10 grandes películas dirigidas por mujeres
| Obras únicas de visionado obligado

Repasamos la obra de 10 grandes directoras, maestras en lo suyo que han ofrecido una visión única.

El cine es un arte joven, que lleva con nosotros lo que parece una eternidad, pero que apenas cuenta con algo más de un siglo de antigüedad. Comenzó, como sabemos, con un invento sin pretensiones artísticas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière, pero no fue hasta que entró en escena Georges Méliès que comenzó a ser considerado un medio válido para contar historias, abandonando paulatinamente el estatus de vanguardia tecnológica para ir entrando, poco a poco, en el terreno del arte.

Por supuesto, la evolución del cine a lo largo de los años no ha estado exenta de problemáticas de tipo racial y de género, y esto supone que como público nademos en un sesgo narrativo. La realidad depende del punto de vista, y cualquier forma de arte tiene uno. El hecho de que las mujeres hayan estado infrarrepresentadas como cineastas ha conducido a que, ineludiblemente, el punto de vista imperante en el séptimo arte sea masculino, algo que desemboca en que, a nivel popular, sepamos más de ellos —con sus motivaciones y sus contratiempos— que de ellas, una situación insostenible desde un punto de vista teórico y social.

Por todo ello hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, vamos a hacer un listado de 10 grandes filmes dirigidos por mujeres. Para que tengamos un punto de vista femenino en el que reflejarnos, y disfrutemos de un cine rodado con maestría que, al final del día, no nos separe, sino que nos una.

Cleo de 5 a 7  (Agnès Varda, 1962)

Agnès Varda es una de las figuras clave de la nouvelle vague francesa, y posiblemente una de las más importantes del cine a nivel global. En Cleo de 5 a 7, la cineasta cuenta la historia en tiempo real de una cantante —frívola y aburguesada— en plena crisis vital. Vamos a acompañar al personaje de Cleo —una hipnótica hasta el extremo Corinne Marchand— durante dos horas de su vida, y seremos testigos de cómo las relaciones y las conversaciones que va manteniendo a lo largo de ese tiempo van dando forma a sus ideas, las propias, a la vez que va dejando atrás los prejuicios que ha ido recogiendo durante su vida.

Reflexiona sobre la vida, la muerte, el arte, la frivolidad, el paso del tiempo. Probablemente, una de las obras cumbre dentro del enunciado feminista y una absoluta obra maestra atemporal, que no pierde vigencia por muchos años que le pasen por encima.

No dejes rastro  (Debra Granik, 2018)

Hablábamos hace poco de esta cinta única, en la que Debra Granik, maestra en el arte de la narración pura, deconstruye el zeitgeist moderno y desmonta las convenciones sociales en un filme honesto y necesario. Acompañamos a un padre y una hija que viven al margen del sistema, en un hogar improvisado en un bosque de Portland. Él, veterano de guerra con estrés post-traumático, vive en una eterna pregunta, la que le plantea si su modo de vida es compatible con el que le gustaría para su hija. El punto de vista de Granik impregna una narración impoluta, en la que el personaje interpretado por la joven Thomasin McKenzie personifica la decisión y la fortaleza interior.

Estamos ante una obra ante la que es fácil caer rendido, pues ejerce una fascinación difícil de obviar. Juega a invertir los estereotipos de un modo muy orgánico, y trata la figura del padre —un magnífico Ben Foster— con un respeto y un buen gusto que no es fácil de encontrar en estos días.

Babadook  (Jennifer Kent, 2014)

El cine de terror es ese gran incomprendido. Casi pareciera que si el filme es de género, se le puede tildar automáticamente de intrascendente sin sentirse demasiado culpable. El caso es que esto está cambiando en la actualidad gracias a cineastas como Robert Eggers, Ari Aster, David Robert Mitchell o Jennifer Kent. Esta última ha logrado con Babadook alcanzar una simbiosis casi perfecta entre contenido y continente. Explora la maternidad —entre otras cosas— desde un prisma poco común, ofreciendo una cinta original y potente. A sus innumerables virtudes cinematográficas, hay que sumar la más importante de todas: la mirada de la directora. Desde un prisma desprejuiciado, retrata con dolorosa precisión el descenso a los infiernos de una familia monoparental acosada por lo desconocido, y pone sobre la mesa temas clave como los trastornos de conducta y la educación.

Essie Davis y Noah Wiseman encabezan un filme que, a la postre, queda en el recuerdo como oscuro y pesadillesco. Un thriller psicológico inteligente y bello, que soporta múltiples visionados y no decepciona en ninguno de ellos.

Un monstruo en mi puerta  (July Jung, 2014)

Corea del Sur tiene una industria cinematográfica muy potente que, desde hace ya bastantes años, viene haciendo regalos fílmicos con asombrosa asiduidad. En este caso, la debutante July Jung escribe y dirige la necesaria historia de una mujer en un mundo de hombres. Resulta habitual ver cómo, hoy en día, el concepto de mujer exitosa se ha erigido en torno a unas conductas estereotípicamente atribuidas al sexo masculino (fortaleza, intransigencia, dureza, agresividad), que termina culminando en la representación de la mujer independiente como una feminización del hombre como conjunto, en lugar de enaltecer las características propias e individuales de cada una de ellas como algo único y distintivo —algo que por otro lado deriva de esa infrarrepresentación en los símbolos de la cultura pop que comentábamos antes—.

Aquí, la siempre enorme Doona Bae, se viste el traje de una policía a la que trasladan a un pueblo costero, donde conoce a una adolescente con problemas. La cineasta, a la que podemos agradecer una estética preciosista y delicada, juega sus cartas en una partida que toca muchos cables con sensibilidad, y explora la represión que sufre el colectivo LGTB+ en un mundo que prefiere para ellos el ostracismo. Realmente imprescindible.

La noche más oscura (Zero Dark Thirty)  (Kathryn Bigelow, 2012)

Kathryn Bigelow es, en muchos sentidos, una cineasta clave. Además de haber sido la primera mujer de la historia en alzarse con el Oscar a Mejor Dirección por En tierra hostil (2008)—a la que en su día dedicamos un análisis—, tiene una visión directiva y un talento innato para la acción de la que pocos pueden jactarse. En La noche más oscura (Zero Dark Thirty), vamos a seguir a una agente especial de la CIA —como de costumbre, Jessica Chastain sentando cátedra interpretativa— durante los años de investigación que duró la operación militar que culminó con la muerte de Osama Bin Laden. Lejos de ser autocomplaciente, muestra que esa caza no fue un camino de rosas, y trata con madurez un tema que fácilmente podría haber caído en el patriotismo barato.

No existen muchas cintas que aborden el terrorismo que, abandonando el maniqueísmo, sean capaces de mostrar un punto de vista crítico, encontrando un equilibrio perfecto entre realidad y ficción. Y ese final, que no se puede describir siquiera con palabras. Qué final.

Tanner Hall  (Francesca Gregorini y Tatiana von Furstenberg, 2009)

La pubertad siempre ha sido una etapa de gran valor fílmico —me resisto a no otorgarle una mención especial a Thirteen (Catherine Hardwicke, 2003), otra cinta adolescente que se me quedó fuera del listado—, ofreciéndonos grandes historias que en la mayoría de los casos funcionan como espejo en el que mirarnos como adultos, ya que casi pudiera parecer que nos olvidamos de ese momento vital por el que todos pasamos. Esta joya oculta independiente, dirigida y guionizada por el tándem formado por Francesca Gregorini y Tatiana von Furstenberg, nos sitúa en Nueva Inglaterra, al noreste de Estados Unidos, en un internado llamado Tanner Hall en el que seguiremos a cuatro adolescentes. Las cineastas contraponen las personalidades de todas ellas con sensibilidad y exquisito savoir faire, y exploran el amor juvenil, el sentido de la responsabilidad, los celos, la vida en sí misma.

A pesar de tratarse de una cinta muy pequeña, o quizá gracias a eso, consigue contagiar un entusiasmo y un amor por el buen cine —el que depende de valores internos, no de los efectos especiales— del que es imposible zafarse. Las por aquel entonces cuasidesconocidas Rooney Mara y Brie Larson encabezan el reparto, insuflando vida a un guión sencillo pero memorable, de los que perduran con el paso del tiempo.

The Dead Girl  (Karen Moncrieff, 2006)

El cine, muchas veces, funciona como una exageración de la realidad. Lo que en la vida cotidiana es un pequeño petardo, en pantalla suele ser una explosión nuclear. Cuando nos dicen que determinados eventos están dramatizados, por lo general —y salvo honrosas excepciones— vamos a encontrar hipérboles y narraciones tendenciosas. Karen Moncrieff, en la maravillosa y reflexiva The Dead Girl, hace todo lo contrario. Valiéndose de una estructura de historias cruzadas —aunque no se crucen tanto a nivel físico como emocional—, nos cuenta cómo cinco personas, sin relación entre ellas, confluyen alrededor del asesinato de una joven —interpretada por la malograda Brittany Murphy—.

El filme, desplegando un carisma arrollador, es oscuro y casi íntimo. Sigues a personas, no a personajes; muestra los diferentes puntos de vista —en una narración en forma de capítulos— de esas cinco mujeres, permitiéndose explorar la historia desde un prisma exclusivamente femenino, una decisión creativa enormemente acertada— y de cómo les ha afectado, directa e indirectamente, la muerte del personaje de Murphy. Una cinta que mereció mucho más reconocimiento.

Mi vida sin mí  (Isabel Coixet, 2003)

Basándose en un cuento de Nanci Kincaid, Mi vida sin mí supone una explosión de verdad y belleza. Isabel Coixet, demostrando un genio creador sin parangón, cuenta la historia de una joven de 23 años, que con dos hijas y un marido que hace lo que puede, un padre encarcelado y una madre misántropa —brillante Blondie—, trata de sobrevivir en un mundo gris. Sarah Polley, protagonista casi absoluta del filme, entrega una interpretación sublime, documental, perfecta; recibe una noticia dura, que la va a obligar a replantearse su vida desde los mismos cimientos, alumbrando así una historia dura y esperanzadora, emotiva  e intensa, de esas que te acompañan de por vida en forma de filosofía cotidiana.

Reflexiona como pocas acerca del sentido de la vida y la muerte, de la mujer enfrentada al mundo, de la realidad que se cierra sobre el futuro y los sueños. Supuso el primer gran éxito fuera de nuestras fronteras de la directora, que ya había dirigido gran cine antes —Cosas que nunca te dije (1996)— y siguió haciéndolo después —La vida secreta de las palabras (2005), La librería (2017)—. Una creadora total de gran talento.

Revenge  (Coralie Fargeat, 2017)

Como comentábamos en el análisis de La villana (Jung Byung-gil, 2017), la venganza es un concepto que dio para mucho en el mundo del cine. Puede mostrar la bajeza humana, y también la representación última de la justicia, dependiendo siempre del punto de vista —como vamos viendo a lo largo de este artículo, lo es todo—. Revenge, una obra que desde el mismo título es sincera, narra los acontecimientos sucedidos cuando tres hombres casados y ricos se juntan en una casa de lujo en medio del desierto para su anual partida de caza. Uno de ellos llega acompañado de su joven y atractiva amante, y después de que sus compañeros se encaprichen de ella —de un modo enfermizo y violento—, el infierno se desata sobre la mujer. Matilda Anna Ingrid Lutz, dando vida a la protagonista y convirtiéndose en una heroína purasangre, se enfrenta a una situación crítica en la que solo queda plantar cara a los depredadores, dando comienzo a una caza inversa de implacable nervio y acción provocativa.

La francesa Coralie Fargeat, que dirige y escribe —partiendo de obras como I Spit on Your Grave (Meir Zarchi, 1978)—, se erige como una artista audiovisual que narra pero no alecciona —una virtud poco común, que consigue implicar al espectador sin ser condescendiente—, y ofrece un filme que es a la vez manifiesto feminista y entretenimiento de altura.

Una chica vuelve a casa sola de noche  (Ana Lily Amirpour, 2014)

El mito del vampiro ha permanecido prácticamente inalterado durante siglos, casi siempre personificado en una figura peligrosa, misteriosa, y de extraño magnetismo. En esta revisión, Ana Lily Amirpour ha querido actualizar esa mitología y colocarla en un entorno inédito. Rodada íntegramente en farsi y en blanco y negro, Una chica vuelve a casa sola de noche explora la pasión, la voluntad, lo prohibido y lo oculto. Aporta una perspectiva vital y social en la que se vale de anacronismos y potentes imágenes para subvertir los roles de género y los estereotipos culturales.

Una enorme Sheila Vand se mueve a su antojo, espectral y carismática, en un filme que quiere invocar a David Lynch, a las fantasías góticas e incluso al western moderno. Formalmente atrevida, jugando casi en la misma liga que Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013) en lo que a estilo y capacidad evocadora se refiere, es una parada obligatoria a nada que sientas interés por su propuesta. 

Y hasta aquí llegamos con este listado de diez grandes obras cinematográficas dirigidas por mujeres. A pesar de experimentar un incremento en los últimos años, no podemos hablar ni por asomo de una victoria social; necesitamos más cine —y arte en general— desde el punto de vista femenino, pues los referentes son tan importantes como los sueños. Al final, las películas perduran en el tiempo, en el recuerdo y en el imaginario colectivo, y sirven de inspiración a millones de personas que ven modificado su modo de ver las cosas gracias a ellas. El arte necesita ser heterogéneo, pues es el único modo en que podemos considerarlo un elemento vital y un agente de cambio dentro de la perspectiva global.

Feliz Día Internacional de la Mujer.



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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 8 marzo, 2020
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 8 marzo, 2020

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