Ama
| Ni casa ni derecho al error materno

La ópera prima de Júlia de Paz Solvas nos guía desde el juicio tirano a la madre inepta, huidiza. Sin referentes ni asideros en una sociedad sin conciliación para precarias. Ahogadas por una costa despiadada y totalmente vendida al turismo.

El arranque de la película es un campo minado que condiciona nuestra opinión sobre la madre protagonista. Porque esto es así: desde la comodidad de nuestra butaca, vamos a absorber un discurso y lo vamos a juzgar, nos lo vamos a creer o no y quienes haya tras la cámara, si cuentan con la habilidad suficiente, van a manipular nuestros sentimientos y nuestras afirmaciones, más o menos taxativas, van a evolucionar según las teclas que nos toquen. Y en esto Júlia de Paz Solvas revela una gran inteligencia. Y nos lleva prácticamente en volandas desde la severa sentencia a un personaje que, en palabras de la propia directora, «al principio puede caernos fatal, incluso puede que la odiemos, pero luego nos vamos a morir por darle un abrazo». Y desde aquí no podemos más que secundar ese pensamiento y adjudicarle todo el mérito a su actual reconocimiento. A esa idea, que ya palpitaba el el cortometraje que tan buena acogida tuvo y que le ha permitido desarrollar este largometraje tan cargado de electricidad, cabe decir, también contribuyen los personajes secundarios del primer acto, a quienes, en principio, no podemos responsabilizar sobre un abandono a esa madre con su hija, puesto que, con apenas un par de frases clave en los diálogos —seguidos de un callar o cambiar de tema que otorga— captamos su hastío, cómo ella debe llevar tiempo desentendiéndose de su responsabilidad e incluso parasitando de quienes están, en realidad, intentando protegerse de ella, aún con lo que la hayan querido —y quieran— y lo que les cuesta soltar a la niña. Ahí hay una reflexión interesante también en torno al saber decir no, pegar tirón en las relaciones tóxicas (también las de pareja, a juzgar por las lágrimas del que rompe con dificultad, y de quien sutilmente se nos muestran unos nudillos pelados y ensangrentados por la rabia). 

La cámara sigue a Pepa, que comienza teniendo una muy mala noche que empeorará las siguientes. Y eso emborrona la fotografía de acuerdo con el alcohol consumido, para soportar el peso de su alma, que se nos filtra en flashbacks culpables, conscientes de estar reproduciendo comportamientos muy familiares y nada deseados. Para aplacar ese exceso, adoptará otras estrategias aún más reprobables que tiñen de neones discotequeros el encuadre, saturado de gente convulsa, sin espacio apenas para respirar. Aunque se la ve totalmente en su hábitat, en el lugar en que sabe sobrevivir, desfogarse, sacudiendo a la cámara que la sigue y que se balancea al ritmo martilleante del tecno que ya va perfilando un personaje duro, de mirada severa y de energía contenida a presión en un físico nervioso, con tendencia a la agresividad verbal. Los tatuajes talegueros terminan de trazar los rasgos de un perfil al que sobradamente reconoceremos como uno de esos al otro lado de la gran espalda de lo que exige nuestra sociedad productiva y de rendimiento.

Tamara Casellas es Pepa en un papel que la hizo valedora del premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga.

Allá por 2018, La Zowi, icono del trap español, definía lo que es una raxet como «una chavala de barrio, que combina ropa del Bershka con imitaciones de las grandes marcas. Al sentirse excluida en el sistema en el que vive, se preocupa más por tener las uñas bien hechas que por votar en las elecciones». El caso es que eso no es nuevo: simplemente, ahora nos encontramos con un colectivo muy similar pero mucho más poblado, amamantado con internet, y con un mayor acceso a la infinidad de posibilidades de manicura: Pepa ya era lo que en nuestra generación se tildaba de choni, la versión primigenia de este arquetipo contemporáneo, solo que de adolescencia cosecha años 90. Acostumbrada a que su mayores se fumen los cigarros en su cara —hábito que la protagonista mimetiza y exhibe sin pudor, usándolo como recurso para respirar en medio de la ansiedad— y con menos educación en sexualidad y planificación familiar. Y se ha quedado atrapada en el sumidero de la noche playera. 

Si bien los obstáculos con que se van a enfrentar la protagonista y su hija podrían, en lo sinóptico y textual, recordar a En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), no hay rastro de esa esperanza en torno a la narración que nos absorbe. Tamara Casellas da vida a un personaje tajantemente real, crudo. Su intervención es tan fiera, genuina y dura que lleva a la sala a las lágrimas en más de una ocasión. Parte de la culpa es una imagen muy potente en que la melena desbocada y roja de Pepa se torna un fuego que sofoca el agua, en un momento de gran ansiedad (magnificada por el pánico real de la actriz a estarse bañando sola en la inmensidad), en esa hora mágica entre la noche y el día, con una luz que dota de blues aún más triste al canon de Loca de una Sílvia Pérez Cruz siempre estremecedora.

Retrata a unas castigadas por la sociedad, pero lo realmente importante es cómo se irán enfrentando a los obstáculos, estableciendo un vínculo entre sí, obedeciendo a ese imperativo: Ama.

Tamara recuerda a la Candela Peña que hemos visto trabajar con Fernando León de Aranoa, y a la que admira (estudiaron en la misma escuela de interpretación, la Nancy de Barcelona), aunque quien fascina a Casellas es Bárbara Lennie. La actriz asegura trabajar mediante el «transitar todas las emociones del personaje», que en este caso son demoledoras, una bomba de relojería que no es plato de gusto para nadie y que vive constantemente despojada de ropas. No solo porque apenas tenga nada: se nos muestra una mujer que tiene mucha mochila —un par, para ser exacta, y como única pertenencia además— de la que desprenderse, y que se siente cómoda en su desnudez, calando aún más en la imagen de mostrarse sin filtros, auténtica, transparente, curtida. Lo que ves es lo que hay y si no te gusta, no mires. Esa es ella, su actitud y lo que le ocurre, sin suavizantes ni para tranquilizar a la niña en medio del cruel trance: Pepa no es un Will Smith ni un Roberto Benigni construyendo juegos de rol para capear los traumas de una niña con la que tendrá que comenzar a construir la relación casi de cero. La primera lección que imparte como madre es que las cosas están así de mal y hay que asumirlo y seguir circulando. Un caramelo duro para una criatura que, al contrario que su madre, rechaza la desnudez, reflejando esa otredad hacia su paridora. Terriblemente violentada cuando le toca desvestirse por razones de higiene, con presencia de la madre como invasión de la intimidad.

Por otra parte, este es un filme que nos muestra los aspectos más terribles de un emplazamiento que se vende tan idílicamente como la playa. Para ello, el trabajo de sonido no solo es eficiente, sino vital, puesto que termina de hostilizar los planos de circulación por el paseo marítimo, que se centra en todo momento en el caminar agobiado de las dos desvalidas en búsqueda de techo, los y las figurantes con quienes se cruzan se distorsionan en una avalancha de braceos, piernas demasiado cerca y en acercamientos violentos, empujes, gritos. Y eso lo logra esa combinación de audio histérico y la hábil progresión de la cámara al paso fugitivo, aterrorizado, con apenas veinte figurantes, como nos contaba Tamara Casellas en su presentación en Zaragoza (en el marco del Campus de Cine y Series La Inmortal, iniciativa de Feroz), ya que esta parte se rodó en 2020 y con las limitaciones forzadas por la pandemia, en playas, en realidad, desoladoramente vacías. La película da un severo toque de atención a un gremio que, viéndose seriamente perjudicado por las restricciones anti-covid globales, recientemente se ha visto más dependiente de la clientela local como salvación del negocio, pero que durante demasiados años lleva bailando al sol de los billetes guiris, propietarios de los paraísos costeros. Una de las denuncias más contundentes, cristalinas y sin fisuras de esta gran obra es, en palabras de su autora, «la doble cara del turismo y cómo se está dejando de lado a las personas de aquí, que son las que están sirviendo». Quienes se están comiendo el encarecimiento de la vivienda y el voraz expolio de los hogares. Las clases obreras autóctonas, con las que no hay —palabra clave y repetida en su momento hasta la desesperación en la película— compromiso. Porque parece que su dinero vale menos que las cantidades obscenas de inyección extranjera que se han impuesto al derecho constitucional a la vivienda, que debería estar blindado y amparar realmente a todas las pepas y leylas (nombre que porta la niña, y que significa «bella como la noche», tan presente en este filme). No confundamos términos: denuncia, sí. Lo que eso no implica que este sea un retrato victimista. Retrata a unas castigadas por la sociedad, sí. Pero lo realmente importante es cómo se irán enfrentando a los obstáculos, estableciendo un vínculo entre sí, obedeciendo a ese imperativo: Ama. Y para toda supervivencia, habrá herramientas que pulir, como ir desprendiéndose del lastre del orgullo y establecer alianzas, que son otro tipo de puentes que no tienen por qué surgir del amor. Sino de un reconocer que a veces hay que pedir ayuda a quien menos apetece y prestarla entre iguales. Aspecto en que la cineasta muestra los hogares rotos aún como posibles hogares, si no refugios o directamente, búnkeres. Que es tan lícito equivocarse y romperlos como luchar por repararlos. Es un clamor a las segundas oportunidades como lo es Baby (Juanma Bajo Ulloa, 2020) pero sin residuo de cuento barroco; todo lo contrario: totalmente costumbrista, naturalista. «Un mundo sin pezones es un mundo muerto de hambre», que diría la artista Mia Biosca, y Ama encarna esa máxima: los exhibe, junto con el vello púbico y las cicatrices que tanto parecen ofender en redes. Una se ducha enjabonando y aclarando cada zona con detenimiento. Higienizando, de manera funcional y sin erotismo. Sin disfrazar los cuerpos con digitalización alguna. Narrando desde la mirada de la mujer atrincherada en la pureza y en su esencia tribal.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 4 julio, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 4 julio, 2021

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