Reflexiones

Ocurre que la vida sigue, y sin quererlo acabamos perteneciendo a esa espiral que nos gusta llamar recuerdo. Y es ese un concepto curioso, ya que cada puto significado parece querer gozar inequívocamente de su antagónico. En este caso el olvido.

Pero te diré, que no es el reto de esta misiva hablar de memorias y diarios sellados con lacre, sino del tiempo, ese que camina a nuestro lado, fiel invento subyugado, aunque varíen las atmósferas y caigan los cielos sobre nuestras cabezas abotargadas.

El tiempo. Ese que pasa inequívoco y certero. Cuando sales de tu silencio para volver a la tranquilidad de lo inevitable. Que nos redime cuando menos pedimos rescate. Solos y silentes, irredentos, indómitos —así estamos—, nos gira la mirada y deleita con su diarrea verbal continua e impasible. Y aquí, tumbados en el terciopelo de nuestra prisión atemporal, seguimos queriendo más y más. Tiempo.

Sucede que seguimos vivos, aunque aterrados y turbados. Viendo pasar los momentos desde ópticas ciertamente agoreras, tristes y ahogados en melancolías de cantina. En melodías de bares cerrados, de ciudades apagadas. Contemplando la fría luz de las idas y las venidas, con el frágil sonido del viento palpitando dentro de nuestros caminos.

Nos reunimos, sí. Allí estábamos, riendo y gritando, poniendo en evidencia a todo cuanto nos quería rodear —sin conseguirlo—. Todos nosotros. Vaciando las cervezas y las mentes también. Y huyendo, por supuesto, siempre huyendo. Indiferentes a lo que pudiera ocurrir fuera, como desafiantes y al mismo tiempo escondidos bajo mantos de nocturnidad y melancolía. Orgullosos de haber dejado atrás mil y un enigmas, y también nuestras ilusiones. Atrás la juventud, y el abrigo y los caminos que se bifurcan. Sólo un objetivo: cambiar de escenario sin saludar al público, lanzar insultos a los catedráticos de la corrección, reírnos de todo. Incluso de nosotros mismos.

Indiferentes, aunque rebelados. Despidiéndonos dos veces por año, resignados a desconocer si este brindis habrá sido el último o el primero. Obviando el sonido que genera el adiós, desconocedores de la diferencia entre un nos vemos y un hasta pronto. Irremediablemente tranquilos, salvando con nuestros presentes todo vestigio de certidumbre.

El tiempo, ¿verdad?. Ese que huye a zancadas de león. Dejándonos estancados, acojonados, dueños de mil ideas y ningún hecho.

Y dejamos que las miradas divaguen, como queriendo dejar algo tangible en los recuerdos que no harán más que perseguirnos. Dejando que los caminos que nos dejaron bajo el mismo techo sean ahora los que nos alejen de lo conocido y lo desconocido también. Rellenando instantes vacíos, y recitando monólogos sin público. Odiando, recordando, queriendo.

En algún momento puede que hayamos sido conscientes, nunca a la vez, jamás por separado. Sabedores de que hay un reloj en cada puta esquina, sonriente y descarado, cantando las horas desafiante, como retándonos a perseguirnos, a mirarnos y decirnos ‘hasta aquí hemos llegado, compañeros’.

Nos habremos ido, nos habremos cansado de desaparecer. Seremos sombras y esquivos caminantes desnortados. El tiempo, sí, nos lo habrá arrebatado todo, y habrá dejado sólo nostalgia y melancolía. Fría tierra donde antes había asfalto.

Casi sin proponérnoslo habremos sido grandes, selváticos y salvajes. Presas de la inmensidad, miembros de esta generación perdida. Habremos tenido un mundo entero para retar así al olvido, y también el propósito de construir al menos dos mundos nuevos cada año.

El tiempo. El tiempo puede irse a tomar por culo.

Que yo sé que siempre nos quedará mañana.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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