Reflexiones

A lo que iba, que siempre quise tener un motivo, al estilo de Harry el Sucio.

Me explico. Es muy fácil arrastrarse por el ramal de la existencia empujado por la inercia, por la rutina, por una senda cuyas directrices no son ni la libre elección ni la autodeterminación. Como seres humanos, adolecemos de cierto desánimo a la hora de establecer una meta ya no diaria, sino presente, verbigracia, somos absolutamente incapaces de vivir sin mirar el reloj, como si el tiempo marcase los designios del destino y no fuera un simple y atroz invento diseñado para subyugarnos a las prisas y la falsa estimulación.

Siempre quise ser un perdonavidas, o lo que es lo mismo, sentirme superior cuando en mi día a día me cruzo con innumerables idiotas incapaces de caminar en línea recta —atención, metáfora— y darme el gusto de no acabar asqueado simplemente por nobleza de espíritu y voluntariedad. Pero lamentablemente, el inconsciente no me lo pone nada fácil, y a menudo se sucumbe ante las bondades del hábito.

Soltar una frase lapidaria y placenteramente radical por cada opinión mal argumentada que escuche, como para sacar del error a quien quiera que se haya atrevido a, incauto, contradecirme. O lo que es lo mismo, encontrar a diario gente que me contradiga con pasión y arrebato, que me saquen de mis dolorosos engaños y me sepan colocar al filo de la navaja. A un lado la razón y al otro el delirio.

Pero qué coño, todos queremos eso. Rodearnos de antípodas y cansarnos de discutir por deporte —hoy por hoy, el único deporte sano—.

Por algún motivo, todos siempre quisimos tener libertad, de esa literaria y bohemia. Borrachos de tragedia y pesadumbre creemos, en el colmo de la inocencia, que si nos lo montáramos en plan Alexander Supertramp tendríamos una vida llena de temerosas aventuras y románticos atardeceres, cuando somos incapaces de elegir comer cuando tenemos hambre o hablar cuando simplemente nos apetece. Y llamamos sociedad al animal que vive con nosotros, y lo decimos con cariño, como si fuera algo de lo que estar orgulloso. Como si pastar al lado de más escoria como nosotros significase que estamos por delante en la escala evolutiva, como si ese apoyo que creemos, ingenuos, que profesamos y nos profesan fuera algo más tangible que un espejismo.

Realmente tiene gracia, que busquemos la felicidad en el camino y no en el andar. Como decía antes, no estoy yo nada convencido de que el porvenir sea la solución a la desidia, es más, creo que es el culpable, y como decía el bueno de Einstein, yo no pienso nunca en el futuro porque llega demasiado pronto. Pensemos pues en cómo hablamos, en cómo reímos, en cómo nos cansamos. Pero por favor, dejemos que se vaya fugazmente a tomar por el culo la necesidad imperiosa de tratar de conocer todo cuanto nos va a ocurrir en aras de alcanzar la bendita subjetividad que nos vaya a iluminar los presentes que dejamos escapar.

Y volviendo al tema, que siempre quise tener un motivo. Uno de esos que me empujara a tener una vida mejor, aunque para ello tuviera que insultar con malas palabras y peores artes a todos y cada uno de los mañanas posibles.

Y aunque llegado a este punto estoy muy tentado de definir el vocablo motivo, estoy seguro de que sería una estupidez tan grande como creer que conseguiría algo con ello. Y no me entiendas mal, querido lector, ojalá tú también quieras tener un motivo, porque eso querrá decir que estás hasta los cojones de no tener más que razones.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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