Relatos

La miraste a los ojos, y te propusiste nunca perderla.

Sonaba aquella canción que os había dicho tantas cosas, entre tus labios y los suyos no había sitio ni para el aire. Entre tú y ella solo cabía decir cosas que no encuentran sitio entre las letras.

Era demasiado para poder mirarlo en un mismo plano.

Tantas cosas querías decir que no decías ninguna. Tanto querías sonreír que no hacías más que llorar.

Era un regalo que querías abrir cada día un poco. Un poema que nunca se acababa. Un amanecer eterno.

Un océano infinito.

Le guiñaste un ojo al sol. Su calor era nimio al lado de ella. Le sonreíste a la luna. Mas a su lado era amarga.

Viviste tantas cosas junto a ella, que ninguna antología podría recogerlas. Tantos versos, tantos párrafos llevaban su nombre que temías que fuera imposible que los leyera.

Tanto la querías, que no te atrevías a decírselo. No conocías la manera.

Buscaste entre tu ropa un anillo de viento, y se lo pusiste en su anular. Le dijiste tantas cosas que no se aproximaban a la realidad, que sentiste no estarle haciendo honor.

La cogiste de la mano, y con ella, fuiste al fin del mundo.

Te dormías en sus rincones. Bajabas un pulso tembloroso desde su pelo hasta sus pies, deteniéndote en cada momento de su piel. En su cuello, sus pechos, su cintura… En cada centímetro de sus blancas y perfectas curvas. Y no creías ser capaz de soportarlo más.

No creías que este sueño fuera para ti. No había hielo, no había nada.

Solo ella, contigo. Solo tú, con ella.

Por eso, en aquella noche en la que nada más que su mirada tenía sentido, aquella noche en que te habías dicho tantas cosas…

La miraste a los ojos, y decidiste nunca perderla.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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