek no se recibe de forma anacrónica a pesar de la diacronía desde entonces hasta el presente, sino que llega en el momento justo para que la audiencia reflexione y se plantee cómo ciertos aspectos de la sociedad siguen estancos a pesar del paso del tiempo, con otros rostros y otros enfoques, pero con el mismo trasfondo político, social y económico. El cuestionamiento de la ciencia sigue existiendo a día de hoy, el cuestionamiento de la compatibilidad entre ciencia y religión e incluso la discriminación hacia el colectivo LGBTIQ+ por su orientación sexual o identidad de género, y es por ello que la original obra de Agnieszka Holland no debe caer en el olvido como cayó la historia de Mikolášek, o como siguen cayendo todas las atrocidades que han llevado a la sociedad hasta donde se encuentra en la actualidad. Porque el olvido del pasado es lo que provoca la ceguera en el presente y la reincidencia en el futuro.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 21 agosto, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 21 agosto, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?