Relatos

Diste un paso en dirección norte, mas conocido en nuestro vocabulario como el vacío. Y ya nada fue como antes.

Quizás sea eufemístico hacer referencia a la nada con la palabra vacío, pero tiene duende mostrar el lado mas literario de cada expresión. Con o sin exaltar.

Las musas han partido junto con todo lo que mi plano de realidad, adulterado por algún tipo de tristeza endógena, ha llegado alguna vez a ser. Las miradas, brillantes y satisfactorias, dejan ahora un vacío dentro de mi músculo anestesiado.

Lágrimas sin derramar, agua y sal carente de fisiología. La biología desata su desafío sobre todo lo que yo, infeliz humano malcriado, dejé entrever alguna vez a ojos del paraíso de la pausada cadencia de la divinidad.

El vacío absorbe cada imagen de retina que me afano en preservar en mi lóbulo temporal.

Observo sin embargo, impertérrito como no podría ser de otra manera, como los fantasmas pasan por delante de mis pupilas sin apenas hacer ruido. Pero la sensación de la nada nace por vez única. De mí.

De estos apéndices que nacen de los tobillos, de estas prolongaciones asimétricas llenas de huesos paradójicamente flexibles que se acomodan al final de estos brazos.

De este corazón. Demasiado humano y exasperante.

Se me ocurren, portadoras de la bandera blanca, un par de ideas, o podríamos decir solo una, pero omnipotente, que caminando hacia el norte, me tiende su mano y tira hacia si con un tesón envidiable.

Parece ser que la dirección superior de una brújula está situada en la antitesis del sur. Y hacia ahí nos dirigimos. Ignorando cada barrido de la adversidad. Subordinando los estigmas de una vida pasada a la voluntad de un futuro sin escribir, pero cuyo autor firma este documento con lacre y sangre.

Con amor y dedicación. Con sal en las heridas.

Contigo.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

Deja un comentario