Arte Fotografía Reflexiones

Con múltiple espejo captaba yo aún su mirada cuando su boca estaba cerrada, para que me hablaran sus ojos. Y sus ojos me hablaban, en efecto.

Friedrich Nietzsche

Hay ojos de todo tipo. Son, en realidad, como las huellas dactilares. Cada persona lleva sus dos ventanas particulares al descubierto sin darle la importancia que realmente tienen, o sí, eso depende.

Cada vez que me cruzo con alguien, lo primero que hago es mirarle los ojos, ver si coinciden con lo que dice con la boca, con lo que pretende transmitir. Luego ya veremos todo lo demás, que en la mayor parte de los casos es irrelevante.

Hay mil millones de dichos alrededor de la mirada, a saber, que si los azules son fríos, que si los verdes traicioneros, que si los castaños certeros. Todo falacias, claro, que están únicamente fundamentadas en las propiedades físicas del color en cuestión. No obstante, el color es solo uno de los muchos atributos que pueden atesorar un par de ojos, aunque eso sí, el más vistoso. La forma, la profundidad, el brillo, las pupilas, las pestañas, los párpados, todos ellos dibujando un esquema irrepetible del rasgo más definitorio de un carácter, de una persona al fin y al cabo.

Por todo eso, y por todo lo que no vemos en una mirada por cuestiones de agudeza visual, hoy traigo conmigo la obra de un fotógrafo armenio llamado Suren Manvelyan. En una de sus galerías, llamada ‘your beatiful eyes‘, hay una increíble selección de fotografías de ojos, que nos muestra el mar de formas e ilustraciones involuntarias que dibujan los ojos y que se mantiene fuera de nuestro alcance.

Desiertos áridos e infranqueables, superficies vastas y tétricas, océanos de luz y vida, agujeros negros de profundidad infinita, formas imposibles con relieves imperecederos. Cada mirada de la galería de este fotógrafo, elevada a su máximo exponente —y por tanto prácticamente reducida al absurdo— muestra con lupa los que podrían ser los ojos de esas personas que nos cruzamos por la calle, cuyos iris son lo último en lo que se detiene la atención, dando casi siempre prioridad a hechos controlados y no definitorios como la indumentaria o el porte, en la mayor parte de los casos fingido —aquí todo hijo de vecino mete un poco la tripa, saca un poco el pecho o eleva un poco los hombros, que nos conocemos—. Pero aún no conozco a aquel capaz de fingir las ilustraciones de la mirada, el último vestigio que nos queda de honestidad.

Es sorprendente la cantidad de cosas que existen en el día a día que, monotonía mediante, se obvian completamente. Desgraciadamente —o por fortuna, no quiero ni imaginar lo que pasaría si pudiéramos ver esto en tiempo real— no tenemos miles de aumentos en la vista, pero lo que sí tenemos es una capacidad innata para inventar cosas que solo intuimos. Y ahí está la gracia.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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