ADN
| La herencia en los genes

Una obra personal e intimista que se acerca al dolor del duelo de la mano de Maïwenn, la cual acentúa esta circunstancia con cuestionamientos de corte existencial como son la identidad y los orígenes de antepasados que influyen en el presente.

El escritor Amin Maalouf en su imprescindible obra Identidades asesinas (1998), reflexionaba sobre el tema principal que atraviesa y construye la última película de Maïwenn: la identidad y qué la constituye. El escritor franco-libanés cuestiona en sus páginas cuál es su propia identidad y cómo es reconocido por el resto de la sociedad. Porque el simple hecho de utilizar en estas líneas la etiqueta franco-libanés ya lo sitúa, contextualiza y define en la mente del resto a través del imaginario colectivo establecido, el cual está repleto de adjetivos y prejuicios que gravitan en torno a dichas categorías de forma incontestable. Y es que tal y como afirmaba Maalouf: «Lo que determina que una persona pertenezca a un grupo es esencialmente la influencia de los demás; la influencia de los seres cercanos —familiares, compatriotas, correligionarios—, que quieren apropiarse de ella, y la influencia de los contrarios, que tratan de excluirla». 

En el último filme de la actriz, guionista y cineasta francesa, estrenado en el Atlàntida Film Fest 2021, este cuestionamiento va más allá y se plantea de forma más introspectiva, alejándose de la mirada del resto de la sociedad y poniendo el foco en cómo los prejuicios enraizados en la misma afectan a la persona a nivel individual hasta el punto de cuestionarse quién es. Con esta formulación argumental se aleja de sus anteriores tramas abordadas en Polisse (2011) o Mi amor (2015) —totalmente diferentes también entre ellas— experimentando así en cada obra con una nueva historia y constituyendo de esta forma una filmografía rica y variada. La reflexión transversal sobre la identidad se ve detonada por el fallecimiento de un familiar cercano —el abuelo— de la protagonista, dividiendo de forma figurada la cinta en tres partes. Dicho personaje además, de nacionalidad argelina, se coloca como pieza pivotante a través de la cual se desarrollan los diferentes cuestionamientos identitarios, culturales y religiosos que definen a una persona o colectivo. El contexto y referencias circunstanciales que se esbozan se construyen también de forma sutil pero perfectamente oportuna, transitando desde Francia a Argelia, haciendo referencia a la guerra de independencia de Argelia (1954-1962) y la devastadora colonización del país galo, concluyendo así que el pasado sigue teniendo una gran influencia en el presente. 

Maïwenn tiene la habilidad de representar la sensación de duelo desde el querer estar sola hasta el reír a carcajadas para canalizar el dolor.

En la primera parte de la cinta se exponen las discusiones y reacciones de los/as familiares del fallecido con una óptica y aspecto documental, recurriendo incluso a la cámara en mano en ciertas ocasiones y generando así en la audiencia una primera sensación absorbente por el halo de realismo de las imágenes y conversaciones desarrolladas. Este tono documental e intimista recuerda de forma sutil a la mano de una de las figuras de la nouvelle vague, Agnès Varda, que en este caso y siguiendo el hilo del filme, incluso comparte ADN con uno de sus guionistas, Mathieu Demy. Pero ¿hasta dónde reside la importancia del ADN para saber cuál es la identidad de cada individuo? ¿Sabiendo de dónde venimos podemos saber quiénes somos en la actualidad? Posteriormente, la que podría ser la segunda parte de la película, se centra en las diferentes formas de duelo que cada persona puede padecer. En la misma línea que la cineasta francesa Mia Hansen-Løve desarrolla sus filmes centrados en las relaciones interpersonales, con una estética y cadencia narrativa pausada e incluso nostálgica —como se puede ver en Un amour de jeunesse (Primer amor) (2011) o El porvenir (2016)—, Maïwenn tiene la habilidad de representar la sensación de duelo desde el querer estar sola hasta el reír a carcajadas para canalizar el dolor, enriqueciendo así el género dramático con tintes frescos de humor que desahogan la situación de sufrimiento y dolor por el fallecimiento de un ser querido. Finalmente, la tercera parte acota el foco argumental y lo centra en la protagonista, Neige, interpretada de forma honesta y nada forzada por la propia directora. Siguiendo la línea de cineastas como Valeria Bruni Tedeschi La casa de verano (2018), donde ella misma también interpreta el papel de la protagonista y representa la relación con su familia con tintes autobiográficos, Maïwenn lleva a cabo un argumento que bien podría reflejar su propia vida. Enfoque que ya experimentó con su ópera prima Pardonnez-moi en 2006, donde la protagonista, interpretada por ella misma, rueda una película sobre su familia.

A nivel argumental, ADN (Maïwenn, 2020) acierta a la hora de construir a la protagonista, cuya búsqueda de su identidad, en este caso, gira en torno a sus orígenes y se ve acompañada por su familia, eliminando de la ecuación cualquier atisbo de relación afectiva de pareja, alejándose así de los hilos argumentales tradicionales donde la protagonista es una mujer. De hecho, la relación con su hermana y la evolución de la misma se presentan como un hermoso ejemplo de sororidad y empatía. En esta misma línea y como una referencia clara a la herencia genética, se esboza de forma genuina y exquisita una compleja relación entre madre e hija que se erige como pieza clave para hacer hincapié en la información heredada a través del ADN y el rechazo o aceptación de actitudes innatas abocadas a permanecer estáticas en la persona, incluso en contra de su propia voluntad. El papel de la madre es interpretado además por la actriz Fanny Ardant, que se mete en la piel del personaje de forma impecable, con la gran habilidad de transmitir a la audiencia una montaña rusa de emociones desde el desagrado a la compasión.  Siguiendo las hermosas palabras de Maalouf: «La identidad de una persona no es una yuxtaposición de pertenencias autónomas, no es un mosaico: es un dibujo sobre una piel tirante; basta con tocar una sola de esas pertenencias para que vibre la persona entera». Maïwenn tiene la habilidad de construir una cinta que funciona como esa piel tirante que fluye de forma sencilla y unificada, donde cada detalle hace que la obra completa vibre y haga vibrar a la audiencia que la contempla. Porque las identidades son únicas y por cada persona existe una diferente, que no se compone de etiquetas o instrucciones genéticas, sino por historias, decisiones y personalidades que se van construyendo y deconstruyendo con el paso del tiempo.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 10 agosto, 2021
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Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 10 agosto, 2021

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