Calles de fuego
| Un cuento de hadas post-industrial

Estados Unidos, 1984 | Dirección: Walter Hill | Título original: Streets of Fire | Género: Acción, Thriller, Musical | Productora: Universal Pictures / RKO Pictures / A Hill-Gordon-Silver Production | Guion: Larry Gross, Walter Hill | Fotografía: Andrew Laszlo | Edición: James Coblentz, Freeman A. Davies, Michael Ripps, Michael Tronick | Música: Ry Cooder | Reparto: Michael Paré, Diane Lane, Rick Moranis, Willem Dafoe, Amy Madigan, Bill Paxton, Richard Lawson, Elizabeth Daily, Rick Rossovich, Marine Jahan, Stoney Jackson, Deborah Van Valkenburgh, Grand L. Bush, Mykelti Williamson, Robert Townsend | Duración: 93 minutos | | Disponible en:  Filmin   | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

Estados Unidos, 1984 | Dirección: Walter Hill | Título original: Streets of Fire | Género: Acción, Thriller, Musical | Productora: Universal Pictures / RKO Pictures / A Hill-Gordon-Silver Production | Guion: Larry Gross, Walter Hill | Fotografía: Andrew Laszlo | Edición: James Coblentz, Freeman A. Davies, Michael Ripps, Michael Tronick | Música: Ry Cooder | Reparto: Michael Paré, Diane Lane, Rick Moranis, Willem Dafoe, Amy Madigan, Bill Paxton, Richard Lawson, Elizabeth Daily, Rick Rossovich, Marine Jahan, Stoney Jackson, Deborah Van Valkenburgh, Grand L. Bush, Mykelti Williamson, Robert Townsend | Duración: 93 minutos | | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

Entre el rugido de las motos y las luces de neón, este western en plenos años 80 nos sumerge en un mundo de fantasía y acción.

Es un hecho bastante conocido, aunque no muy mencionado, que la grave crisis fiscal y de servicios que sufrió la ciudad de Nueva York durante los años ’70 y ’80 coincidió con un momento clave del desarrollo del cine norteamericano y, como resultado, el ruinoso y desolador paisaje urbano de la ciudad se convirtió en un telón de fondo tan extendido en el cine de la época que por ello se hace más difícil de detectar. La imagen de la ciudad de Nueva York como una jungla urbana de decadencia y caos, bolsas de basura amontonándose por las esquinas y géiseres de humo saliendo de las alcantarillas es, por ejemplo, el escalofriante y desolador escenario de películas de Scorsese como Malas calles (1973) y Taxi Driver (1976), o también de Serpico (1973) de Sidney Lumet. La violencia callejera en Nueva York, donde el crimen se había disparado, determinó la temática de películas como Los amos de la noche (Walter Hill, 1979) y, quizás en su manifestación más hiperbólica, en el clásico de ciencia ficción 1997: Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981), donde en un futuro cercano la isla de Manhattan es aislada por las autoridades y reconvertida en nido de criminales post-apocalíptico. Este mismo Nueva York es el que Todd Philips ha reconstruido claramente en el Gotham ochentero de su reciente Joker (2019).

Entre todos estos y muchos más ejemplos, Calles de fuego (Walter Hill, 1984), de mano del director de Los amos de la noche y co-guionista no acreditado de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), parece haberse convertido en un ejemplar de segunda fila, mientras que no deja de ser encantadoramente original y extraña y sin duda pionera en la estética que arrasaría en los años ’80. La película ya resulta bastante surrealista desde su escena inicial, en la que una banda descontrolada de moteros se lanza al escenario en pleno concierto para secuestrar a la cantante de una banda de rock, Ellen Aim (Diane Lane), y llevársela a su lado chungo de la ciudad. Pronto vuelve al pueblo Tom Cody (Michael Paré), el ex-novio guaperas de Ellen, y evidentemente tarda poco en montar una escuadrilla armada y lanzarse al rescate de su antiguo amor. Calles de fuego entonces se desenvuelve como un western post-apocalíptico en el paisaje industrial de trenes aéreos y calles desoladas en el que, aunque intencionadamente nunca se indica, es fácil reconocer la decadente figura de Nueva York.

Amy Madigan interpreta a McCoy, sin duda el personaje más entrañable y agudo de la película.

Es posiblemente esta decisión de descontextualizar y no determinar con exactitud la localización y el momento de la película lo que la convierte en una historia fantástica de materiales contemporáneos, una auténtica «Fábula de Rock and Roll» (como se define a sí misma en los títulos de crédito). Esta indeterminación le da licencia a Walter Hill a recombinar elementos dispares en una grandiosa síntesis. La estética de las bandas callejeras de los ’50, la energía eléctrica del rock, el frenesí chillón de los motores de la saga de Mad Max, el oscurantismo sórdido del cine negro y la épica del western se dan encuentro en una conjunción nada sencilla de ejecutar y tremendamente entretenida. Uno no puede evitar pensar si el brillo de cartón piedra y sensación de irrealidad de gran parte de los decorados urbanos (la mayor parte de Calles de fuego se rodó en los estudios de Universal) no es hasta cierto punto intencional, pues rodean a la película de un aura onírica y fantástica que la convierten en un extraño cuento de hadas post-industrial.

Aún así cabe traer a colación las no pocas implicaciones problemáticas de Calles de fuego, ya para su era, desde la apología del vigilantismo y la violencia extrajudicial propia del western clásico al que homenajea, como el bastante poco sutil personaje de Ellen Aim como estereotípica damisela en apuros y objeto de trofeo que se van rebotando los hombres de la película. No ayuda el hecho de que los únicos momentos en los que Ellen practica algo parecido a una reivindicación de su dignidad sea al recriminarle a Tom que la haya rescatado a cambio de dinero, y no por fuerza de su amor por ella (en fin). Si bien el personaje de McCoy (Amy Madigan), la camarada pistolera de Tom, resulta sorprendentemente refrescante e iluminado en cada una de sus líneas de diálogo, cabe objetar que la única forma que tienen las mujeres de la película de reclamarse como personajes autónomos es tomando características e indumentaria masculinas (lo cuál se puede ver también en la andrógina stripper que se contonea con violencia en el turbio local de los moteros). Aún así creo que McCoy es un ejemplo poco común de una incursión exitosa de la representación queer  en el cine en su época, por mucho que su sexualidad nunca quede explicitada (aunque las alusiones son tantas que provocan un poco de sonrojo). Por supuesto, nada de esto ayuda en la escena en la que Tom noquea a Ellen para evitar que ella le siga a una situación peligrosa, momento tan cómicamente machista que rompe la barrera de lo absurdo.

Las escenas musicales y la banda sonora son sin duda dos de los puntos fuertes de la película.

No cabe duda de que Calles de fuego resulta, en el fondo, un drama un poco adolescente. No es posible justificar tampoco el desafortunado uso que hace la película del prometedor villano interpretado por un escalofriante Willem Dafoe, cuyos pocas apariciones son tan emblemáticas que su destino bastante ridículo y pobre se hace más decepcionante. Dicho lo cual, no cabe quitar ni un ápice de mérito a Calles de fuego por el relato tan inusual y original que sin duda es. A pesar de sus evidentes defectos, Calles de fuego es capaz de combinar un gran abanico de elementos dispares con un equilibrio y una habilidad en la ejecución brillantes, imprime en la pantalla una estética de neón y de claroscuro industrial que moldearía para siempre lo que entendemos como años ’80 y es capaz de involucrar al espectador en una trama épica de acción con la misma intensidad y potencia electrizante de las escenas musicales con las que abre y cierra la película. En particular, la fuerza  de la escena del concierto con la que comienza Calles de fuego y el aura de divinidad que rodea a Ellen cantando al frente de la banda pueden convencer rápidamente a cualquiera de que se deje de sobre-interpretar la trama y sencillamente se deje llevar por este particular viaje psicodélico-romántico. Que en Calles de fuego, como en un concierto, o estás dentro o estás fuera, y que en el excitante tren de acción y drama de la película se deshacen sus vicios y defectos como ingenuidades perdonables, incluso tiernas y divertidas, como se diluyen los defectos de su antihéroe en comparación con su buen corazón. La ambigüedad de Calles de fuego es la misma ambigüedad del personaje de Tom Cody, y la misma también que la de la condición de mujer-objeto de Ellen, cuando en su explosión de poderío sobre el escenario se transfigura en mujer-objeto-de-adoración imbuido de fuerza y brillo sobrenaturales.

Cabe destacar también algunos puntos interesantes en los que la película subvierte los géneros en los que se apoya. Es reseñable el gesto final de Tom de reconocer su romance con Ellen como inevitablemente tóxico, y su decisión de ceder sus pretensiones románticas y dejar que se quede con su manager (Rick Moranis), figuración particular del estereotípico personaje del capitalista o el propietario que, en el cine de western clásico, viene a representar el avance inminente del ferrocarril y del progreso hacia el Oeste, y la llegada eventual de la justicia institucionalizada y el aburrimiento, ya de paso, a aquellas provincias sin ley. Al alejarse hacia el horizonte nocturno junto a su fiel McCoy, parece que Tom está reconociendo la necesaria decadencia y revisión del romanticismo clásico de cine del Oeste, como si fuera capaz de reconocer la inevitable obsolescencia del arquetipo del rudo justiciero que él representa. Pero la subversión de género que más me interesa personalmente es en la que, poco después de ver a su líder derrotado, los malvados moteros de Defoe deciden no entablar pelea y se retiran en masa. Y no lo hacen porque le tengan un especial miedo a Tom, sino por la amenazadora visión de los vecinos del “barrio bueno”, capitaneados por un genial Bill Paxton, formando un muro humano armado hasta los dientes de ciudadanos corrientes que no van a permitir que una panda de fascistas con chupa de cuero les pisoteen las aceras, dándole una pequeña lección de humildad a nuestro particular antihéroe en forma de muestra espontánea de poder colectivo. Quizás esta sea demasiada moraleja para una fábula con tan pocas pretensiones.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 6 abril, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 6 abril, 2020

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