2013: Rescate en L.A.
| El hombre contra las ideologías

En esta secuela, John Carpenter muestra su lado más político y, además de una estupenda película de acción, nos ofrece una reflexión sobre los riesgos de las ideologías llevadas al extremo y la necesidad de proteger nuestra libertad.

Después de algo más de una década teniendo edad para votar, confesaré que en lo que respecta a la política soy una persona pragmática, y como tal, decanto mi voto en base a resultados. El contenido de las leyes aprobadas (o no) durante los últimos 4 años, la cifra del paro y el déficit público o la salud presupuestaria del sistema de bienestar son para un servidor el mejor programa electoral posible ya que, a diferencia de las palabras, los hechos nunca mienten. Naturalmente, esto implica el ser consciente mientras se está votando de que el tipo que encabeza tu papeleta es, seguramente, un palurdo incompetente que no va a dudar en meter sus sucias zarpas en el dinero de los contribuyentes, pero al menos es el palurdo incompetente que menos daño le va a hacer al país con su palurda incompetencia. Es por ello que existe un tipo votante que no deja de fascinarme por sus contradicciones: el idealista. No me refiero en absoluto al votante que cree en la meritocracia y honestidad de los candidatos (de hecho, en un mundo normal, es así como se debería votar, no es su culpa que la política mundial sea hoy por hoy totalmente disfuncional) sino al elector que parece vivir entre dos realidades paralelas y que, influenciado por sus emociones y su ideología, aplica una visión selectiva de la realidad. Aquel ciudadano, existente tanto a izquierda como a derecha, que consciente de la sucia realidad de la política, no duda en idealizar a su candidato de una forma casi religiosa. Todos los políticos roban, excepto los de su partido, todos son corruptos, menos los de su partido y todos toman decisiones equivocadas, menos los de su partido, y por supuesto cuando la realidad termina siendo imposible de ignorar, la culpa es de los manipuladores medios de comunicación, llegando a la paradoja de que hoy en día parece que tenemos la prensa de Schrödinger, ya que dependiendo de a quien se pregunte resulta ser fascista y comunista al mismo tiempo. Quizá es que sea peronista (chascarrillo dedicado a nuestros queridos lectores argentinos). Este largo preámbulo no sirve para más propósito que para describir la clase de esclavitud ideológica que John Carpenter busca satirizar en su película 2013: Rescate en L.A. (John Carpenter, 1996).

Toda la película está repleta de rocambolescas escenas de acción con las que Carpenter le da a la cinta su entrañable toque personal.

Tal como su carrera demuestra, el director estadounidense nunca se ha arredrado de abordar temas políticos en su obra, en ocasiones de forma tan evidente como carente de sutileza, como es el caso de su obra de culto Están vivos (John Carpenter, 1988) o incluso la precuela de la obra que hoy nos ocupa, 1997: Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981). El mensaje político de Carpenter casi siempre ha sido un elemento inherente a su cine, con temas como la influencia alienante del consumismo en la sociedad, la manipulación despótica a través de los medios de comunicación por parte de las élites o el impacto negativo de las transformaciones económicas de las últimas cuatro décadas en las clases trabajadoras de EEUU, que en el marco de un cine de acción cargado de momentos que caen en el exceso y que en todo momento se siente cómodo con un tono a medio camino entre la sátira y lo épico, no solo no pierden relevancia sino que incluso se ven potenciados hasta sentirse totalmente honestos y profundos. En esta obra nos encontramos quizá al Carpenter más político de su carrera. El guion, ambientado diecisiete años después de la anterior entrega, nos lleva ahora a la costa opuesta de un EEUU que tras años de inestabilidad y penurias ha elegido a un hiperconservador filofascista como presidente, el cual ha impuesto una dictadura puritana en el país. Tras ser destruida por un terremoto, la ciudad de L.A. se ha convertido en el nuevo presidio nacional, a donde la hija del presidente, enamorada de Cuervo Jones, un revolucionario de tintes comunistas, se ha fugado con un prototipo de la Espada de Damocles, un dispositivo capaz de activar un arma con la capacidad de emitir un pulso electromagnético desde el espacio e inutilizar la tecnología de cualquier nación enemiga, por lo que Serpiente Plissken, un legendario forajido, es encomendado con la tarea de recuperarlo a cambio de un indulto. Tras una accidentada llegada a L.A., Plissken rápidamente se ve las caras con Cuervo Jones, que se ha convertido en un violento señor de la guerra que tiene toda la ciudad sumida en la anarquía y el terror, descubriendo los planes del revolucionario: usar el dispositivo contra EEUU para favorecer una inminente invasión de tropas de países latinoamericanos. Con la ayuda de algunos de sus camaradas, logra recuperar el dispositivo y a la hija del presidente y escapar del lugar. A su vuelta se niega a devolver el dispositivo y ante la disyuntiva de tener que elegir entre usarlo para mantener la dictadura conservadora del presidente o para iniciar la revolución antisistema de Cuervo Jones, Plissken decide no decantarse por ningún bando y en su lugar liberar un pulso electromagnético mundial que colapsa la tecnología y la civilización en todo el planeta.

El mensaje que late en el corazón de la película de Carpenter no es otro que el peligro que suponen tanto para el individuo como para la sociedad el culto ciego a las ideologías. Si bien el componente ideológico es imprescindible para comprender tanto la política como la vida en sociedad, es innegable que ello también supone la aceptación de determinados principios e ideas que pueden llegar a generar un seguimiento irreflexivo y fanático. En el caso de esta película, tal mensaje nos es presentado desde prácticamente el inicio, contraponiendo unos Estados Unidos hiperconservadores regidos por un presidente de extrema derecha que ha aniquilado gran parte de las libertades constitucionales con la figura de Cuervo Jones, el líder revolucionario de extrema izquierda que parece parodiar la figura de Ernesto «Che» Guevara y que propone una sociedad absolutamente disfuncional, violenta y caótica. En ambos casos, vemos a dos líderes políticos despóticos y peligrosos que buscan implantar sistemas autoritarios y peligrosos. Carpenterno duda en usar los tópicos del género de acción (que como director domina a la perfección) para realizar una sátira social sobre los riesgos de las ideologías cuando estas se vuelven demasiado poderosas, colocando en el medio a nuestro protagonista, Plissken, un ejemplo de héroe prototípico del cine de acción de los 80 que rechaza ambas vías para, en su lugar, apostar por la defensa de la libertad individual y la conservación de la identidad y los valores propios ante las presiones externas.

Dentro de una corteza de cine de acción de la mejor serie B de la vieja escuela late el corazón de una película de autor con un mensaje tan atemporal como necesario.

El personaje interpretado por Kurt Russell se presenta de esta forma como un héroe no solo en el plano físico (derrotando a los enemigos a través de trepidantes y en ocasiones excesivas pero entretenidísimas escenas de acción que no se toman a si mismas demasiado en serio) sino también en el ideológico, pues a través de la preservación de su individualismo y su negativa a alinearse con ninguno de los dos bandos personifica la resistencia (y el último caso, la victoria) del individuo frente a los grandes sistemas ideológicos y la defensa sacrosanta de las libertades individuales, las cuales no dejan de ser en el fondo la base de cualquier sistema democrático. Si en la precuela de esta película Carpenter reflexionaba sobre los problemas sociales inherentes al aumento de la delincuencia y la relación de estos con la política, en esta secuela el director estadounidense busca advertirnos sobre las tentaciones y los riesgos de los excesos ideológicos y hacernos conscientes de que la persona cegada por su propia ideología siempre será la más peligrosa, pues en último término su ideología podrá llegar a justificar cualquier acto. Es por ello que la posición intermedia y equilibrada de Plissken (rechazando tanto el caos ultraviolento y despótico de Cuervo Jones como la dictadura opresiva del presidente de los EEUU) nos es presentada como una resolución a la disyuntiva planteada. La gran virtud del protagonista de esta cinta, y en la cual radica su carisma como personaje, no radica en su habilidad con las armas o en su destreza combatiendo, sino en su voluntad de preservar su independencia respecto a los grandes sistemas ideológicos que tratan de someterle y fagocitarle, representando esa suerte de arquetipo de héroe típicamente americano cuya única lealtad es para con su propia libertad.

Todo esto, como no podía ser de otra manera, viene presentado en el inconfundible estilo cinematográfico de Carpenter, cargado de un humor autoreferencial que parodia (cuando no directamente homenajea) el cine de acción de los años 70 y 80, acompañado de un humor tan caustico como eficaz que en este caso se ceba con realidades como la frivolidad de la vida en LA. (poniendo como antagonistas secundarios a un grupo de personas obsesionadas con la cirugía plástica que secuestran a individuos para robar diversas partes de sus cuerpos e implantárselas) el absurdo culto al militarismo estadounidense o la dependencia de la tecnología digital que en los 90 ya se atisbaba y que en 2021 es una realidad más que manifiesta. Todo ello se enmarca en un cine que, si bien no renuncia a sus intenciones de transmitir una serie de ideas sorprendentemente complejas, no renuncia a hacerlo con un tono gamberro, macarra y desenfadado que en ocasiones recuerda al mejor cine de serie B de toda la vida, dando como resultado una película que mezcla momentos intelectualmente interesantes y sorprendentemente profundos con tramos tan tontos como entretenidos y secuencias de acción hiperbólicas.

El propio personaje de Plissken, por otro lado, viene a rescatar un personaje arquetípico del cine y la cultura estadounidense, el anti-héroe cínico pero con principios que usa la violencia para defender valores como la libertad o la justicia. Históricamente Estados Unidos ha tenido una tradición de idealizar y crear narrativas (muchas veces ficticias) que ensalzan figuras que de alguna forma se ajustan a este modelo, como forajidos, gánsteres o atracadores (desde Jesse James hasta John Dillinger, pasando por Bonnie y Clyde) y el personaje que Russell encarna encaja dentro de este perfil. Podría incluso decirse que Plissken parece personificar un conjunto de valores que Carpenter entiende como inherentemente americanos, como la lucha contra la opresión o la defensa de los principios propios. En otras palabras, tal como ya hiciera en otras películas, el director de Nueva York coloca en el centro de su película a un protagonista con muchas de las virtudes propias del hombre de a pie que se enfrenta a la opresión que ejercen sobre él los grandes poderes supraindividuales. 

Serpiente Plissken es el carismático pero rudo antihéroe que representa la lucha del ser humano por defender su independencia en un sistema opresivo.

La palabra sutileza no forma parte del vocabulario de Carpenter, y precisamente por ello el director aprovechará prácticamente todos los elementos narrativos a su disposición para transmitir su visión de la historia. Desde un guión en el que apenas existe el subtexto y que presenta personajes arquetípicos y exagerados hasta el extremo hasta un diseño de producción en ocasiones irreal y profundamente expresionista (y que bebe de la puesta en escena del cine de género de finales de los 80 y 90) que no evita el exceso, pareciendo querer darle la vuelta a la manida frase «menos es más» para en su lugar decirnos «más es más». Todo ello, sin duda, culmina en la excelente interpretación por parte de Russell (actor fetiche de Carpenter) del rudo pero carismático forajido Serpiente Plissken, un héroe de acción hipermasculino a la vieja usanza, de los que no saben lo que es llorar ni rendirse, y que como curiosidad, inspiraría a un por aquel entonces desconocido creador de videjouegos japonés llamado Hideo Kojima para crear al protagonista de la archiconocida saga Metal Gear, el legendario Solid Snake. Entre genios se entienden.

Si bien aquellos que, como Plissken, se han ubicado en el término medio siempre han cargado con las críticas de unos y otros, generalmente, la historia siempre ha terminado dándoles la razón, y consciente de este hecho Carpenter nos lleva en 2013: Rescate en L.A. a un universo en el que se parodian los extremos ideológicos precisamente para ensalzar al individuo que se aleja de la masa y de sus narrativas hipersimplificadas de la realidad y decide pensar por si mismo, incluso con el riesgo de convertirse en el enemigo de ambos lados de la balanza. Dentro de una corteza de cine de acción de la mejor serie B de la vieja escuela late el corazón de una película de autor con un mensaje tan atemporal como necesario.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 28 abril, 2021
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 28 abril, 2021

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