American Animals
| Un crimen imperfecto

En 2004 en Kentucky, cuatro estudiantes planearon el robo de unos manuscritos antiguos de la biblioteca de su universidad. Esta es su historia, un relato desconcertante sobre las confusas razones detrás de un crimen aparentemente inexplicable.

Durante mucho tiempo hemos creído que la pregunta importante es quién lo hizo. Pero si nos fijamos bien en las ficciones criminales más exitosas, aún en las que descansan en la estructura de la vieja novela de detectives de folletín, la pregunta de verdad siempre suele ser por qué lo hizo. Al fin y al cabo, conocer la identidad de los autores de un crimen suele tener poca o ninguna trascendencia si no arroja algo de luz sobre las razones, que nos resultan casi universalmente fascinantes, que sirvieron como motivación. Quizás no haya dos temas igual de inescrutables y misteriosos que el Mal y la agencia humana, y cuando nos encontramos ante la posible decisión consciente de cometer un crimen, es normal que nuestra curiosidad se dispare. Esto es algo que Bart Layton sabe a la perfección, aunque su elección para el tema de su segunda película, después del admirado documental El impostor (2012), pueda parecer un tanto desconcertante. Al fin y al cabo, el  curioso caso real en el que centra su atención, el robo de ediciones preciadas de libros históricos de la biblioteca de la Universidad de Transylvania, en Kentucky, puede resultar un tanto anodino y no demasiado interesante. En realidad, gran parte del desconcierto del film procede de lo relativamente insultancial del propio delito. Pero de ahí nace también su fuerza: precisamente de la aparente trivialidad del crimen y de la supuesta condición ordinaria de los criminales. En la incongruencia total de la mayoría de lo que ocurre, capaz de inducirnos a pensar que nada aquí tiene ni pies ni cabeza, encontramos quizá lo más interesante del film: un agudo comentario social sobre la banalidad del crimen en una era de total superficialidad e indolencia, donde se impuso una ceguera total ante las causas complejas y la necesidad de autojustificación. Cuando se asume que todo lo que ocurre tiene sentido desde el principio, es normal que acaben ocurriendo cosas que no lo tienen. En un momento de total indiferencia social, es de esperar que la subversión tome las formas más extravagantes.

La primera elección particular de Layton a la hora de contar esta historia es centrarse en lo que es fundamentalmente una película de ficción, con las interpretaciones de Evan Peters y Barry Keoghan a la cabeza, dejando atrás el género del documental en mayor medida. Pero no en toda, pues buena parte de la película está atravesada con entrevistas a los participantes reales del robo y a sus familias conocidos y eventuales víctimas. Mediante este estilo híbrido, pero sustancialmente abstracto y minimalista, Layton abre una ventana en las vidas de los cuatro estudiantes de la Universidad de Transylvania, todos ellos de familias acomodadas y brillantes futuros académicos y profesionales por delante, que decidieron planear y pergeñar el robo de una serie de manuscritos y documentos antiguos guardados en una cámara de seguridad de la biblioteca de su universidad. La motivación, el por qué lo hicieron, es aquí la clave, como ya hemos adelantado. La pregunta por qué es lo que vio Spencer Reinhard (interpretado por Barry Keoghan), un ordinario estudiante que apenas destacaba del montón, al posar sus ojos sobre las magníficas ilustraciones del volumen The Birds of America de James Audubon. En qué estaba pensando cuando le comentó a su amigo Warren Lipka (Evan Peters), la opción de robar los volúmenes de la biblioteca, y por qué se decidieron a llevar a cabo el plan.

Buena parte del peso del film descansa sobre las sobresalientes interpretaciones de Barry Keoghan y Evan Peters.

Todo ello empezará a tener más sentido en la medida en la que el director nos sumerja en la total intrascendencia y monotonía de la vida de nuestros protagonistas. El tono deliberadamente apagado de la fotografía y las localizaciones sombrías, desde el parking del aeropuerto a los sótanos claustrofóbicos de los estudiantes aportan un tono eminentemente gris y asfixiante que recuerda a la particular tonalidad afectiva de producciones como La red social (David Fincher, 2010). En un principio resulta un tanto confuso la consciente falta de atención y detalle que la película centra en algunos aspectos de las vidas de los estudiantes, especialmente en sus relaciones familiares, pero pronto queda clara la intención consciente del film de sumergir a sus protagonistas en una existencia profundamente marcada por el aislamiento y la indiferencia. En primer momento puede resultar desconcertante preguntarse por qué los estudiantes decidieron seguir adelante con el robo. Pero a medida que Layton nos va presentando el paisaje depresivo y desolador de la existencia cotidiana de estos jóvenes, completamente desconectados de nada que de un significado especial a sus vidas, empezamos a entenderlo mejor.

Gran parte del acierto de Layton consiste en calibrar estos escenarios personales con un contexto social y temporal que, si bien no puede decirse que fuera el causante de su crimen, puede entenderse la gran medida en la que lo facilitó. Para ello ayudan mucho las breves pero intensas apariciones de la familia de los jóvenes, quienes plantean de forma muy directa el entorno cultural y las expectativas que rodeaban a estos estudiantes. Situada a comienzos del milenio, la ideología que inunda el desangelado paisaje suburbano de Kentucky hasta fundirse con su semblante gris parece exclusivamente compuesta de aspiraciones materialistas, una idea de éxito centrada en el triunfo meramente económico, el absoluto atomismo  social y la aceptación sorda y callada de la más absoluta indiferencia. Si entendemos por momentos que los personajes de esta historia parecen copias malas los unos de los otros, encerrados en sus patéticos intentos de encarnar una divergencia o simple diferenciación de un sistema social así de asfixiante, entenderemos por tanto las razones detrás de su patético intento de transgresión. El profundo sentimiento de perdición que subsiste tras la Era Bush está ingeniosamente aludido por diferentes referencias históricas en el fondo, en las esquinas del plano, donde la uniformidad social se ahondaba por la desvergonzada propaganda imperialista de la Guerra de Iraq y la necesidad de conjurar el fantasma inefable del 11-S redoblando las fuerzas en hacer como si no pasara nada.

Un agudo comentario social sobre la banalidad del crimen en una era de total superficialidad e indolencia.

La película alcanza una dimensión verdaderamente aterradora cuando nos empuja a cuestionarnos si caeríamos en ese mismo deseo de transgresión si viviéramos en esas mismas condiciones de indolencia y parálisis social extrema, donde apenas encontramos formas de entender nuestra propia individualidad, nuestra dimensión más personal, como algo más que una iteración desgastada del resto de individuos aislados con los que rebotamos de forma ciega cada día. Pero lo realmente espantoso resulta comprobar que lo único que nuestros protagonistas saben hacer para huir de su desoladora desorientación y falta de sentido es un acto tan precariamente planeado, tan ridículo y pobre, para el que claramente se prepararon más de lo que deberían y pese a ello no estuvieron nunca preparados. No es de extrañar que el film en ocasiones tropiece ante el dilema de empatizar o no con sus protagonistas. Como queda claro en varios momentos del metraje, no hay ningún buen motivo para hacer nada de lo que hicieron, que incluyó varios actos de relativa gravedad, pero tampoco hay ninguna razón clara para responsabilizarles por completo de una acción tan desaconsejable. Como mucho, la aterradora figura de la sociedad norteamericana del momento ayuda a comprender el aberrante desarrollo del imaginario de una generación que creció viendo El club de la lucha (David Fincher, 1999), las últimas víctimas de la mentalidad neoliberal que no encuentra otra salida al conformismo sistémico que un terrorismo puramente performativo, sin sangre, sin orientación y sin futuro.

El problema fundamental del film, sin embargo, puede resumirse en el resultado de la compleja tarea de negociar con un tema tan gris y patético sin resultar en sí misma un tanto gris y patética. No es porque no haga grandes esfuerzos por resistirse a ello. Las interpretaciones de Evan Peters y Barry Keoghan, con diferencia los personajes más destacados del film, en más de una ocasión se elevan sobre la silueta descolorida de los estudiantes, sacando lo mejor de sus personalidades sosas y volubles. La película también se encarga de ofrecer destellos de color y de sentido, yuxtaponiendo a la perfección la monótona existencia de nuestros protagonistas con escasos pero vibrantes momentos de plenitud estética y vital, desde su fabulosa banda sonora al uso consciente y acertado de las fabulosas ilustraciones de James Audubon. Pero por muy encomiables que sean sus esfuerzos, es su propia fidelidad en mantener la cercanía con el tono general del crimen, apostando por el minimalismo y la repetición en las formas, lo que la sume en un profundo sopor y un cierto tono crudo y mudo. Al final, además de alargarse más de lo que parecería necesario, podría decirse que la película se arrastra y tropieza en más de una ocasión, pero precisamente en su empeño de no sacrificar su meticulosa inmersión en la simplona psique de sus protagonistas y el desolador panorama social de la era.

El film opta por una fotografía apagada que facilita la sensación general de monotonía y abandono que inunda el depresivo entorno de los estudiantes.

El film también hace un gran trabajo en ahondar en los aspectos de la historia que resultan dudosos, o donde el testimonio de los protagonistas entra en conflicto. Pero a pesar de ofrecer más de una escena interesante sobre algunos de estos detalles, el abandono general de la narrativa sobre la ambigüedad del testimonio por la mayor parte del film hace que estos momentos prometan más de lo que finalmente dan. Incluso cuando, al final del metraje, se señala que ciertos aspectos centrales de la historia son al menos un poco cuestionables, todo lo que provoca es indignación por no haber prestado más atención a esos elementos ambiguos y los problemas de credibilidad de algunos personajes en particular. Tampoco parece del todo honesto finalizar, como hace American Animals, con un alegato de un personaje central que apunta a una explicación muy particular, de las acciones de los estudiantes en base a su egoísmo y su deseo de obtener resultados sin invertir el esfuerzo requerido. Y aunque es cierto que algunos aspectos de la motivación pueden ser calificados sin duda como egoístas, este tipo de reducciones no solo se equivocan casi por completo, sino que ejemplifican a la perfección el estilo de mentalidad dominante que sobrevolaba el ambiente de estos individuos en el momento en el que se plantean el robo. Hijos modelo de familias acomodadas y estudiantes ejemplares, lo que les empujó a su patética transgresión fue precisamente la revelación de que, pese a todos sus esfuerzos, la recompensa a su trabajo difícilmente parecía ser la realización personal, sino una profunda indiferencación social disfrazada de sentido tras las capas de superficialidad materialista. Estos jóvenes supieron intuir que su mundo carecía por completo de sentido. Pero tan agobiante resulta este nihilismo social por momentos que no cabe extrañarse que tampoco supieran muy bien dónde encontrarlo.

En resumen, American Animals resulta enormemente sugerente como película histórica, ofreciendo uno de los comentarios más interesantes sobre la cultura de los albores del milenio a partir de una historia real que resulta escalofriantemente sintomática y expresiva de una cierta pobreza social y sensación de total desesperación muy particular del tiempo en el que se sumerge, pero que nos alcanza hasta hoy en día. Como película de robos, o de ficción criminal, es sólida pero finalmente no demasiado entretenida, precisamente por ser fiel al carácter considerablemente insustancial del crimen en concreto. No resulta en ningún momento aburrida, aunque se extiende más de lo que debería, y tiene un problema serio de separar su tono del carácter profundamente ridículo y extraño del caso. Pero la exitosa hibridación de estilos, junto con su agudo retrato social y su tono asfixiante y depresivo hacen de American Animals un film fascinante, si bien muy lejos de ser sobresaliente. Quizás como película no es mucho más que decente. Como artefacto cultural, por otro lado, es uno de los más interesantes que han llegado a nuestras pantallas en mucho tiempo.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 2 junio, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 2 junio, 2021

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