Reflexiones

Me pregunto qué coño haré yo mañana, cuando no quede mundo en el que cagarme, ni personas en su superficie que me llenen de vísceras el gaznate, ni manos al final de mis brazos que permitan que escriba esta bazofia en este espacio virtual perdido de la mano de algún arcángel aburrido.

Hoy, señores, se acaba el mundo. ‘Ya, David, ya lo sé, creo que llegas un poco tarde a tocarme las arandelas con todo el puto rollo de los mayas y blablabla’. Sí, es cierto, pero es que estaba esperando el día como agua de mayo para montármelo en plan trágico, ya sabes, en plan poeta maldito.

Porque seamos francos, no tendremos la puta suerte de que hoy se acabe el mundo. Seguiremos aquí, creyéndonos superiores por rodearnos de falacias y credulidad, escupiendo de lado mientras nos volvemos cada día que sigue un poco más necios. Seguiremos inventando excusas para sabernos con la razón, evitando todo aquello que nos haga dudar de nuestro ancestral y bien demostrado magnífico criterio.

Ojalá el mundo se fuera de una reverenda vez a tomar el viento de la farola, con todos sus prejuicios y su falsa modestia dentro. Destruyendo con cada rayo malparido por este sol destructor cada signo de identidad de esta humanidad malherida, relegando al sucio olvido las fechorías que caracterizan a los hombres, aquellos que han creado el concepto de mundo a su alrededor, como titanes señores del esperpento, como los reales magnates de la basura.

Si hoy se terminara todo, mañana no quedaría nada. Los humanos nos dejaríamos de reír tanto y tan mal, convencidos esta vez de que nuestra enfermedad es tanta majadería y prepotencia. Resueltos de una vez por todas a buscar entre las cenizas los restos ya inorgánicos de la sabiduría que nunca fuimos capaces de poseer.

No seré yo quien se alegre si mañana seguimos aquí, reafirmados en nuestra hegemonía, sentados en un trono de mentiras autoinculcadas.

Si este fuera mi último texto, me iría sin saber si mañana hubiera podido seguir buscando trocitos de conciencia en las alcantarillas. Bajando a los callejones de los renegados a perseguir con pulso tembloroso palabras inteligentes y veraces que me hagan bajar la guardia y creerme falsamente protegido.

Desgraciadamente, querido lector, el mundo de momento no está dando señales de acabarse, ni una sola. Aún no ha habido lluvias de fuego ni tormentas de agujas, ni mucho menos muestras de cambios humanos ni destrucción en masa de las necedades. Me temo que tendremos que seguir aguantándonos las caras hasta que a otros imbéciles se les de por interpretar como les salga de los cojones las letras de la civilización mística número catorce, y la granja de los crédulos lo difundan entre ellos, dándose codazos en sus costados unos, fundando sectas con maravillosas buenas intenciones otros, o quitándose la vida a toda leche antes de que disponga de ella el dios todopoderoso que en ese momento esté creando tendencia.

Cada vez que el mundo llega a su fin, opiniones estúpidas nacen en las junglas de asfalto. Ideas parcas en sabiduría y dolorosamente antediluvianas, siempre pagadas de sí mismas y sabedoras de que verán la siguiente luz del día. De verdad te lo digo, que si consiguiéramos que el planeta fingiera, qué se yo, durante una horita o una horita y pico, por decir una cifra, que sus intenciones son implosionar y llevarse todo rastro de vida por delante haciendo estallar mil volcanes y apagando poco a poco el sol, para al final poner un letrero que rezara ‘era broma, joder’, habríamos mejorado. Y mucho. Un buen susto aún podría reconducirnos, un digno fin del mundo crearía un efecto brutal.

Pero como decía, no tendremos tanta suerte. Mañana amanecerá como si nada, ajeno el sol de que lo dimos por muerto, desconocedor el cielo de que lo creímos envuelto en llamas. Y seguiremos buscando fines del mundo, y encontrando ignorancia moderna y caminos torcidos. Y seguiremos creyendo en falsas deidades, y declarando al ser humano portador de la verdad en su único estado posible: el nuestro.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

Deja un comentario