Cazador contra cazador
| No, no es solo carne

Lo que comienza como una especie de Moby Dick tras un temible lobo en el laberinto de árboles, vira a turbio encontronazo con un enemigo peor. Su tensión permanente desemboca en un final apoteósico que duele, sobrecoge, repugna y hiela la sangre.

Rápida y eficientemente se nos presenta a los miembros de la familia: padre e hija, sembrando el bosque de trampas que en cualquier momento pueden volverse en nuestra contra —en lo literal para los personajes, pero también en lo metafórico, como especie: lo que dejamos por ahí tirado, trampas, basura… nos perjudicará, o a visitantes posteriores—. Husmean y exploran expertamente. Por otro lado, conocemos a la madre, gestionando la rudimentaria logística y venta de pieles de pequeños animales. Se trata de un oficio que apenas da sus últimos coletazos. Es una vida dura, y eso disculpa en cierto modo tan atroz oficio en un filme que es, a todas luces, animalista y acusador de cómo el ser humano invade el espacio y destruye la fauna autóctona, sea por lucro o porque le molesta o teme su presencia. Clama a ponerse en esa piel que se le está arrancando a los animales que están cayendo en sus emboscadas. Dibujado ese contexto, el detonante del drama y, más paulatinamente, del terror, es que un lobo se está comiendo esas presas. La familia que se nos muestra como una manada aislada, lobos solitarios, empieza a estar dividida —en el sentir y en lo físico— a raíz de ese descubrimiento que los devora de miedo. La madre quisiera volver a la ciudad, ya no ve romanticismo en este estilo de vida. Nos da en la frente a ese creciente grueso de población que idealizamos la vida en el bosque, pero que quizá no captamos hasta qué punto el aislamiento allí y el desconocimiento pueden suponer problemas graves. De tipo incompatible con la supervivencia: escasez o difícil acceso a los alimentos, a educación y alfabetización —en el caso de la niña—. Si algo deja claro este filme, es que el ser humano hace largo tiempo que dejó de pertenecer al bosque y de saber desenvolverse allí de manera sostenible para sí y para el ecosistema. Y que, aunque haya quienes ansíen volver a estar en comunión con él, el bosque no nos quiere: somos un cuerpo extraño en su torrente sanguíneo. Que la naturaleza repudia nuestra especie y que le molestamos, que le hacemos un daño terrible, está siendo un leitmotiv más que habitual en el cine de género posterior a la propagación del coronavirus. Y muchas de las obras que está ofreciendo el Festival de Sitges se hacen eco de esa epifanía que parecemos estar experimentando —véase In The Earth (Ben Wheatley, 2021)—.

Una obra con un crescendo de tensión que esprinta hacia una apoteosis de dolor, rabia y shock.

Summer H. Howell y Camille Sullivan son madre e hija en Cazador contra cazador.

La sombra de un posible hombre lobo planea constantemente sobre esta pieza, filmada mayoritariamente en escenarios naturales diurnos —en casa tan solo se come, se duerme y se despellejan presas—. El tratamiento de la iluminación contribuye a no desprenderse de la tensión durante un solo minuto: la intensa luz del sol puede desorientar cuando se entra en pánico, o bien es un reflejo de ese mirar sin ver del puro miedo; la noche, o el bosque más cerrado y con escasa luz, nos hace sentir más a merced de lo que acecha en el exterior. Es un miedo constante a que el depredador asome. Planos cenitales empequeñecen a la mujer urbanita, mostrándola vulnerable durante el tiempo en que permanece ajena a las técnicas de supervivencia primitivas. Pero, ojo, que si el temor a la bestia irracional no era suficiente, el guion sabe cómo echar más leña al fuego con el hallazgo de un escenario que habla por sí solo de un peligro aún mayor. También habrá una escena en concreto en que la distorsión de la luz y la desaparición del sonido crearán la atmósfera de desasosiego ideal para precipitar todo luego. Nuevamente, la silueta del enorme cánido es un dedo que señala esa máxima del homo homini lupus. Y el pegamento para que todo funcione serán unas actuaciones bien sugestionadas por el clima que deben transmitir y que transmiten al público. Mención especial merecen madre (Camille Sullivan) e hija (Summer H. Howell), sobre quienes recae el mayor peso de la cinta. Unas scream queens de categoría que no se limitan a chillar: rugen como fieras protectoras que son, la una de la otra y del pobre perro. Va de animales, por lo tanto hay moraleja: somos bestias. Lo que sembramos, recogeremos. Si para obtener carne matásemos con nuestras propias manos, ni la consumiríamos tan placenteramente, ni tan voraz e indiscriminadamente. El explícito cierre hace ahínco en ese visualizar la carnicería. El crescendo de tensión esprinta hacia una apoteosis de dolor, rabia y shock: un final que es una sobrecogedora pérdida de cordura. Un horror que es trabajo fino de maquillaje y prótesis. El suspense y súbito sadismo se siente como en Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015), casi tan wéstern y con un inesperado momento horrible que quiere poner en nuestra piel y carne el daño que sufren los animales en las suyas.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2021   



Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 15 octubre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 15 octubre, 2021

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