Reflexiones

El hombre no entiende de sensaciones, eso a estas alturas de la película ya lo sabe hasta el último mohicano.  Por algún motivo, el ser humano tradicional decidió versarse en lo grotesco y lo evidente, decidiendo correr un estúpido velo sobre los placeres de lo sutil. Y lamentándolo mucho, he de exponer aquí, ante el desafortunado lector que siempre tiene la mala suerte de encontrarse conmigo cuando decido darle de comer a la bestia, que tanta obviedad y tan poca intuición no son sino la prueba irrefutable de que somos del género gilipollas.

Me explico. Por partes. Tanta obviedad, o lo que es lo mismo: estulticia y desmesura. Estaba yo hace no mucho leyendo al bueno de Adrián Massanet —al que aprovecho para enviarte directo, respetado lector, siempre y cuando no seas de fácil ofensa—, cuando pensé que sus palabras amargadas y, hasta cierto punto, resignadas, no son más que una lucha constante contra la obviedad de todo cuanto nos rodea. Él suele hablar en términos de ‘nacemos más tontos y nacemos acelga’, o ‘el ser humano está muy sobrevalorado’, ambas frases terriblemente válidas e inexplicablemente satisfactorias a la hora de volverlas sonido, pero desencantadas y febriles, hecho que subyace a lo terrible de la desmesura cuando el ser humano intenta desentrañar lo pueril. No existe la multidimensionalidad, y el resignado y atormentado Massanet se desvive en sus intentos por arrojar luz sobre lo inevitable, y trastabilla cuando la fiesta de los hombres le deja un regalito en forma de violación anal. Quiero decir, por si no está quedando claro, que el hecho de practicar el deporte olímpico del ombliguismo más recalcitrante está reñido con tener dos dedos de frente, y viceversa. El bueno de Adrián lo sabe puede que incluso mejor que el que escribe estas líneas, y por eso sigue en esa lucha por tener voz en un mundo enmudecido por lo evidente y los borrachos de caña, playa y blockbuster.

Por otro lado, que me lío. La poca intuición. Todos nos jactamos de saber que lo bonito está en el interior, y todas esas chorradas que sacadas de contexto no tienen puñetero sentido, pero muy pocos los que deciden pasarse por el envoltorio escrotal esa afirmación de primer curso de ‘soy profundo’ y buscar algo, así, en genérico. Ay Massanet, si me estás leyendo, que sepas que simpatizo con tu mala hostia y tu patente falta de escrúpulos con la pusilanimidad. Debiéramos tener un poquito, sólo un poquito, un pellizco más de entropía, es decir, de sana incertidumbre ante lo que nos va a ocurrir para poder sentarnos a jugar con lo posible y lo audaz y no quedarnos con nuestros culos pegados a la orilla. El ser humano, que tiene de ser lo que las piedras de humanas, está llenito de contradicciones, y en la medida en que se cree más importante más pequeñito se vuelve en la enorme bola de mierda de lo absurdo que hemos sabido crear como ninguna otra raza sobre la superficie terrestre. Que no se diga que no podemos crear algo bello, o dar una potente opinión sobre cualquier tema, que luego aún tendré más que decir.

Y vuelvo al tema, que es ahora, en el cuarto párrafo, cuando soy consciente de que todo esto no era más que un MacGuffin para hablar sobre lo estúpido que resulta tener fe en un mundo en el que vivimos rodeados de nosotros mismos. Jamás nos dejaremos en paz, aunque hallemos la cura a la infelicidad —si es que ese concepto no es en sí mismo ya terriblemente inexacto—, o nos sepamos ganadores de quésabréyo qué batalla. Yo demasiadas veces estoy de acuerdo con las palabras más terribles, las más descorazonadoras, las que nacen de manos sin vida y de vidas sin escrúpulos. Me uno sin pensarlo más de siete veces a cualquier humano que se posicione fervientemente en el bando contrario a la oquedad y que sepa colocar las palabras en un orden comprensible, aunque utilice para ello cuchillos mellados y morales ambiguas. Y estoy contento de poder decir que después de todo, aunque las personas se quieran conformar con lo obvio y la desmesura, siempre nos quedará la cultura maldita.

Y por cierto, Adrián, un saludo.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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