Relatos

La nieve azota el ventanal acompañada de su inseparable amigo el viento, las bisagras se quejan en alaridos de óxido, mientras las nubes observan el vacío ambiguo de mi oscura mirada perdida en la inmensidad de la nada.

Nada, siempre observando la nada…

Acordes mágicos resuenan en laúdes de 13 cuerdas, y unas manos cansadas por el maltrato de una vida sarcástica se lamentan de no haber podido acariciar el pelo de la venganza.

Pasan las horas, el cristal se empaña jugando con mi cálido estertor de muerte. El corazón sigue en su repique intenso de medianoche, mientras esa droga que me deja caótico ante las palabras consume hasta el último sorbo de mis doloridas lágrimas.

Escucho raciones de eco en lugares llenos de mecheros, y entre esas llamaradas me excuso de no haber aprendido a despegar sin que me empujen.

Torrentes de águilas ocultas tras mi índice, el cielo se muestra omnipotente ante mi humilde maleficio, tras la silueta de mis temores solo me queda el placer del más oscuro de mis gritos.

Me temo que esa manera de parpadear me esta dejando en silla de ruedas, levantando una vez tras otra ese saco roto lleno de ilusiones.

No me pregunto el porqué de mis alucinaciones, sino que me respondo sin preguntarlo.

Esa manera inconsciente de dibujar en láminas de suspiro, de acariciar pechos de tiniebla.

Las agujas del reloj siguen derrapando ante mi ya acostumbrada mirada, y la única desventaja es no poder meter mi sombra entre las sábanas para hacer que vayan más despacio a través de mis queridos viajes al sopor de la luna.

Este viento empieza a oler a desengaño. Camino por un arco iris monocromo respondiéndole al cielo que estoy lo suficientemente cansado como para descansar un poco.

Un poco. Para siempre.

Me despierto en un charco de hemoglobina con las pupilas dilatadas, el viento huele demasiado a limón.

Voy en cuclillas a la zona VIP de mi olimpo y me acerco al pasillo de los sueños, con la sonrisa impresa en el rostro y una cuchilla atada a mis dedos.

Me precipito al vacío entre lamentos y cocaína. Nadie lo entiende, pero no puedo dejar de reírme.

Finalmente mis manos se cierran en señal de victoria, y las miradas se posan sobre mis uñas pintadas de disconformidad.

Cerré entonces los labios, y la llama de mis ojos se extinguió lentamente mientras recordaba canciones alumbradas por enormes pianos de cola.

Si, soy yo. Un paisaje de invierno. Una línea de un horizonte. Un reloj sin cuerda. El péndulo que marca el miedo.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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