A Ghost Story
| La insoportable levedad del no-ser

En 2017, David Lowery establece una tragedia contemporánea sobre la existencia y su fin. Treinta y tres años antes, Milan Kundera hacía lo mismo a través de la dualidad de conceptos. Revisamos la comparativa entre dos obras que coexisten en el arte.

En 1984, Milan Kundera escribió una de las obras más universales de la literatura contemporánea. Con la rotundidad de su título: La insoportable levedad del ser; la novela significó un antes y un después en la narrativa que había existido hasta entonces. Algo similar ocurrió en 2017 con David Lowery, director de una de las películas inolvidables del séptimo arte. Este cineasta estadounidense filmó lo que sería otro testamento humano, treinta y tres años después del primero, en el que la muerte y la vida coexisten, pero no conviven en el mismo espacio temporal. Nuestra comparativa de estas obras reside en conceptos, en palabras que creemos que pueden explicar mejor la lectura fílmica de dos productos que, si bien en su grandiosidad encuentran las dudas existenciales más profundas, no hallan las respuestas que ni el arte ni la sabiduría pueden descubrir.

En su libro, Kundera juega con la dualidad de términos. La levedad y la pesadez son los temas centrales, aunque hay otros como el alma y el cuerpo, o la causalidad y la casualidad. Siempre existen dos lados bien diferenciados, dos ideas que siendo antónimas, se muestran en lugares contrapuestos. Este también es el caso del largometraje de Lowery. David establece en A Ghost Story la dualidad de otros tantos conceptos como son la brevedad y lo extenso, ya que fluctúa entre escenas estáticas que corren en un tiempo fugaz; lo inmutable y lo variable, donde el juego de perspectivas crean una sala de los espejos que deforma la existencia; pero también comparte la levedad y el peso. Pese a la larga sombra de magnificencia que proyecta, al fin y al cabo esta película es un drama sobre el amor humano, protagonizado por los personajes de Rooney Mara y Casey Affleck. Un constante tira y afloja dentro de una pareja donde el sentimentalismo contribuye con situaciones ligeras, en las que vemos escenas íntimas entre sábanas, frente a escenas pesadísimas de conflicto, donde dos personas sienten la inestabilidad de no alcanzarse el uno al otro.

Es en el momento culmen de la película, justo cuando el filme toma su tonalidad de extravagante, e incluso se divisa un estilo muy de John Carpenter, donde un fantasma estereotípico —una sábana con dos agujeros— pasa a cambiar estos dimorfismos humanos para convertirlos en constructos que se escapan del mundo tangible. Tras la muerte de un ser querido, tenemos la perspectiva de los que se quedan, pero ¿cómo ven la muerte los que se van? A partir de esta cuestión, este metraje en 4:3 (lo que aporta una sensación de intimismo aún más inmersiva) varía por completo. El punto de vista es el del alma que se separa del cuerpo y vaga entre las dualidades que sobreviven a la pérdida. De pronto todo flota, la levedad se aúna con el peso; la futilidad y la memoria corren en una misma carrera de fondo. Y la casa que habita el fantasma pasa a ser un escenario donde lo inmóvil de Parménides se convierte en el flujo de Heráclito. Con guiños, también, a la filosofía del sigo XIX y su peculiar visión del eterno retorno de Nietzsche, que le pone la guinda a este suculento pastel.

Toda la película es una crisis trascendental que intenta rellenar los 4:3 del puro miedo de Lowery ante ese salto al vacío que es la muerte.

En cuanto a la fotografía, apreciamos en ella el principal artífice del detallismo de estos espectros duales. Los primerísimos planos conectan con los planos medios y lejanos, aportando dinamismo a la apatía que impera en el hogar. Y esta desidia pasa a ser irrelevancia con el paso de los segundos, las causalidades y casualidades que entonan el destino de sus protagonistas, que todavía sostienen alma y cuerpo, acaban por desecharlos dejando paso a otros personajes, otras historias que se escriben y se guardan en los rincones de la casa. Mientras tanto el espectador divisa todo desde la mirada impasible de un espíritu que viaja a través del tiempo, de una cámara que lentamente recoge la historia de un hogar. El diseño de producción termina por cerrar lo simbólico: la muerte a partir de lo visceral y lo primario usando como recurso la comida, el luto como una lucha constante entre sábanas (principal vestimenta de su protagonista) y la fugacidad representada con escenarios que, si bien son escasos, sí se sostienen bajo la base de la grandilocuencia y la longitudinalidad temporal. Entonces, se aprecia que el mayor contraste es el que abarca la escenografía con el destino del largometraje, mediante una sencillísima elección de objetos, se logran objetivos muy complejos. Es decir, el camino se traza desde la unicidad fílmica a la multiplicidad reflexiva, otra dualidad si cabe.

De manera definitoria, vemos que temáticamente la obra se sostiene ante dos recursos mencionados en toda la historia de la cultura: por un lado, encontramos el Horror Vacui de corte aristotélico, que aborrece por su lado el vacío de la naturaleza y de la existencia. Pese a ser una película poco recargada de elementos, que sería su contradicción a lo que se conoce como Horror Vacui en el arte, posee una gran carga conceptual de miedo a la nada, a la no existencia del ser. Toda la película es una crisis trascendental que intenta rellenar los 4:3 del puro miedo de Lowery ante ese salto al vacío que es la muerte. Por otro lado, encontramos el tópico con el que Kundera pone fin a las figuras de su libro: Ubi sunt. Este recurso literario se remonta al medievo, con la concepción de la vida en la tierra como un simple tránsito hacia la vida eterna, la que sigue a la muerte. Esta idea de vida eterna es la mayor herramienta para afrontar el miedo a no existir. El principal recurso narrativo con el que el cineasta lo plaga todo. ¿Qué fue de aquella niña en el siglo XVIII? ¿Qué fue de aquellas personas que estuvieron en esta fiesta? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué será del joven que murió frente a su pareja? La muerte como fin igualitario. Aferrarse románticamente a la inmortalidad, de forma fantasmagórica, para responder a estas dudas. Cubrirnos bajo un manto blanquecino con dos agujeros y ver como todo continúa.

Concluyendo en que la pesadez y la levedad de la existencia, también puede existir en la no-existencia. Quizá, lo que un día Milan Kundera tituló como La insoportable levedad del ser trascienda al no-ser y sigamos buscando nuestro lugar en el más allá como una amalgama de reminiscencias, con el fin de que no nos olviden. Aunque esto quizá solo sea trabajo de los que seguimos vivos: el recordar a los que ya no están, pero siguen siendo. Obviamente hablamos sobre supuestos que nunca podremos saber ni validar, igual que lo escrito en las notas que se pierden y nunca llegan a ser leídas. Pero ahí están.




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Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 30 julio, 2021
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Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 30 julio, 2021

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