Akelarre
| Las descarriadas de la lengua demoníaca

España, 2020 | Dirección: Pablo Agüero | Título original: Akelarre | Género: Drama | Productora: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production | Guion: Pablo Agüero, Katell Guillou | Fotografía: Javier Agirre Erauso | Edición: Teresa Font | Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja | Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain | Duración: 90 minutos | | Disponible en:  Netflix  Filmin Premier   

España, 2020 | Dirección: Pablo Agüero | Título original: Akelarre | Género: Drama | Productora: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production | Guion: Pablo Agüero, Katell Guillou | Fotografía: Javier Agirre Erauso | Edición: Teresa Font | Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja | Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain | Duración: 90 minutos |

Con gran fotografía y sin regodearse en la tortura explícita ni en lo lacrimógeno, estas brujas se empoderan y legitiman ante la injusticia de la Inquisición. Alegato feminista contra la ignorancia fanática, el patriarcado y la demonización del vasco.

Quien acuda a esta invocación con ánimos de someterse a terrores, lleva despiste. Pues en esta obra se diluyen los géneros: se trata de un drama esperanzador, con algo de aventuras y cuento tradicional con heroína desharrapada y hasta un vestido de casi-princesa. Incluso entronca con el género musical, gracias al mantra en escala cromática infinita que otorgó el Goya a Aránzazu Calleja y Maite Arroitajauregi.

Akelarre (Pablo Agüero, 2020) revisa los verdaderos motivos de toda caza de brujas, caricaturiza a la Inquisición, su fanatismo, su ignorancia y su naturaleza pérfida y corrupta. A la par que compensa a las chiquillas con cierta —sin dejar de ser triste— justicia poética (e histórica, aunque ficcionada). Una obra de intencionalidad patentemente feminista, recoge el lema de las pancartas en que a menudo se exalta a las mártires de quienes somos tatara-tataranietas. Pero también reivindica el respeto y la protección debidas a las identidades culturales y lingüísticas que circunscribe el Estado español. Cómo las lenguas minoritarias, ese patrimonio cultural, suelen ser demonizadas —entonces literalmente— por quien ostenta el poder homogeneizador de las culturas. Gran eufemismo para la amputación de señas identitarias como el idioma. Y primitivamente, eso se ha hecho a sangre y fuego en todos los imperios.

Rameras de lenguas demoníacas

La jovialidad, curiosidad por los placeres carnales y psicotrópicos, la libertad hallada en la ausencia de los hombres, pero en la compañía de las iguales y en la comunión con la naturaleza catalogan de bruja. El perfil femenino que el teocentrismo —que lo mismo era excusa para conservar el poder, como crédulo, a veces, de sus propias supersticiones— convino exterminar. La Inquisición se ensañó especialmente con las mujeres de Euskadi, pueblo de tradición pagana, costumbres extrañas para el español y pensamiento disidente. Cóctel que dotaba a sus mujeres de una amenaza adicional, y por tanto, redundaba en doble represión sobre ellas: por un lado, la de un cristianismo histérico, imbuido por la fantasía de su mitología, y de imposición sádica. Amplificada, por otra parte, por la persecución de los identificadores étnicos —como es el propio idioma y la estética— desde la xenofobia del reino español. ¿Qué era eso de tener su propia lengua? Un arma potente para la privacidad y la organización. Un vínculo comunitario. Su sola existencia era rebeldía.

La película va administrando gotas de información sobre los grados de pertenencia de la mujer: primero es del padre, y luego será del marido. Hasta entonces, el primero debía vigilarla. Y en su ausencia, los ojos del pueblo velarían que las jovencitas no traicionaran lo que de ella espera un Estado (reino, en este caso), que se ampara en la entidad divina. Si su comportamiento escapaba a estos cánones, se le seguía adjudicando un dueño, que debía ser, por eliminación, Satanás. Pues la idea de que no pertenecieran a nadie, era inconcebible. 

El peso del burukoa en las vascas del XVII

Los burukoak de las mujeres casadas vascas perturbaron al clero español hasta el punto de ser prohibidos por fálicos.

El vestuario de la galardonada Nerea Torrijos luce una prenda femenina muy típica de la zona en la época, que es el burukoa, al que casi se traga la historia, pero que llamó mucho la atención cuando comenzaron los viajes de colonización. Una especie de tocado de tela ocultando y recogiendo los cabellos hacia arriba, en arquitecturas fascinantes, y que pueden verse en grabados y láminas del museo de las Cuevas de Zugarramurdi. Reproducían formas de barca, concha o el miembro viril, por aquello de estar poseídas por uno. El de Akelarre dice evocar a una polilla, con la desgracia que conlleva este símil: dejar de volar libre, ser apartada de la noche cuando se ve atraída por la luz (del amor) y fulminada por lanzarse a su reclamo (la trampa del matrimonio).

La fonología del término burukoa, sea por casualidad o por parentesco etimológico, guarda curiosa similitud con la del burka. Y sin embargo, pese manifestar pertenencia a un marido, con el tiempo, la iglesia española lo prohibiría, por considerar obscenas sus formas fálicas. Las solteras vascas, por otra parte, se distinguían, según los historiadores y la iconografía del filme, por su cabeza rapada. Esas que lucían una desafiante melena salvaje, eran las peligrosas. Las insurrectas. 

Martirio y fotografía delicados

No hay historia de brujas arrestadas sin sangre y fuego. Algo sobradamente enunciado en la apertura del filme, que sorprende con un tratamiento fotográfico (dirigido por Javier Agirre Erauso) que un sustancioso sector del público vaticinaba como vencedor del Goya. Sobre todo por sus composiciones dignas de un pintor flamenco o barroco retratando sucesos del XVII. Como rasgos principales, tratándose de realidades que existieron y fueron tan macabras, la imagen capta toda la luz que irradian la alegría de las tierras vascas, que son sus adolescentes, y que emana tanto del mar como del cielo y del intenso colorido de los bosques. No es una película que quiera tenernos llorando a moco tendido durante todo el metraje: nos quiere invitar a una fiesta conmemorativa. De la liberación que supone, además, que «sus dueños» (los padres) partan a la mar, quedando ellas menos vigiladas. Pese a que el amor por sus mayores empapa su cancionero folclórico, rogando un regreso al hogar, sanos y salvos, contra las inclemencias de la mar y esos acantilados que rematan la espectacular y diáfana fotografía de costa en contraste con el tupido bosque. Ahí, la iluminación y los colores ganan aún más intensidad, sobre todo cuando recrea el relato fantasioso o el afectado por el consumo de hongos.

Si bien el drama echa las raíces desde el principio, y acompañamos a las muchachas en el temor por sus vidas, la tensión del suspense nos atrapa realmente hacia el segundo acto, el del encierro en la oscuridad con alguna ocasional vela. Ni se nos oculta lo que ahí sucedía, ni se nos quiere traumatizar: se nos sacude con gritos de sufrimiento que dejan que nosotros completemos lo peor en nuestras mentes, que ya es suficientemente cruel; sin arrojarnos toda la atrocidad del proceso de las torturas, que quedan, en un 90% fuera de plano. Esa cierta delicadeza es respeto por los personajes, y pretende que el público empatice con el dolor y el desasosiego, sin recrearse en un continuo machaque de los cuerpos. Si no, jamás lograría hacernos sonreír irónicamente ante la estupidez de los interrogatorios.

Con un par de pinceladas explícitas —de gran realismo y recompensados con otro Goya a los mejores efectos especiales— basta para no destruir la credibilidad de lo filmado, sin pastiche de trucajes o CGI de más. Para que captemos qué se les hacía y con qué locas justificaciones para el sadismo. Físico y psicológico, con una sutil pero suficiente alusión a la luz de gas. El equipo guionista —el propio director, el francés-argentino, Pablo Agüero y Katell Guillou— escapan elegantemente del morbo. Eso cuida de las sensibilidades de un pueblo que guarda demasiados traumas recientes relacionados con las violencias, calabozos y zulos. Y con la demonización del euskera. Pero, sobre todo, el objetivo de este tacto tan medido es una justicia poética mediante un relato libre que dignifique a las víctimas de la injusticia real, que sucedió el Lapurdi en aquella misma época. Las empodera pese a su desgracia. 

Ni la noche tan oscura ni tan azul el cielo

La columna del filme es el ejercicio de fuerzas opuestas mediante los diálogos entre antagonistas. Lo absurdo de los interrogatorios en continuo rotorcerse hacia la condena insalvable. Los aliados potenciales de un bando y otro, con las respectivas transformaciones de personajes. Los discursos y, sobre todo, el duelo de miradas: el arma más terrorífica de una bruja. El contraste entre los ojos de Ana (encarnada por Amaia Aberasturi, nominada a mejor actriz en los Goya) y los del inquisidor, Àlex Brendemühl es claramente intencional. Tan hábil en lo expresivo como en lo semántico: sobre los enormes y oscuros de ella, pesa la asociación de la noche y el demonio, y aún así, su mirada es limpia y honesta. Hasta que aprende a adquirir otros matices por pura supervivencia. El azul casi transparente entre las pestañas de él que, por contra, cuenta con el beneplácito angelical: la presunción de pureza de alma que otorga la iglesia. Pero esa claridad y transparencia de sus iris no concuerdan con la expresión. Con sus intenciones, sus atroces actos ni su turbia personalidad ambiciosa. Su lujuria bestial latente, reprimida e incluso desbocada, llegado el momento. En este tipo de personajes introspectivos, obsesivos e intensos, el señor Brendemühl convence, y esta vez lo hace ataviado cual personaje de El Greco.

El coro de condenadas que rodea a Ana, no es menos expresivo ni menos creíble, entre las que cabe destacar la fiereza y carácter del personaje de Jone Laspiur —actual mejor actriz revelación por Ane (David P. Sañudo, 2020)—. La bruja es una chica demasiado osada, o demasiado lista, que sabe utilizar los poderes de la naturaleza —la del entorno y la suya propia— para el placer de una misma y para la autodefensa. La cinta explota la belleza de una Salomé que puede perturbar al débil; o mejor dicho, de una estratega Scheherezade, de manera más explícita en la trama entre Ana y el inquisidor. Y en una especie de meta-cine que es también meta-pintura barroca, regala imágenes en que un artista retrata, a su vez, esas escenas que beben de un Lucas Cranach el Viejo. Ese mismo estudio de los cambios en el cuerpo femenino con que él, en cambio, invitara al carpe diem. 

Akelarre hereda esa plasmación de la mirada babosa que Cranach perpetuó en el viejo verde de su obra, y en el filme sirve para señalar los gustos reprobables (pedófilos, más bien) de ciertos eclesiásticos por las mozas «en esa edad en que recién se ha abandonado la infancia». Sentencia que se hace explícita en el filme y que completa el catálogo de abusos que denuncia.




  •  
  •  
  • 1
  •  
  •  
Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 22 marzo, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  
  •  



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 22 marzo, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?