Blue My Mind
| De perdidas al mar

Lisa Brühlmann retrata el rechazo adolescente al propio cuerpo y sus miedos vía body horror. El mito de la sirena, tan frágil como voraz, eleva este coming of age en espiral autodestructiva que exalta la sororidad y la naturaleza como único hogar posible.

Se trata de una historia que va mucho más allá de retratar una adolescencia agónica con serios problemas para gestionar los cambios en el propio cuerpo, sumada a la sensación permanente de incomprensión y la amenaza latente del bullying, sobre todo para quien se incorpora tarde a un entorno hostil. Para más inri, el distanciamiento con los padres y el temor a no ser realmente su hija, dispara todavía más la ansiedad. Este es, a grandes rasgos, el esqueleto de una vida sacada totalmente de la zona de confort de la infancia, que se va por el sumidero, junto a los paisajes amables a los que llamamos hogar. En el nuevo hábitat, todo el metraje se tiñe de persistente azul, que es el color de las penas en las lenguas germanas, y el del cielo reflejándose en el mar que lame las heridas (o el oleaje del lago, a efectos suizos), el dicho metafórico del pez fuera del agua se torna sirena. Y de las fieras, pues entre tanto bello coral, abundan los depredadores y mejor ser tiburón que su merienda. 

Además de todo eso, Blue My Mind (Lisa Brühlmann, 2017) expone los diferentes estratos culturales de una Suiza que, con todas las comodidades económicas y la calidad de vida que posee y aún con el progresismo democrático y la corrección política y de modales que abandera y que se le adjudica, no está libre de un importante sedimento de prejuicios sociales y un poso muy machista. Además, entre todo el riquísimo entramado de comportamientos nocivos que podemos encontrar en el filme, se señala directamente al capitalismo como fuente de origen y perpetuación de trastornos como la ansiedad, la depresión, la fobia al rechazo, la marginación, la ingente cantidad de hijos (de casas económicamente acomodadas) desatendidos, porque el trabajo es la prioridad. Mantener el estatus socio-económico es puntal e incuestionable. Y ese característica está íntimamente ligada con la proliferación de los trastornos emocionales y psiquiátricos que también está detonando la vorágine capitalista en nuestra tierra. Por eso la cinta, entre sus muchos reclamos, también se hace eco de la estigmatización de las grietas en la salud mental. Y ni siquiera realmente por una verdadera afección sino, a veces, por diagnósticos de enfermedad mental precipitados, hechos muy a la ligera.

Siguiendo con la gran variedad de denuncias de este cuento terrible y sororo, asistimos a graves escenas que no están gritando visceralmente contra un «simple» problema de machismo. Es algo mucho peor: una muy preocupante y tempranísima sexualización de las menores que podemos reconocer como algo no tan endémico del país como generalizado a nivel mundial. Aunque, como apunte informativo, cabe dejar constancia que la Sociedad Suiza de Pediatría, en colaboración con la Universidad de Lausanne, realizó en 2018 (recordemos que este filme se estrenó tan solo un año antes) una estadística sobre el grueso de maltrato infantil registrado en la última década por los centros hospitalarios suizos, concretándose en sus diferentes formas: violencia física, psicológica y sexual. Cada año se reportaron entre 900 y 1.500 situaciones relacionadas con ese horrible abanico, de los cuales, los porcentajes que ocupan casos de estupro fueron oscilando entre un 17,7%  y un 25.2% —a veces en descenso, a veces en aumento—. Y eso en la Europa más acomodada. Poca broma.

Uno de esos filmes que impactan en el pecho del espectador, penetrando más allá.

Mia encarna el despertar sexual entre la verdadera curiosidad y la cosificación extrema, que la lleva, como a muchas (y muchos) adolescentes, a buscar validación mediante la promiscuidad y el atrevimiento con las drogas y otras situaciones de riesgo absurdas. Su pecera es un ecosistema brutal y cruel, como el del fondo del mar, en el que aparentar ser una depredadora para evitar el bullying puede llevarle a transformarse orgánicamente en ello. Pero, por otra parte, bajo todas esas escamas con que se eriza para protegerse, late una gran confusión. A veces un verdadero interés por el placer, el sentir; una la búsqueda de la orientación sexual, incluso una posible bisexualidad (riesgo de estigma añadido, y en estrecho contacto con la vejación de la promiscua entre las promiscuas). Y la presión sobre el cuerpo y su conducta jamás se relaja, ni en entornos de supuestos adultos: desde el tipo cuarentón de Tinder que justifica su propio deseo perverso con las edades definidas por el consentimiento legal, hasta una espantosa escena claramente condenatoria de cierta Manada de treintañeros —llevados en esta ocasión a una fiesta con adolescentes—, Lisa Brühlmann no deja títere con cabeza a la hora de repasar culpables repugnantes de la existencia de cuentos amedrentadores como Caperucita. Y su iconografía se palpa en la escena más grotesca, con una delicadeza estética que hace destacar la carita de niña de Mia y sus labios rojos en una oscuridad que sería de un resultado fotográfico bello si no irrumpiera en ella algo tan pornográfico como violento. Acometer esta escena supone algo arriesgadísimo para la cineasta, y resuelto de una manera impresionante, por lo que remueve y por lo delicada que es a la vez con su protagonista pese a lo sórdido de lo que está narrando.

La pregunta principal es: ¿dónde están los adultos? Los profesores no parecen servir para mucho más que para apuntalar el estigma. La madre obsesionada con el deporte no parece sino reforzar el rechazo al propio cuerpo y los cambios debidos a la pubertad, con trastornos alimentarios sugeridos y ligados de manera muy interesante con la transformación de corte fantástico. Pero son cambios que también se pueden conectar con posibles venéreas e incluso con algo psicosomático. En cualquier caso, la visceralidad creciente en la relación entre ellas ilustra la ruptura del vínculo madre-hija, el rechazo a seguir el modelo de mujer materno o incluso la sensación de traición al sospechar ser adoptada y el síndrome de abandono que implica. El padre, fuera de plano, es un padre ausente. Su voz es como que pasa por ahí, pero no se posa. No se detiene, no cuida y no se comparte. No hay vínculo emocional real. Es un espectro. Cumple de manera puntual con funciones como llevar a su hija en coche y ella va atrás, porque aún es una niña. Y él es un señor con un puesto importante, de ahí su impecable traje y la choza familiar, que no está nada mal. Es un hombre de negocios, curtido para lo laboral. Para ella es una espalda, la que va en el asiento de conductor. Él dirige, él manda. Él solo da la cara cuando llega el momento de imponer una autoridad, una represión, la amenaza de castigo. Un castigo en forma de amenaza con retomar una terapia. ¿Hay algo menos terapéutico que transformar ese recurso en amenaza?

Mientras tanto, otro punto interesante del filme es la muestra del contraste, aparentemente paradójico, entre esa necesidad de atención en el hogar y de existir para el entorno del instituto… pero también de desaparecer. Demasiados cambios, demasiada presión. La piscina, la natación, el agua y su efecto pacificador aluden al hogar (al perdido en la mudanza, pero también al líquido amniótico: la paz de encontrarse a salvo en el vientre de la madre biológica, como haciendo hincapié en la nostalgia de la sencillez de la infancia, pero también por esa posibilidad de la adopción ocultada).

Blue My Mind es de esos filmes que impactan en el pecho del espectador, penetrando más allá. Tanto más cuando muchas mujeres podrán verse reflejadas, si no literalmente en las vivencias de su protagonista, en algunas malas decisiones o simplemente en el aluvión de cambios y de factores externos agresivos, potencialmente marginadores. Incluso rayando lo destructivo en una etapa tan sensible como la adolescencia. Pero más allá del contenido, de lo narrado, el continente tiene una estética realmente cuidada. Cuenta con una colección de imágenes tan llamativas que se incrustan en la cabeza, con lo que el aprecio de lo visionado crece al cabo de los días. Se va valorando a mejor. A más profundo. A veces por lo bello aplicado al terror fantástico y al body horror, al angst detonado por una pubertad muy traicionera. Pero impresionantemente armónicas y explícitas en la narración de lo más terrible y sórdido, como decíamos. Algo que se ofrece sin paños calientes, pero rodado con muchísimo tacto y respeto hacia la actriz protagonista, pero con total exhibición ante los ojos de un público al que Lisa Brühlmann pretende repugnar y horrorizar. Y bien que hace.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 26 mayo, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 26 mayo, 2021

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