Annette
| Los enfants terribles también saben llorar

El director francés nos vuelve a deleitar con la inmensidad de su cine. Un retrato coescrito con los hermanos Mael que sirve como catarsis de la propia vida del autor. Carax se abre en canal y sienta cátedra con su largometraje más emocional.

Como ya vimos en Holy motors (Leos Carax, 2012), un preludio orquestado por Leos Carax, su hija Nastya y los hermanos Mael, abre dicho largometraje. Todo el reparto de la película se agrupa en un plano secuencia, pregonando el inicio de esta obra y encabezados por las dos figuras centrales, los dos protagonistas a los que la cámara no deja de mirar en ningún momento. Adam Driver y Marion Cotillard lideran el camino por un estudio de grabación. De cerca les siguen los anteriormentes mencionados, a los que se les añade un coro compuesto de mujeres y niños, y todos al unísono siguen anunciando el comienzo de la película. En la entrada del estudio, se giran y se arrodillan ante lo que parece ser una luz divina, algo que está por proyectarse y que ilumina toda la oscuridad de la noche. Alcanzan la calle, la cámara se expande por el cemento y vemos a todos los actores desaparecer del plano: algunos en coche, otros andando y otros en moto; todos se marchan y Carax, Nastya y los Mael, junto al mencionado coro, agitan las manos: se despiden deseándole suerte a los propios personajes de la película. Aunque parecen apoyar a estos, realmente la sensación de abandonarlos a su suerte es muy profunda, y en este principio completamente metaficticio ya podemos prever, en la distancia, que la tragedia se aproxima.

Seguidamente, todo lo que comienza en esta obra es sello Annette (Leos Carax, 2021) al 100%, presentándose a Henry McHenry (Adam Driver) y a Ann Defrasnoux (Marion Cotillard) una pareja sentimental de artistas que se encuentran en polos completamente opuestos. Ann es un personaje totalmente lírico, sensible y su profesión de cantante de ópera potencia todo sus rasgos a un nivel elevado. Por su lado, Henry es un personaje transgresivo y rudo, un cómico que gana fama a partir de sus bromas ácidas y pesadísimas. Un enfant terrible en toda regla que vomita vísceras en el escenario y que salpica a todo lo que le rodea simplemente por las carcajadas de su público. Ambos comienzan a salir bajo el manto de los flashes: los medios de comunicación son el principal factor para dividir la película en pequeños actos y, a través de los titulares, lo que se nos cuenta aquí es una tragicomedia, amorosa y actual, en clave de musical.

Si ya en su último film de 2012 Carax nos trajo una película tan tremenda e inmersiva como fue Holy motors, donde el dinamismo imperaba y la estructura temporal y fílmica iba en zigzags, en Annette apreciamos una adaptación contraria, con un sentido lineal y, aunque igual de dinámico, más sólido en cuanto arquitrama, aunque siempre teniendo en cuenta su particular sentido antitramático. Todas las diferencias de este cambio entre largometraje y largometraje se deben en gran parte a dos motivos primordiales: el primero tiene que ver con la influencia de los hermanos Mael a la hora de escribir el guion. Los componentes de la banda estadounidense Sparks contaron con el enfant terrible para la dirección de esta obra que, si bien es una carta abierta de amor a su ciudad natal —Los Ángeles—, también se ve bastante cercenada por la experiencia propia del cineasta. Y es aquí donde entra en juego el segundo motivo. El parón de nueve años en la carrera cinematográfica de Leos Carax no viene de la nada y es que su vida ha estado rodeada de eventos funestos: la pérdida de su mujer en 2011 hizo que el director estuviese fuera de los focos a lo largo de la década de los 2010. Este suceso queda plasmado también en Annette, que sirve como una cinta autobiográfica en forma de carta, de disertación, en la que él es el remitente y la receptora es tanto su hija Nastya como el público que va a las salas. Porque sí, a pesar de ser una obra tan encerrada en una historia particular, la universalidad de los temas que toca el francés es palpable en toda su carrera. Una carrera que tiene su propio universo en el cine de autor y que, con cada estreno, eleva más y más su nombre, al igual que se hace más accesible para otro tipo de públicos.

Con la muerte sobre el regazo, Leos Carax recurre a un simbolismo propio de la obra artística de Miguel Ángel: La Piedad como centro temático de una vida que no para ni un segundo.

Un cine plagado también de un diseño de producción espléndido. Si ya apreciamos a un Carax jovencísimo estableciendo otra tragicomedia amorosa en su obra de 1984 Chico conoce a chica, en la ciudad de París, donde encontramos paisajes, normales y vírgenes, naciendo igual que el amor joven y pasional entre sus personajes. Luego apreciamos el amor que se destruye y se reconstruye desde la perspectiva de Los amantes del Pont-Neuf (Leos Carax, 1991). Los escenarios de Touluse dejan paso a la catástrofe, a la guerra y el incendio que existe entre el tira y afloja de sus dos personajes. Sin embargo, el diseño pasa a ser sesgado en escenarios puntuales, divididos en el espacio e inconexos en Holy motors y, llegando a 2021, apreciamos que esos escenarios se han quedado únicamente reducidos a las salas de teatro. Y es que sí, entre canción y canción podemos detectar que Carax se mueve dentro de las tablas, mediante monólogos, y que la escenografía seleccionada para exteriores se queda bastante reducida. Tanto, que son como lugares que flotan en la oscuridad y que van dando vueltas sobre sus personajes, más pasajeros que estáticos. Un diseño de producción que viene acompañado también por el departamento de fotografía. Con un trabajo magnético y que se cierne entre lo onírico y lo fantástico. La iluminación es otra protagonista más de la película, como siempre se suelen aludir a momentos oscuros cuando aparece el personaje de Adam Driver, unidos a cromáticas frías y apagadas —como el verde y el azul en los escenarios donde actúa—. Por su lado, y en apariencia, los momentos de Marion Cotillard rezuman brillo y luminosidad: el rojo, el amarillo y otros colores vivaces circunvalan a Ann, poniendo en énfasis el bien. Es aquí donde podemos apreciar ese toque de crítica que ofrece Carax respecto a la masculinidad tóxica y frágil del hombre en la pareja. Dos escalones diferenciados por el juego de luces, en el lado fosco Henry, quien ahogado en su orgullo varonil no permite que nadie le supere y menos su mujer. En el lado límpido Ann, quien pese a arrastrar sus fantasmas del pasado es una figura repleta de fe y esperanza. La envidia contra la bondad en un choque con destinos existenciales absolutos.

Por último, si hablamos de un musical tenemos que resaltar obviamente el trabajo de la banda sonora. Las piezas sonoras de todo el filme corren a cargo también de Sparks. Ron y Russell Mael componen en su totalidad toda la soundtrack del largometraje y, en gran parte, son los artífices de ponerle la voz en las cuerdas vocales a sus actores y actrices. Aunque si hablamos de música, hablamos obviamente de Annette. Este personaje es el filtro principal del rumbo melódico de la obra y es que al aparecer ella, todo se vuelve angelical y puro, la armonía aparece en el cine. La visión de una infancia rota se halla en escena y su mayor poder es la voz, como principal arma contra las sombras que se abalanzan sobre un mundo más y más insensible y tibio. La inocencia como único destino para mejorar, la melodía como medio de alcance a este destino. Henry dice: «nunca dirijas la mirada hacia el abismo» a Annette de la misma forma que Carax le manifiesta a Nastya su profundo arrepentimiento por no poder detener a la muerte o por no poseer la capacidad de hacerla más llevadera.

Un retrato desolador que abrió exitosamente el Festival de Cannes y que es la vuelta al cine de uno de los grandes directores coetáneos a nuestra época. Con la muerte sobre el regazo, Leos Carax recurre a un simbolismo propio de la obra artística de Miguel Ángel: La Piedad como centro temático de una vida que no para ni un segundo. Las irrefrenables disculpas de un padre que, en su tiempo, también sería un niño con el deber de perdonar a sus propias figuras paternas. Tanto él como Henry piden que no les miremos y es que el cine, a parte de ser una luz que se proyecta en una pared en blanco, también es una ventana donde los prejuicios del espectador se vuelcan sobre sus protagonistas ficticios y sus protagonistas reales. Así, quien alguna vez se arrodilló ante un público que lo esperaba expectante, ahora, abandonado a su suerte, termina por pedir que nadie lo mire. Porque nada está hecho para los ojos de la muerte, ni de la culpa.




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Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 22 agosto, 2021
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Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 22 agosto, 2021

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