Becky
| «Solo en casa» ultraviolento y preciosista con niña-mapache rabiosa

Estados Unidos, 2020 | Dirección: Jonathan Milott, Cary Murnion | Título original: Becky | Género: Acción, Drama, Terror, Thriller | Productora: Yale Productions, BoulderLight Pictures, BondIt, Buffalo 8 Productions, SSS Entertainment, SSS Film Capital, United Talent Agency | Guion: Nick Morris, Lane Skye, Ruckus Skye | Fotografía: Greta Zozula | Edición: Alan Canant | Música: Nima Fakhrara | Reparto: Kevin James, Lulu Wilson, Joel McHale, Amanda Brugel, Robert Maillet, Ryan McDonald, Gage Graham-Arbuthnot, Mike Dara, Chandra Michaels, James McDougall, Isaiah Rockcliffe | Duración: 100 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial (2020) |

Estados Unidos, 2020 | Dirección: Jonathan Milott, Cary Murnion | Título original: Becky | Género: Acción, Drama, Terror, Thriller | Productora: Yale Productions, BoulderLight Pictures, BondIt, Buffalo 8 Productions, SSS Entertainment, SSS Film Capital, United Talent Agency | Guion: Nick Morris, Lane Skye, Ruckus Skye | Fotografía: Greta Zozula | Edición: Alan Canant | Música: Nima Fakhrara | Reparto: Kevin James, Lulu Wilson, Joel McHale, Amanda Brugel, Robert Maillet, Ryan McDonald, Gage Graham-Arbuthnot, Mike Dara, Chandra Michaels, James McDougall, Isaiah Rockcliffe | Duración: 100 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial (2020) |

Si Macaulay Culkin se topara con los tipejos de este filme en una adolescencia tan cruel, sus retorcidas trampas se bañarían en sangre. El público de Sitges acoge la proyección entre vítores de apoyo a la protagonista y gritos de grima y espanto.

En esta 53 edición del Festival de Sitges se está viendo mucha apuesta por el subgénero home invasion. Pero lo de esta joya dirigida por Cary Murnion y Jonathan Milott es una explosión de creatividad, no solamente en lo cromático. Ha conseguido la proeza de llevar lo bucólico al gore, o a la inversa: la barbaridad al preciosismo fotográfico y a lo naíf, haciendo que queramos arrancarnos los ojos para dejar de mirar aquello con que nos asalta.

Dulce primavera de sangre

Nosotras solemos inaugurar la adolescencia con un derramamiento de sangre que ya nos acompañará durante gran parte de la madurez. Esto va implícito —en lo simbólico— en el ritual de entrada a la vida adulta de Becky, en un filme que se deleita esparciendo chorros de sangre, materia gris y otras delicias a lo largo de la tierna primavera —tanto metafórica en cuanto a fase vital, como estacional— de esta ni niña ni mujer que aún se plañe por su difunta madre.

Por todo ello, la época del olor a hierba y las flores ya no es que se nos antoje una suerte de Midsommar (Ari Aster, 2019), sino que se encuentra más en estrecho contacto con lo naíf y lo infantil, corrompido con una explosión de furia homicida. Más que eso: una voluntad o, más bien, un ansia, como reza la protagonista en un momento dado: «de hacer verdadero daño».

Es una de las pérdidas de la inocencia más bestias que puedas experimentar en la pantalla, y vale mucho la pena verla en la grande, en una sala de cine. Te va a arrollar la cabeza, a subir la adrenalina y es más que probable que grites tanto como aplaudas. Porque, sin duda, vas a empatizar con ella. Vas a estar a su lado pase lo que pase y le vas a terminar justificando todo. No en vano los enemigos son claros merecedores de ello.

O también puede suceder que te desmayes directamente, si eres una persona sensible al sadismo del género que a saber cómo ha llegado hasta estas líneas.

La pérdida de la inocencia no se produce entre sombras: no se dota a la protagonista de una estética de muñeca rota con pretensiones de algo macabro dentro de lo claroscuro, de lo gótico. Su violencia es tan visceral como natural.

La apertura del filme, que fija un paralelismo entre los pasillos de un instituto, con los matones en corro abusando del débil, mientras sucede su versión más grave en el patio de una cárcel, ya establece una declaración de intenciones, comparando la presencia de esa creatividad cruel en ambos entornos. Tirando por tierra cualquier atisbo de idealización de la infancia.

Con todo lo mencionado, el resultado es un Solo en casa (Chris Columbus, 1990) fusionado con un potente girl revenge, en medio de un campo de batalla sangriento, con una recién adolescente convertida en alimaña con fuego en las entrañas, gritando desde ellas con unos guturales de rabia desesperada que ya quisieran muchos vocalistas de metal extremo.

Algo muy adolescente también, eso de dejar atrás la música ñoña y el dulce canto con que acompaña el ukelele para cambiársele la voz, convertida en un desgarro con que le ruge al mundo que, ahora, por fin, ha logrado su propósito: la ha llevado al límite de lo soportable. Con lo que el odio se torna también un cambio orgánico, físiológico. Madre muerta, bullying en la escuela, padre que se vuelve a casar y de pronto este ataque, que va a convertirla también en monstruo a ella.

La pérdida de la inocencia no se produce entre sombras: no se dota a la protagonista de una estética de muñeca rota con pretensiones de algo macabro dentro de lo claroscuro, de lo gótico. Para nada. Su violencia es tan visceral como natural. Su transformación en bestia la lleva a reintegrarse con la naturaleza, dorada y vestida con colores cálidos como los del trigo de los campos. Se acabaron los infantiles juegos del escondite. Es hora de salir a la luz del sol a abrazar el nuevo ser.

No le toques los ovarios a una adolescente cabreada con el mundo

La elección de la madrastra y hermanastro negros ya es un gran acierto para el subtexto de denuncia contra el racismo endémico.

Uniformada con su gorro animalesco, Becky emprenderá la lucha que la mimetiza con el mapache rabioso en que se transforma. De manera que podemos llegar a tener la sensación de estar viendo un wéstern en el que la india salvaje se calza su penacho, o la cabellera arrebatada a un depredador y el rostro tintado en sangre. Presta para la contienda, para el reclamo, con todo derecho, del territorio que los malditos vaqueros le han arrebatado. Contra ellos arremeterá corriendo junto a los lobos —o fieles perros de presa, en este caso—, como reza la literatura feminista —véase Clarissa Pinkola Estés y su exaltación de la mujer primaria y su creatividad, puesta, en este caso, al servicio de la creación de unas más que icónicas armas de combate—. Para rematar, la estética tan personal de esta niña la convierten en carne de cosplay del momento para Halloween.

Por otra parte, los colonos de esta invasión —los criminales nazis— buscan un fetiche —como en todo espolio— que es una mera excusa inútil, como la de cualquier guerra. Cabezas rapadas, por otra parte, con mucha retórica. Eso incrementa la solidez de la película: el líder de este grupo no es el típico paleto que se traga el discurso populista. Es más bien el psicópata culto, bien hablado, aparentemente razonable, sin dejar de ser un violento y despiadado asesino. El líder sectario con labia y dotes para la convicción que arrastra a mentes más débiles y maleables a su barrizal. Regalando un personaje la mar de interesante al cine de culto. Y muy susceptible de tus deseos de verle sufrir.

Becky (Jonathan Milott y Cary Mirnion, 2020) emite una acusación muy necesaria. Porque ya no es ningún secreto que Hitler vive en ciertos individuos, como aquél de piel naranja y extravagante pelo amarillo pollo que es presidente de medio primer mundo. Y esta película arremete contra sus esbirros con un sadismo disfrutado.

Algunas visiones insoportables

Las imágenes están tratadas con una exquisitez que no le resta violencia ni horror. No reduce ni la revulsión ni el impacto sobre un patio de butacas que entra en comunión tanto en los gritos de horror ante, probablemente, la escena más bestialmente dañina concebible por la vista en lo que llevamos de programación. Además, puesto que la atrocidad que se nos muestra y con la que se recrea la cámara —durante, ¿qué? ¿un minuto eterno? ¿quizás más?— es un terror subconsciente, completamente instintivo y presente en todos los animales con rostro; la agresión se nos arroja con una mala leche impresionante.

Ese pico de violencia nos destroza los pilares de la seguridad, gracias, precisamente, a un recurso auditivo añadido que es de efecto ancestral. Un sonido agudísimo y de baja frecuencia, de ésos que hacen las tizas al chirriar con las pizarras. El del tenedor al arrastrarse torpemente por el plato de cerámica. El que te destroza los nervios pero te pone en guardia. Combinado con el salvajismo de las imágenes, nos atraviesa. Porque nos recuerda a cuando nuestros antepasados se encerraban en cuevas y oían a los depredadores limarse las uñas contra la puerta de roca que ansiaban derribar.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 13 octubre, 2020
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 13 octubre, 2020

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