1997: Rescate en Nueva York
| Nunca perdones al ser humano

De cómo un hombre de voz silente, físico mitológico, intelecto aparentemente nulo y media mirada penetrante consigue poner en tela de juicio los valores americanos en un universo sombrío, encuadrado en planos americanos y de magnitud posapocalíptica.

Sobre negro y con un ritmo sosegado, Carpenter hace de las suyas e introduce los títulos de crédito con su oscuridad habitual. De fondo, su estilo musical sintetizado evoca, entre pausas, a un Morricone modernizado que da paso al que será un wéstern nocturno y distópico que sustenta su estructura narrativa en las bases del cine de aventuras y de acción convencional. 1997: Rescate en Nueva York (1981) es, como diría su progenitor John Carpenter, «la historia más lineal y rotunda que puedas imaginar», una definición escueta y simplona que acierta en la totalidad de los adjetivos utilizados. Lineal y rotunda, sin más. Sin embargo, tras el éxito de La niebla (John Carpenter, 1980) la audiencia aprendió que en la serie B de Carpenter uno tenía —y tiene— la obligación de mirar más allá de las explosiones, los estereotipos y los diálogos de fuerza y heroísmo masculinos que marcaron una época ochentera que sin duda generó una serie de películas y obras audiovisuales que con la excusa de «explotar coches y algún que otro chascarrillo» construyeron una gran amalgama de críticas sociales y estructurales como pudo ser el cine de James CameronGeorge Miller y, de una forma menos elegante y tal vez más neorrealista, uno de los personajes más icónicos del cine español: Torrente.

Uno puede llegar a cuestionarse las similitudes entre Snake, pseudónimo del personaje de Kurt Russell en la película —o Plissken para los altos cargos— y el irreverente Torrente. Aún así, el ideario original que genera la aparición de estos personajes es el mismo: la necesidad de un cambio, de llamar la atención y de destruir, desde los ideales preestablecidos, el pensamiento de un país, su política y su sociedad. Plissken, como Torrente, el brazo tonto de la ley (Santiago Segura, 1998) o Porco Rosso (Hayao Miyazaki, 1992) carga con la identidad del ser humano pero nunca adquiere la facultad que los hace así; la vejez. Se trata de seres que sustentan ideales, discursos políticos y estamentos sociales. Son ideas andantes, son las revoluciones internas de los creadores que avivan una denuncia que, transformada, llega a la forma humana para luego convertirse en mito o leyenda y así ensalzar a un héroe que vive en un mundo ajeno al suyo pero debe estar allí para salvarlo. Pero eso sí, todo es muy lineal, ruidoso y superficial. No es de extrañar que, con la inteligencia de Carpenter, uno de los temas más sonados de la película fuera Everyone’s Coming to New York, compuesto por su fiel compañero musical y guionista Nick Castle —con quién formó la banda The Coupe De Villes junto con Tommy Lee Wallace— cuya musicalidad reza: «No more yankees». Una composición que tiene un ritmo circense y crítico que utiliza la comedia y la orquesta para aprobar la violencia, la crueldad y la pobreza. Este recate que pide a gritos Nueva York viene dado, como no, por la necesidad de salvar al presidente de los Estados Unidos que, debido a un golpe de estado, cae en manos de los presos encarcelados en una especie de Gotham neoyorquino amurallado al más puro estilo del Berlín de la posguerra donde nada es pacífico, todo está regido por la ley del más fuerte y nadie puede escapar. Un ambiente que sin duda recuerda a filmes como Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979) Juez Dredd (Danny Cannon, 1995), El libro de Eli (Albert Hughes, Allen Hughes, 2010) y a la posterior Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en lo que a estética e iluminación se refiere. En este mundo referencial, la película de Carpenter vive para denunciar una situación directamente vinculada con la Guerra Fría, la amenaza nuclear y el militarismo americano que no hacía sino enaltecer a una sociedad que pedía a gritos censurados un cambio. Todo ello, camuflado en una cinematografía que viaja desde el estilo formal y narrativo del wéstern clásico acompañado del scope para enaltecer la acción dramática llegando incluso a utilizar recursos visuales que a todo jugador de videoconsolas nostálgico le eriza la piel.

Una historia grotesca, bárbara y ultraviolenta en la que viven una serie de personajes míticos interpretados de una forma exquisita.

En ese universo de Carpenter, donde el entremezclar términos y estilo genera una historia grotesca, bárbara y ultraviolenta, viven una serie de personajes míticos interpretados de una forma exquisita. Desde el esplendoroso y silencioso Kurt Russell y su mirada de ojo penetrante, siguiendo con el siempre mágico Harry Dean Stanton encarnando a Cerebro, un papel que le viene como anillo al dedo, y sobre todo Ernest Borgnine, el taxista loco que todavía conserva en su mirada la inocencia que interpretó en Marty (Delbert Mann, 1955). Y, para más inri al wéstern, la aparición de Lee Van Cleef, uno de los hombres estelares de Sergio Leone. Plissken, que germinó la esencia del héroe veterano expulsado de la sociedad y de la aristocracia política americana, inició una carrera de paladines temerarios derrotados que rehúyen del perdón y actúan con fuerza bruta e intelecto dosificado que originó creaciones tan masculinizadas y casi mitológicas como la de Acorralado (Rambo) (Ted Kotcheff, 1982). 1997: Rescate en Nueva York terminó su rodaje con 6 millones de presupuesto y recaudó en taquilla más de 50 millones de dólares. Por ello es el claro ejemplo de la maestría de Carpenter a la hora de conocer y amar el lenguaje cinematográfico y dejar que su obra fluya con el mismo. Muchos han sido los directores y artistas que han buscado la fórmula perfecta para crear distopías, escenarios postapocalípticos, tramas enrevesadas y contextos sociales y políticos muy complejos pero la destreza y el ingenio de Carpenter para, con poco, mostrar tanto es sin duda una de las claves de su cine que, a lomos de lo comercial se muestra como algo lineal, superficial y rotundo. Pese a todo ello, solo la mirada conocedora del estilo del autor consigue vislumbrar esa forma cinematográfica que hace de 1997: Rescate en Nueva York una película de culto donde el perdón no está en el vocabulario de los personajes principales y la retirada, con estilo y elegancia, es siempre su mejor forma para concluir los conflictos de la mano de una moraleja. En cierta manera, Plissken no es más que la mutación, inevitable, del perfecto hombre americano en un arma letal cansada de salvar el mundo —o Nueva York, mejor dicho— que solo quiere descansar alejado de la mundanidad.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Joan Maura | © laCiclotimia.com | 19 junio, 2021
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Texto de Joan Maura
© laCiclotimia.com | 19 junio, 2021

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