10 películas para desaprender historia
| Cuando lo ficticio nos sabe más dulce que lo real

La historia puede tener un aspecto muy diferente según quién la cuente y qué prejuicios tengamos como espectadores. Hollywood ha creado más imágenes fantasiosas del pasado que nadie. Debemos cuestionar, analizar y criticar lo que nos transmite.

La facilidad con la que la historia se adapta al cine es un arma de doble filo. Mientras las crónicas de otras épocas proporcionan un patrón casi listo para usar en la pantalla, trasladarlas a un producto de entretenimiento conlleva la creación de un guion y una representación visual atractiva para el público. El cine obedece a reglas ajenas tanto al lenguaje histórico como a criterios de veracidad específicos. Como resultado, vemos a los personajes clave de nuestro pasado a través de un prisma que los dota de caracteres míticos. Las eras y las sociedades se romantifican. Estas visiones del pasado se depositan en el imaginario popular, y caemos en la comodidad de identificar esa imagen artificial con los hechos documentados. Para aprender, hay momentos en los que primero hay que «desaprender»: liberarnos de las imposiciones culturales y los mitos nacionalistas para observar los hechos desde otras perspectivas y con más contexto, aproximándonos a una versión más completa y equilibrada de la realidad. A continuación, diez películas que nos dan perspectivas engañosas de personajes y civilizaciones del pasado.

Braveheart  (Mel Gibson, 1995)

Hay imágenes mitificadas que se vuelven tan icónicas que sustituyen a las verdaderas. Braveheart catapultó al firmamento de la cultura popular al escocés del siglo XIII que lucha vistiendo un kilt y con la cara pintada de azul. Pero quien conozca a Mel Gibson, sabe que la precisión histórica no es su fuerte: William Wallace y sus seguidores usan pintura de guerra 1000 años demasiado tarde y kilts con tartán 500 años antes de que existan.

Además, nos pintan al héroe como un humilde campesino que llega a liderar un movimiento contra Eduardo I de Inglaterra, cuando el personaje de carne y hueso era noble. Tampoco pudo haber tenido un romance (ni mucho menos un embarazo) con Isabel, la Loba de Francia, ya que ella tenía 3 años cuando tuvo lugar la rebelión de Wallace y Robert «The Bruce». Otro detalle sorprendente es la total ausencia del Puente de Stirling en la escena de… la Batalla del Puente de Stirling.

¿Interesado/a en saber más sobre la Guerra de Independencia de Escocia? Mírate una versión más fidedigna en El Rey Proscrito (David Mackenzie, 2018).

El último mohicano  (Michael Mann, 1992)

La última y aclamada adaptación de la novela de James Fenimore Cooper no dedica esfuerzo alguno a subvertir los clichés sobre los nativos americanos abundantes en el cine de Hollywood. El escenario es la Guerra Franco-India, en la que colonos británicos y franceses lucharon por la expansión, cada bando apoyado por tribus nativas. En lugar de usar a los protagonistas para aproximarnos al punto de vista indígena, Michael Mann continúa los agotadores y rancios estereotipos de sus predecesores. Esto es, hacer a los «indios» recaer en una de dos categorías: anacronismos nobles o salvajes reaccionarios. Esta percepción paternalista del «indio bueno» crea una perspectiva falsa (además de racista) según la que las tribus son una mera nota al pie de los pulsos imperialistas entre gigantes europeos, cuando realmente los colonos no habrían llegado lejos sin ayuda indígena en el teatro de operaciones norteamericano.

Rapa Nui  (Kevin Reynolds, 1994)

Cuando se estrenó, era una historia única que pretendía mostrar un equilibrio razonable entre un drama épico y la combinación de dos teorías sobre cómo la cultura Rapa Nui se destruyó a sí misma en un tiempo fulminante. Los críticos se quejaron de la escasa credibilidad de la escena que mostraba el rito del Hombre Pájaro, pero (no sin cierta ironía) es la que ofrece la mayor precisión histórica.

Sin embargo, nuevos descubrimientos refutan totalmente las teorías de guerra civil y deforestación por la construcción de moai. Resulta que los restos arqueológicos de armas no provenían de lanzas y flechas, sino de palas. Los habitantes de la isla eran excepcionalmente pacíficos para su densidad de población. Y si los Rapa Nui hubieran construido estatuas gigantes como locos, las palmeras polinesias habrían sido inútiles porque son frágiles y parten bajo cargas pesadas.

Su desaparición, lejos de ser repentina, fue causada por dos factores: la emigración y las enfermedades traídas por los europeos.

Apocalypto  (Mel Gibson, 2006)

No es casualidad que este señor aparezca dos veces en esta lista. Este filme nos da una peligrosa sensación de autenticidad al estar grabada en idioma maya yucateco. Pero con un poco de cautela y capacidad de análisis es fácil comprobar que lo auténtico termina ahí. Vamos por partes.

La película establece que la historia transcurre en el período clásico de la civilización maya. Lo sabemos por las ciudades de piedra construidas en torno a pirámides, que estuvieron densamente habitadas en esta época. Estaríamos hablando, como muy tarde, del año 900 d.C., que es cuando la población maya se reduce drásticamente y se abandonan dichas ciudades. Siendo así la cosa, vemos sacerdotes llevando a cabo cientos de sacrificios, con incontables cadáveres apilados en torno a las pirámides. Vamos a ver. Los que sacrificaban personas en unas cifras que hacen dar vueltas a la cabeza eran los aztecas, que vivían bastante más arriba geográficamente. O hacemos una película sobre una cultura, o la hacemos sobre otra completamente diferente.

Pero ni esta, ni todas las demás chorradas irresponsables de esta película se pueden comparar al clímax. Cuando Garra de Jaguar llega a la costa, ve… españoles. Españoles llegando a América. En el año 900. ¡600 años antes de que ocurriera! Es que ni siquiera existían los españoles per se en aquella época. ¿Sabéis lo que ocupaba la Península? ¡El Emirato de Córdoba! El Califato, si me apuras mucho y decimos que la peli se pasa unos años del 900. ¡Ni existía España! ¿Acaso aprendieron los españoles del siglo XV a viajar a través del tiempo? Sociedad maya estructurada en clases habitando ciudades de piedra es algo que no se dio al mismo tiempo que la exploración española del continente americano.

Está clarísimo el único motivo por el que funcionó esta cinta, comparable a la criatura de Frankenstein en su composición a partir de pedazos mal cosidos entre sí: estereotipos imperialistas. Porque el ideal del blanco de raíces europeas culturalmente superior a cualquier otro grupo está muy incrustado en nuestra memoria popular. Si le muestras a los blancos en Europa y EEUU un grupo de gente de piel oscura en taparrabos cometiendo barbaridades, todo cuela.

1492: La conquista del paraíso  (Ridley Scott, 1992)

Este vergonzoso panfleto propagandístico de película es atrozmente falso y dedicado exclusivamente a celebrar una versión mítica de la figura de Cristóbal Colón irreconciliable con la realidad histórica. Desde que nos toma el pelo con que él fue el único conocedor de que la Tierra era redonda (hecho demostrado por Eratóstenes en el 255 a.C. y conocido en Europa durante siglos), hasta que lo pinta como un héroe tolerante amigo de los «indios» y atribuye sus barbaridades a ficticios chivos expiatorios, esta cinta insultantemente inexacta no hace más que ir pisando huevos para evitar relacionar a Colón con la responsabilidad de sus barbáricos actos y sus consecuencias. Estamos hablando del hombre cuyas acciones iniciaron el comercio de esclavos transatlántico.

La farsa propuesta por esta película resulta pueril en cuanto a sus esfuerzos para lavar la imagen del mismo que propuso a la Corona española utilizar a los indígenas como esclavos y sirvientes. Ese es el único objetivo del filme. Del puño y letra de Colón y sus compañeros de expedición se nos revelan actos barbáricos que también escandalizaron a la población europea de la época y que redujeron la población de múltiples islas y regiones del continente entre un 50% y un 80%.

Demasiadas veces el orgullo imperialista ha pasado por alto u ocultado fuentes de la época como Bartolomé de las Casas, Fray Montesinos, Fray Diego de Landa y Felipe Guamán Poma de Ayala, que lucharon por un trato más justo de los indígenas y nos transmiten una pluralidad de perspectivas que completan la visión del efecto de la conquista en la población. Seamos justos y busquemos un relato equilibrado de los avances cataclísmicos que transformaron un continente y machacaron a sus habitantes y sus complejas culturas.

300  (Zack Snyder, 2006)

Siendo justos, la intención aquí es ser fiel a una novela gráfica que celebra una leyenda, no a la historia de las Termópilas. Un relato fantástico desde el punto de vista del personaje de Delios, que lo usa como mitología y propaganda para buscar apoyo a Esparta. Se aprecian ciertas veracidades, como la tecnología militar espartana y la mala planificación por parte de Jerjes. No deja de ser divertida y un gran logro en cuanto a dirección.

Por supuesto, el embellecimiento de la sociedad espartana es lo que ha permanecido en la memoria popular, y aquí nos topamos con la inexactitud. El entrenamiento al que eran sometidos los niños era efectivamente muy duro, pero lejos de ser una especie de competición de aptitud y hombría para convertirse en el orgulloso machote definitivo, se trataba de un proceso genéticamente selectivo (nos podemos imaginar lo discriminatorio que es eso), violento, cruel y equivalente a la tortura, durante el que los niños también sufrían abusos sexuales, por mucho que Leónidas intente arrojar esa piedra contra otro tejado en esta versión.

Argo  (Ben Affleck, 2012)

De nuevo, una película cuyos méritos nos hacen disfrutar de una historia a veces olvidada y de un montaje inteligente que le confiere un carácter de autenticidad. Aquí lo menos creíble es el disparatado plan del agente de la CIA Tony Mendez para rescatar a seis americanos de la embajada canadiense en Teherán en 1979 mediante la creación de una productora ficticia para convencer al ejército revolucionario de que dichos extranjeros eran actores grabando una película. Y resulta que eso es totalmente cierto.

El problema creado por las secuencias que se han sacado de la manga es que, a pesar de que crean una adecuada tensión dramática, le dan a los hechos el predecible «giro de Hollywood» y tiñen de espectáculo un filme fascinante, ya sin entrar en las consideraciones éticas de estos cambios. Entre otros detalles, los seis americanos nunca permanecieron juntos en un mismo lugar, sino que estaban separados en dos grupos para minimizar riesgos. La escena de la búsqueda de localizaciones no tiene ni pies ni cabeza, ya que es un riesgo innecesario y en la vida real tenían justificación por parte de la falsa productora para no salir debido a la tensión en las calles. Y lo del aeropuerto es donde, incluso sin conocer los hechos, nos damos cuenta de que nos están metiendo un gol: no hubo persecución de la Guardia Revolucionaria hasta el avión, de hecho ni siquiera se retuvo a los americanos en ningún momento. Los documentos falsos no se cotejaron en profundidad, y la guardia fue bastante pasota con un vuelo que despegaba a las 5:30.

El último samurái  (Edward Zwick, 2003)

Una gran película, El último samurái sirve para aproximarnos a la Era Meiji, poco vista en el cine occidental. Corre el año 1876, en plena modernización de Japón, y Nathan Algren (Tom Cruise) es contratado para aplastar el alzamiento samurái del líder Katsumoto (Ken Watanabe) contra el Emperador Meiji. El espectador asiste al penoso espectáculo de ver al ejército imperial como unos ineptos sin entrenamiento militar que jamás han empuñado un rifle ni se han enfrentado a un samurái. Patrañas. El imperio mostró su efectividad al derrotar al shogunato de Tokugawa unos años antes con ayuda del equivalente histórico de Katsumoto, que estaba de acuerdo con muchas de las reformas impulsadas por el trono.

Pero ser realista chocaría con la romantificación de los samurái. El personaje de Watanabe está basado en Takamori Saigo, pero los motivos de la rebelión ficiticia difieren de la real. Fueron los samurái de Satsuma quienes utilizaron un intento de asesinato contra Saigo como justificación para que este se viera forzado a liderar el alzamiento contra Tokio. El objetivo final sería preservar los privilegios que los samurái estaban perdiendo como clase social, ahora casi obsoleta y sin su pasado prestigio. Estaríamos hablando de no pagar impuestos, recibir estpendios de arroz, el derecho de matar plebeyos si les faltaban al respeto, poder llevar sus espadas en público y ser la única clase con derecho a combatir. La película eleva la romantificación a tal nivel, que Katsumoto y sus hombres no se «ensucian» disparando armas de fuego, mientras que los samurái históricos llevaban 300 años usándolas en los conflictos japoneses.

Al menos podemos decir que El último samurái evita caer en el cliché del «salvador blanco», ya que el capitán Algren es un occidental espectador en una era de grandes cambios que se desarrollan ante él sin que ninguna de sus acciones pueda tener consecuencias en el resultado.

Pearl Harbor  (Michael Bay, 2001)

Si alguna vez has visto un póster de propaganda militar de la 2ª Guerra Mundial, habrás observado el tono simplista, hiperbólico y absoluto de sus eslóganes, acompañados de imágenes que oscilan entre lo tétrico y lo accidentalmente cómico, buscando la deshumanización del bando rival y la reivindicación del propio como avatar de las virtudes más nobles. Pearl Harbor es como uno de esos pósters en movimiento, pero solo en su faceta más cómica, casi al nivel de un episodio de Looney Tunes.

Es fácil ver cine sobre el pasado y asumir que lo que vemos es más o menos cierto porque todo lo que no está en el presente nos parece distante. Pero basta con fijarse un poco y leer sobre el tema para ver la porquería que una estilizada superproducción oculta bajo la alfombra. En este caso: los americanos sabían que un ataque japonés era inminente, pero no dónde, y recibieron órdenes de estar preparados el 27 de Noviembre de 1941 (el ataque a Pearl Harbor ocurrió el 7 de Diciembre); Rafe McCawley (Ben Affleck) no podría haber sido asignado a un escuadrón de la RAF porque en aquel momento EEUU y el Reino Unido no eran aliados, y los primeros ni siquiera estaban en guerra todavía; los hospitales de la base militar estaban segregados por raza; la tecnología de radio avanzada que permite captar al vuelo la señal de un piloto no existía; tampoco los Marlboro Light; ni tampoco los varios cazas y jeeps que no se empezaron a fabricar hasta los 60; tampoco el submarino nuclear ni el USS Missouri (uyyy… ¡este por solo tres años!).

El Rey Arturo  (Antoine Fuqua, 2004)

Parecía que después de la fabulosa Excalibur (John Boorman, 1981) se había secado el pozo de materia de Bretaña en nuestras pantallas, hasta que esta novedosa cinta protagonizada por Clive Owen, Keira Knightley, los rechazados de los casting para X-Men y un cantante de heavy metal conocido en su casa a la hora de comer intentó darnos una visión histórica de la figura semilegendaria de Arturo. Y qué gan película habría sido de haber usado en su favor los intrigantes elementos culturales y militares de la Britannia abandonada por las legiones de César.

Una pieza central de la narrativa y la batalla final es el Muro de Adriano. El objetivo es impedir que los sajones, desembarcados al norte, lo atraviesen hacia la actual Inglaterra. Solo que… los sajones reales arribaron directamente al sur del muro y ya habían conquistado Britannia en el año en el que transcurre la acción, 452 d.C.

Otro factor pivotal es la reticente alianza que une a los romanos con los pictos. En verdad, si un picto viera a un romano en esa era, la mayor relación que habría ofrecido sería la del filo de una espada contra un tierno cuello. Los ejércitos de Roma trataron a los pictos como a cualquier otro pueblo conquistado: aplastando y erradicando su cultura para evitar futuras sublevaciones. Ni siquiera sus tácticas militares son realistas en la película, ya que históricamente los celtas desdeñaban los arcos en favor de espadas, combate a caballo, carros y jabalinas.




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Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 2 noviembre, 2020
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Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 2 noviembre, 2020

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