Érase una vez en... Hollywood
| Carta de amor a Quentin Tarantino

A un año de su estreno, revisamos el impacto de Erase una vez en Hollywood, la novena película de Quentin Tarantino.

Querido Quentin:

Te escribo porque justamente hace un año, por estas fechas, escuché una serie de cosas que me sorprendieron bastante y hasta ahora no he podido pararme a pensar y reflexionar sobre ellas como es debido. Quizás pienses que llego algo tarde, pero muchos opinan que el tiempo es el mejor material para construir una buena perspectiva y después de la enorme cantidad de horas que has invertido tú en tu última película lo mínimo era ofrecerte ese margen.

Sí, de eso quería hablarte, de tu novena película, Érase una vez en… Hollywood. Aquella que dices que será tu penúltima obra antes de dejar la batuta a un lado y disfrutar de otros aspectos de la vida más allá de hacer cine. Sinceramente, lo creeré cuando lo vea. En cualquier caso, lo que te decía, fue salir del cine y escuchar (y también leer) cosas extrañísimas. Que si aburrida, que si larga, que si sus personajes son de lo mas sosos e insustanciales, que si no pasa nada… Hasta aquellos cuyo criterio admiro y respeto escribían frases como «esta película es una carta de amor al cine de parte de Quentin Tarantino». Qué cosas ¿no?

A ver, en cierto sentido, algo de razón tienen. No me cuesta admitir que en un principio me dejé llevar por esas primeras impresiones y caí en cierta sensación agridulce, infundada en gran medida por el no cumplimiento de mis expectativas para con esta película. Créeme que intenté que eso no ocurriera, pero acostumbrado y siendo un fiel admirador de tus obras anteriores de tan marcada personalidad y estilo, me fue difícil no juzgar esta película por lo que creía que debía ser en vez de por lo que realmente era. Lo cual más que un pensamiento razonado es muchas veces un impulso puramente emocional, y como aquel villano de Los Vengadores, es inevitable.

Ya no es cuestión de enfundar a Uma Thurman en el uniforme de Bruce Lee. Ahora toca verle directamente a él en acción, rendirle homenaje y de paso reírnos un poco.

Sobre todo, si se da una situación como la que nos planteaste: una película que, si bien tenia todos los elementos para ser una «obra tarantiniana», no respondía al patrón habitual de tus anteriores cintas. Y con ese patrón me refiero a aquello que te han recriminado una y mil veces varios expertos y estudiosos del cine: tu afán por el copieteo descarado de miles de fórmulas y elementos de otras obras, mas o menos conocidas, para formar películas bajo tu sello. Sabes que esto no tiene connotaciones negativas, salvo para aquel que no sepa apreciar y valorar la inteligencia necesaria para conocer esa cantidad de referencias sobre todo tipo de cine y posteriormente saber cómo encajarlas de tal forma que se consiga una obra que entusiasme hasta aquellos que a priori, no estarían interesados en la clase de cine del que emanan. Haces accesible lo inaccesible y eso, también te ha valido tu propia personalidad y estilo. No digo que Érase una vez en… Hollywood esté falta de referencias, todo lo contrario. Pero tu manera de encajarlas ahí fue completamente diferente. Me explico. En una de tus películas anteriores, Malditos bastardos (2009), hacías que un personaje fingiera ser italiano ante un grupo de nazis haciéndose pasar por un tal Antonio Margheriti con un acento exageradamente ridículo. Esto funcionaba en pantalla tanto para aquel que no supiera que Antonio Margheriti fue un director de cine italiano de los años 60 y 70, como para el que fuera conocedor de su obra y se deleitase con este guiño. Sin embargo, en Érase una vez en… Hollywood el nombre de Antonio Margheriti aparece en pantalla como el director de una de las películas que rueda Rick Dalton en su paso por la industria cinematográfica italiana, concretamente Operazione Dyn-o-mite!. Como sabrás, en esta ocasión, el guiño resulta mucho más directo y restringido a los conocedores antes mencionados. Lo cual, repito, no tiene por qué ser necesariamente malo. Simplemente es diferente. Ahora los guiños más que ser utensilios para impulsar y dar personalidad a una trama vengativa, son los verdaderos protagonistas de una función mucho mas contemplativa.

Poster de la supuesta Operazione Dyn-O-Mite! dirigida por Antonio Margheriti.

Y es que, si me lo permites, creo que Érase una vez en… Hollywood supone un enorme y pulido autorregalo bien merecido. Como un goloso capricho personal tras una carrera centrada en contentar al público, además de una carta abierta para la recreación basada en la recreación. Ya no es cuestión de enfundar a Uma Thurman en el uniforme de Bruce Lee. Ahora toca verle directamente a él en acción, rendirle homenaje y de paso reírnos un poco. Porque, aunque muchos opinen lo contrario, la sátira de lo icónico está permitida siempre que esté hecha desde el respeto. Y respeto es lo que desprendes en esta película, en todos sus ámbitos. Empezando por el cuidado, mimo y fidelidad que habéis puesto tú y tu equipo por los mas ínfimos detalles, claves a la hora de retratar con fidelidad una época marcada por su vestuario, utensilios y característicos bólidos. Además de saber reflejar la influencia que tuvo en esos tiempos el mundillo cinematográfico y televisivo, que tan bien has estudiado, mediante el uso de diferentes formatos: series, anuncios, números musicales, entrevistas y como no, películas. Solo queda darle alma a base de tu siempre excepcional selección musical, esta vez mezclada en formato radiofónico para su mejor asentamiento, y ese precioso uso de la luz, paradójicamente coherente, a pesar de que las cosas brillen más de noche y se difuminen durante el día. Así es Hollywood. O al menos, tu idealización de él.

Aunque, desde luego, no todo iba a ser homenaje y rendir cuentas. Seria rarísimo que, con tu facilidad para la reflexión, no echaras mano de tu ingenio (y de la destreza interpretativa de algún otro) para personificar aquella época o al menos, humanizarla. De siempre has creado personajes que rebosan carisma y oran frases lapidarias mientras sujetan un arma, ya sea blanca o negra, pero lo entrañable y cercano que resulta el dúo formado por Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y su doble de acción Cliff Booth (Brad Pitt) es de otro mundo. Ya no solo por esa camaradería tan envidiable propia de, como tú dices, «mas que hermanos y poco menos que una esposa», sino por la naturalidad y sinceridad que desprenden en cada acción, capaz de definirles sin mediar palabra. Como en el caso de Cliff, un Brad Pitt por el que solo pasan los años para bien, del que descubrimos que es alguien recio, disciplinado, pero de gustos sencillos y altruista como pocos, simplemente viendo cómo le sirve la cena a su perrita Brandy. Y lo sembrado que está DiCaprio como ese actor en las últimas, «el jodido Rick Dalton», de sensibilidad frágil y temperamento inestable, que está terriblemente comprometido consigo mismo y con su trabajo pero que a la vez aprecia más los elogios de una pequeña actriz (o «actor» como prefiere que la llamen) que de su propio director. ¡Para que luego digan que en tus películas solo hay sangre y violencia! Y ojo, que aunque Érase una vez en… Hollywood sea una película mucho mas relajada en términos viscerales, también tiene un hueco para reventar cabezas y usar lanzallamas. Porque, como siempre has defendido, si hay un lugar para la violencia, ese es la ficción. Donde cabe la posibilidad de que una judía se vengue a carcajadas de los nazis quemándolos dentro de un cine; de que un esclavo negro haga volar por los aires la mansión del dueño de una plantación sureña; o de que los fanáticos psicópatas que no saben diferenciar realidad de ficción entren en la casa equivocada y acaben con la cabeza contra el alfeizar y las pelotas mascadas por un pitbull. Por suerte, y al contrario que en la realidad, donde la violencia se usa no pocas veces contra quien no se debería, el cine siempre permitirá hacer de la vida un cuento con final feliz.

Ya te digo, sigo sin entender aquellos comentarios. Supongo que habrá al que le aburra ver al jodido Brad Pitt conduciendo un Cadillac Coupe DeVille a toda leche por las calles de Los Ángeles mientras suenan de fondo Los Bravos. O disfrutar de la bellísima Margot Robbie rindiendo un homenaje angelical a Sharon Tate bailando cada vez que surge la ocasión. O ver a un supuesto Bruce Lee pavoneándose delante de la gente durante un plano secuencia de 5 minutos que apenas se advierte por su fluidez, para acabar estampado contra el capó de un coche. O ver a Al Pacino «saludando a su amiguito» haciendo un guiño al decir que le encantan las películas con muchísimos tiroteos. O ponerse en la piel de DiCaprio mientras patalea y se amenaza a sí mismo frente al espejo por no haberse acordado de unas líneas de guion. De verdad que no lo entiendo. Menos si tenemos en cuenta la variedad tonal que hay en esta película que permite adentrarse de manera muy fluida en ambientes que rozan desde La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) hasta Furia Oriental (Fist of Fury) (Lo Wei, 1972), pasando por El graduado (Mike Nichols, 1967) o incluso Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960).

Puede que haya a quien esto le aburra. Pero a mí no.

Porque, querido Quentin, se intuye la pasión y el disfrute con el que has realizado esta obra. Se escucha por lo bajo aquello que gritas en todos los rodajes de «nos encanta hacer películas». Y aunque con esta obra seas más complaciente contigo mismo que con el espectador, consigues desprender esa emoción que solo se transmite cuando uno habla con veracidad y de corazón de lo que le apasiona

Sí, Erase una vez en… Hollywood es una carta de amor al cine, desde luego, pero viniendo de ti, ¿cuál de tus películas no lo es?

Agradecido profundamente:

Tu admirador secreto.




  • 79
  •  
  •  
  • 1
Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 25 agosto, 2020
  • 79
  •  
  •  
  • 1



Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 25 agosto, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?