Asalto a la comisaría del distrito 13
| Un wéstern urbano en el corazón de Los Ángeles

Haciendo uso de un guion minimalista y un presupuesto reducido, John Carpenter firmó con su segunda película un trepidante thriller policial de espíritu pulp, cargado de grandes secuencias de acción, personajes emblemáticos y un fuerte contenido social.

Hay directores cuya primera película sienta un precedente tan imponente, muestra una pureza y perfección en la forma y la expresión del talento, que viven toda su carrera perseguido por la comparación con la frescura y la energía de su ópera prima. No es exactamente el caso de John Carpenter, cuya primera película no es Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), y quien además lograría mantener el pulso en la dirección con innumerables clásicos de género posteriores. Pero lo primero es una verdad a medias, pues además de sentirse como una primera película en toda regla, Asalto a la comisaría del distrito 13 estuvo a punto de serlo. La que finalmente se convirtió en su ópera prima, Estrella oscura (1974) fue en realidad una producción de estudiantes mano a mano con Dan O’Bannon de apenas una hora de duración, que resultó tan impresionante que mereció el metraje completo y la distribución de una película profesional. El resultado, aunque siniestro, divertido y encomiable, sigue portando un cierto aroma amateur y más de un tropiezo perfectamente compresible para lo que es al fin y al cabo el proyecto personal de unos estudiantes de cine. Pero si Carpenter aún debía demostrar el formidable talento que lo llevaría a lo más alto del cine de género, lo hizo con creces en Asalto a la comisaría del distrito 13, una película que ha vivido a la sombra de la popularidad de obras posteriores del director, pero de las que no tiene absolutamente nada que envidiar.

El primer gran acierto de John Carpenter en Asalto a la comisaría 13 consiste en un guion meticulosamente construido para poder ser filmado con un presupuesto minúsculo, en apenas una localización, que combina con maestría elementos del terror, el thriller policial y el wéstern. En las secuencias iniciales del film, Carpenter nos sumerge en un Los Ángelesescalofriante, de semblante casi post-apocalíptico, donde las bandas criminales tienen en jaque a las fuerzas del orden. En este ambiente fantástico de anarquía y violencia callejera, Carpenter hace florecer una trama de wéstern urbano, inspirada en el clásico de John Wayne Río Bravo (Howard Hawks, 1959). Aquí nuestro protagonista, de forma poco casual, es un agente de policía afroamericano de nombre Ethan Bishop (interpretado por Austin Stoker), quien se enfrenta con templanza tanto a los terribles delincuentes de las bandas callejeras como a los prejuicios de su propio departamento de policía. Una tranquila tarde soleada, Bishop recibe el encargo de supervisar el desmantelamiento de una comisaría que va a ser abandonada definitivamente al día siguiente, y en la que apenas quedan un puñado de agentes y trabajadores. Pero lo que parece un encargo insustancial y rutinario se convierte en una pesadilla al coincidir dos eventos fortuitos. Primero, el condenado a muerte Napoleon Wilson (Darwin Joston) llega al calabozo de la comisaría en pleno traslado de cárcel; poco después, un hombre en estado de shock se deja caer junto a la puerta de la policía, perseguido por una banda de criminales con los que ha estado involucrado en un sangriento incidente. Pronto vuelan los primeros disparos por el aire. Cae la noche. El asedio ha comenzado.

Podría parecer que el núcleo de la película la componen los personajes que tienen que luchar por sus vidas al interior de la comisaría. Y es necesario aplaudir el trabajo de los actores protagonistas, todos ellos desconocidos, desde los que encarnan Bishop a Wilson, quienes establecen una tensa relación de camaradería en mitad del fuego cruzado, como la sorprendente y tenaz actuación de Laurie Zimmer, quien interpreta a la administrativa Leigh. Los tres forman un equipo improvisado de desconocidos que han de trabajar juntos para salir del atolladero, y sus virtudes y ventajas se refuerzan las unas a las otras a medida que otros personajes, de voluntad más débil o quizás peor suerte, sucumben al asedio. Pero los protagonistas en la sombra son los miembros de la banda que asalta la comisaría, quienes forman una amenaza indiferente y despersonalizada pero que funciona como una máquina de extraordinaria precisión. Con los mínimos aspectos del cine de terror, sin hacer uso de elementos sobrenaturales ni forzar en exceso la verosimilitud, Carpenterimagina una masa de obedientes guerrilleros urbanos armados con silenciadores, tan cuidadosos en sus medios como poseídos por sus fines asesinos. Silenciosos y mortales, los criminales que asaltan la comisaría traen consigo el sentido de amenaza imparable de una implacable invasión zombi, así como la frialdad de un equipo de sicarios profesionales, convirtiéndose en una de las amenazas más escalofriantes del cine de terror en lo que es en realidad un thriller policial.

A camino entre el wéstern y el thriller policial, con sus guiños al terror y su atmósfera post-apocalíptica, el film habita en un fortuito pero asombroso cruce de caminos entre tradiciones fílmicas.

La sensación de indiferencia de los guerrilleros urbanos, cuyo carácter interracial es subrayado por la película de forma explícita, ayuda a apuntalar el muy agudo contenido social. Las interacciones entre el policía negro y el criminal blanco, así como entre los hombres y las administrativas, ambas mujeres, parecen inducir que, frente a la presión, las diferencias de género, como de clase y raza, se diluyen. Da igual cuál sea el origen social de los protagonistas, da igual si llegaron allí con una placa en el pecho o con esposas, pues ante el peligro se desploman las diferencias de todos los inquilinos de la comisaría. Se trata de un mensaje en ocasiones más o menso sutil, que en su época parece solo posible gracias a la ingenuidad y el carácter más bien áspero del cine de serie B, al cuál la película no solo pertenece por definición al contar con un presupuesto de apenas 100.000 dólares, sino que no para de homenajear. Pues aunque creamos que estamos ante un wéstern moderno cargado de tensión, diálogos pulidos y personajes llenos de matices, el wéstern se vuelve más bien spaghetti cuando estalla la violencia, de una crudeza y salvajismo al que nos tiene acostumbrados el cine de acción más salvaje. Y es en esos momentos de violencia desenfrenada cuando la película se hace más pulp, más grande, más trepidante y más divertida.

Los momentos de quietud y tensión se suceden con escenas de acción desenfrenada, produciendo un agudo contraste de emociones.

Después de casi cinco décadas, Asalto a la comisaría del distrito 13 sigue igual de fresca y viva que en el momento de su estreno, habiéndose convertido por derecho propio en toda una obra de culto, que no solo tiene por qué ser plato de buen gusto a los aficionados de Carpenter o del cine de acción, sino que merece ser considerada como una de las joyas de una etapa tan especial en la historia del cine como es la década de 1970. Es fácil deshacerse a halagos de las obras posteriores de Carpenter, pero decir que a este film no le falta nada con lo que el director nos obsequiaría en producciones posteriores parece incluso un demérito para la propia película, que sencillamente merece nuestra apreciación sin ningún tipo de comparación. Pero puestos a comparar, aunque nos encanten las salvajes incursiones de Carpenter en la ciencia ficción y el terror, como las monstruosidades de La cosa (El enigma de otro mundo) (1982), el gamberro mensaje social de Están vivos (1988) o las alocadas secuencias de acción de 1997: Rescate en Nueva York (1981), hay algo en la crudeza visual de Asalto a la comisaría del distrito 13, algo en el minimalismo de su ambientación y su trama, que brilla con una pureza cristalina y una vitalidad juvenil que sencillamente parece imposible sacar de un director veterano o de un presupuesto más elevado.

Si alguien podía haber tenido dudas sobre John Carpenter después de Estrella oscura, todas ellas debieron quedar despejadas con su formidable segundo film. Su reputación tardaría en estar cimentada hasta el estreno de La noche de Halloween (1978), el inmortal clásico de terror que ha generado una franquicia interminable. Pero poniendo la vista en sus inicios, el lugar del director en el panteón del cine de género no nos sorprende demasiado. En Asalto a la comisaría del distrito 13 ya estaba todo, y lo que no está no lo necesita. Cargada de personajes memorables, un ingenioso guion, unos villanos escalofriantes, un particular contenido social y buenas dosis de acción, la película nos deja deseando que continúe, pero sin derecho a pedir más. A camino entre el wéstern y el thriller policial, con sus guiños al terror y su atmósfera post-apocalíptica, el film habita en un fortuito pero asombroso cruce de caminos entre tradiciones fílmicas, tan fantástico y sorprendente como el Los Ángeles espectral en el que está ambientada. Y pese a todo, aún parece por momentos suspendida en el vacío, en ese lugar mágico de autosuficiencia en al que parece destinado el mejor cine, o por lo menos aquel que todavía podrá apreciarse igual en los contextos sociales e históricos más distantes que se nos ocurran.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 11 abril, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 11 abril, 2021

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