Amores perros
| «Porque también somos lo que hemos perdido»

El retrato más crudo de una sociedad jerarquizada por clases, géneros y otras categorías divididas entre grupos privilegiados en el centro y discriminados en unos márgenes recorridos por Iñárritu en su inolvidable y brillante debut como director.

Los márgenes más turbios de la sociedad mexicana son transitados por la cámara del galardonado cineasta Alejandro González Iñárritu en su ópera prima Amores perros (2000). Un reflejo crítico y áspero de una realidad a la que muchas personas le damos la espalda. A través de tres historias independientes que coinciden en el mismo universo diegético, se muestra la faz más turbia de las relaciones y en concreto de la población de México D.F. Dichas historias se entrecruzan desde el inicio del filme, con la técnica de in media res, cuando tiene lugar un accidente de coches a través de un ritmo frenético, generando un primer chute de adrenalina en los/las espectadores que les mantendrá firmes en el asiento a pesar de la ralentización del ritmo a la hora de desarrollar las distintas tramas. 

El cineasta, junto al guionista Guillermo Arriaga, construye una serie de relatos genuinos que mantienen la curiosidad del/la espectador/a durante todo el metraje. El director no requiere del ritmo acelerado de las películas de acción o de cine negro para retratar las historias de los personajes, y ahí reside una de sus mayores virtudes, fórmula exitosa que volvería a repetir en su siguiente filme 21 gramos (2003). Otros/as cineastas que reflexionan sobre la parte más adversa de la sociedad, recurren comúnmente al simbolismo e incluso a la comedia negra para representarlo, como en la española 7 razones para huir (Gerard Quinto, Esteve Soler, David Torras, 2019). El hecho de escenificar de forma fiel la realidad en Amores perros, sin tapujos ni ornamentaciones, es lo que hace la película más valiosa, dado que muestra la gran capacidad del cineasta para explotar el potencial del séptimo arte pero sin atisbos de intervención artificiosa. Autenticidad que se puede ver posteriormente en las realizaciones de la mano de Olivia Sotomayor desde Chile o en ejemplos como la película Las elegidas (David Pablos, 2015), desde México y sobre el drama de la prostitución. No obstante, es Iñárritu el que se encabeza en el tiempo y además consigue plasmar ese reflejo cruel de la realidad alejándose de lo explícitamente violento o desagradable a la vista, como dos años después haría Gaspar Noé con Irreversible (2002).

Las relaciones que aparecen en la película se desarrollan desde el lado más oscuro, ruin y violento de los individuos, porque los atisbos de amor hacia otras personas están rodeados de maltrato o posesión egoísta.

En la cinematografía, el suspense y el amor suelen estar muy relacionados, no obstante, esta película no refleja finales felices, ni puntos de giro donde las relaciones se solucionan y los seres humanos se dan cuenta de sus errores y los corrigen. En esta cinta por el contrario, los personajes se mueven por su instinto de supervivencia, por el impulso de la marea de la sociedad que los empuja a actuar de forma violenta, agresiva o incluso en algunos casos desde la conmiseración, lanzando la pregunta retórica al aire que muchas veces la gente se ha podido cuestionar: ¿qué es realmente el amor?, ¿y qué es lo que nos mueve a actuar de un modo u otro? Otro aspecto original a la hora de reflexionar sobre ello es la existencia de los perros como uno de los ejes transversales de la película. Animales que acompañan en todo momento a los seres humanos y en circunstancias diversas, dándole de forma irónica, el toque «más humano» al filme. 

Las relaciones que aparecen en la película se desarrollan desde el lado más oscuro, ruin y violento de los individuos, porque los atisbos de amor hacia otras personas están rodeados de maltrato o posesión egoísta. Algo que está muy vinculado con la violencia de género que atraviesa todo el filme. Violencia de género tanto física y psicológica como simbólica, no solo en los propios argumentos sino en cómo el cineasta enfoca a las mujeres. El director decide situar a los personajes masculinos como activos en la trama, haciendo y deshaciendo a su antojo, mientras las mujeres que le rodean los siguen a todas partes. Mujeres esbozadas como totalmente dependientes e incapaces de valerse por sí mismas, algo que irónicamente demuestra cómo también detrás de la cámara hay matices de la realidad que aún quedan por pulir, porque sí, la realidad desgraciadamente está repleta de maltratos, opresiones y violencia de género, pero también en la cinematografía y sus enfoques está el decidir cómo mostrarlo y así poder trabajar para cambiarlo. Como dijo la teórica Teresa De Lauretis en su libro La Tecnología del Género (1987): «(…) También el género, tanto como representación como autorrepresentación, es producto de diversas tecnologías sociales, como el cine, y de discursos, epistemologías y prácticas críticas institucionalizadas, así como prácticas de la vida cotidiana»[1]

En definitiva, un retrato descarnado con una perspectiva de género cuestionable, pero tristemente demasiado realista, porque también las personas se definen por esa facción más «humana» que han perdido, la que hace referencia a la acepción de «comprensivo, sensible a los infortunios ajenos»[2]. El despertar de los instintos de supervivencia más sucios, pero también de decisiones racionales y sopesadas que son tomadas con la peor de las intenciones, aunque con un rayo de luz que quizás, ¿deja sitio para la redención?


  1. De Lauretis, T. (1987). The Technology of Gender. En Technologies of Gender. Essays on Theory, Film, and Fiction (pp. 1-30). Indiana University Press.[]
  2. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. <https://dle.rae.es>[]


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Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 16 marzo, 2021
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Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 16 marzo, 2021

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