Relatos

Genial, se acabaron las razones para respirar… Estoy congelado, no puedo gritar, no puedo sentir.

Llega una sonrisa a la altura de mi tristeza, y el dolor no es más que una estrella fugaz ante ella.

Estoy solo, no tengo más estertores que regalar, ni más distancia que alimentar. No tengo cartas, ni movimiento. Tampoco vida, tampoco muerte.

Salgo a la calle, tan oscura. Hay aceras oxidadas, gente vacía, momentos pasados. Hogueras mentales, cálculos aritméticos, un olor gélido, sangre por las paredes.

No encuentro mi sombra, tampoco nadie que me hable. No hay pájaros en los árboles, no hay árboles. Camino a través de una cascada de deshechos sin color para mis daltónicos ojos. Observo como mis pies toman un rumbo que nadie les dijo que tomaran, hacia un lugar que nadie conoce. Veo como mis manos acarician el contorno del humo, goteando sangre de entre toda mi pasión muerta.

Llego a un bosque húmedo, la lluvia dejo vestigios de horizontes. Voy hundiendo mis pies ahora descalzos en el barro, voy dejando que la vida, la muerte, escape de este camino de clavos.

Vaya… No tengo monedas en los bolsillos… No tengo caricias que regalar. A quien le importa, quizás no haya razones para no otorgar tinieblas.

El color negro ahuyenta miradas sin ojos, mis pupilas se dilatan, encuentro un sable de viento flotando entre la humedad de la atmósfera.

Me pregunto por un momento si un sable que no es sable podría quitar la vida que no es vida.

Me pregunto por un momento si un viento que no es viento podría quitar la muerte que no es muerte.

Me lo pregunto otra vez.

Recuerdo que ya no hay respuestas. Tampoco hay cerebro, no hay mente. No hay alma, ni emociones.

Deseo recordar quien era, pero algo me lo impide. Cojo el sable y lo hundo en mi pecho a la vez que se desvanece entre mis dedos. Me amputo otro trozo de corazón para dárselo de comer a las hienas de la noche. A la madera de los árboles. A la vida. A la muerte.

Acabo por olvidar quien soy. No se donde estoy, me pregunto mientras me muevo con extrema lentitud que representa ese trozo de corazón que hay en el suelo, debajo del barro.

Me pregunto porque lo puedo ver.

Decido, sin saber que es decidir, morir. Veo como no ocurre nada, y respiro algo que huele dulce. Despego los pies del suelo, como siempre hice, y me preparo para no volverlo a hacer.

Creo que ya no hace falta que lo intente… Creo que ya no se… nada…

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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