Berlin Alexanderplatz
| Un hombre quiere ser honrado

Feroz y con un sentido estético muy atractivo, la adaptación siglo XXI de la inabarcable obra de Döblin está llena de momentos transformadores y algún traspiés. Un relato del hombre contra la dualidad firme en lo narrativo y no siempre universal.

Para empezar, debemos hablar de Rainer Werner Fassbinder y de Alfred Döblin, del primero por haber rodado la inmensa adaptación televisiva de esta gigantesca obra, y del segundo por haberla escrito. Debemos, pero no pretende este texto funcionar como un análisis comparado que, a todas luces, resultaría bastante inexacto y poco útil dadas las diferencias funcionales entre esta y aquella, y sobre todo, porque el corazón de lo que dijera Fassbinder en el año 1980 sobre el lumpemproletariado germano y lo que ha actualizado Burhan Qurbani para la ocasión difiere tanto en lo estructural que estaríamos ensayando sobre dos obras tan distintas en su génesis como complementarias en lo semántico: al fin y al cabo, Berlin Alexanderplatz siempre ha sido, desde su misma concepción, una exploración en clave generacional del hombre contra sí mismo y, a su vez, contra el entorno que le niega y le corrompe, hasta no saber, ni tampoco importar, hasta qué punto el mal esquiva la bala de la entereza, o ocurre al revés.

En esta ocasión, iremos tras los pasos de Francis, un migrante bisauguineano que, interpretado por un convincente Welket Bungué, acaba en las calles de Berlín escapando de una vida de penurias que se hace la firme propuesta a sí mismo de no volver a cometer el mal. Esta constante en todos los Berlin Alexanderplatz supondrá la idiosincrasia principal de la obra, a partir de la que se abrirán las infinitas variaciones que estudian la inocencia, la lealtad ciega, el amor, el sexo o —en esta última— problemáticas raciales. Adornada por unas llamativas luces de neón muy Winding Refn que le sientan a la noche berlinesa como un guante, su carga estilística se convierte en un elemento más de la narración al hacer converger por un lado la nocturnidad y sus oscuras confusiones y motivaciones, y por el otro un simbolismo aplastante que busca en la naturaleza —los pájaros enjaulados—, el arte —esa representación de La Piedad de Miguel Ángel en clave suburbana— o los deseos carnales un lugar común con el que representar todo su imaginario visual. Acierta por completo en su dibujo decadente y frío de los horrores del hombre contra la convicción o la ética, aunque también se desvía hacia un camino quizá sacado un poco de su tiempo al situar lo que parecía un conflicto central —el hecho migrante y el racismo— como una comparsa argumental, que si bien no es en sí mismo un problema reseñable desde la crítica cinematográfica, sí que sugiere como mínimo una mención por su extraño modo de introducirlo y luego abandonarlo.

Una obra descomunal, con infinidad de luces y de sombras, de altibajos, de momentos de absoluto magnetismo y también de tosquedad.

El sexo y muerte, esas pulsiones tan ancladas en el Thanatos, las explora Burhan Qurbani mirando casi a través de la teoría psicoanalítica, y se vale de ellas para comentar sobre la dualidad interior del personaje de Francis —una dicotomía que en algún momento de la obra se vuelve torpemente explícita— y convertir su lucha en algo mental. Por otro lado, todo lo que implica el estudio directo de la integridad moral de los personajes queda reflejado en la manera en que nunca parece haber términos absolutos ni decisiones correctas o incorrectas, sobre todo teniendo en cuenta que la obra en su conjunto está diseñada como una reflexión de su protagonista desde la total subjetividad de sus ojos: el bien y el mal entendidos como dos extremos del mismo continuo están reflejados en Berlin Alexanderplatz como círculos concéntricos en los que uno contiene al otro constantemente, y dependen del nivel de aceptación de sí mismo y de la realidad de Francis. El viaje del protagonista, que está narrado con ambigüedad por una voz en off que viene y va con intermitencia, requiere de un espectador capaz de entrar en el juego de lo subjetivo y que abandone una literalidad que puede llegar a considerarse risible —las decisiones del personaje de Bungué son cuestionables como poco, inverosímiles en muchos casos—, y aunque en ningún momento decae —un logro particularmente reseñable dadas sus tres horas de duración— no es un trayecto sencillo, aunque su post-visionado le haga buena justicia. Berlin Alexanderplatz es una obra descomunal, y precisamente por ello, tiene infinidad de luces y de sombras, de altibajos, de momentos de absoluto magnetismo y también de tosquedad, aunque en realidad al final sea más fácil recordarla por sus momentos álgidos que por los bajos.


Artículo perteneciente a la serie: D'A FILM FESTIVAL 2021   



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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 5 mayo, 2021
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 5 mayo, 2021

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