Reflexiones

Ciertamente, cualquier manifestación artística que tome como punto de partida la melancolía o la tristeza va a merecer, como mínimo, mi atención. Tenemos grandes referentes a lo largo de la historia, como aquel profundo desarraigo emocional que sentía la Catherine o el Heathcliff de ‘Cumbres borrascosas’, aquella desesperación teñida de escapismo que impregnaba ‘El grito’, del pintor Edvard Munch, el extremo decadentismo de Paul Verlaine, poeta de tradición francesa, o las imágenes de ‘Mi vida sin mi’, de Isabel Coixet.

Está muy extendida, no obstante, cierta creencia que tiende a infravalorar este maravilloso modo de hacer arte, esgrimiendo el argumento de que es más difícil hacer reír que llorar, y nada más alejado de la realidad:

La melancolía nace de lo más profundo de la persona, de sus sentimientos más primarios, no así el melodrama barato o la lágrima de rápido consumo y más fugaz olvido. Se necesita de una profundidad de varios niveles de densidad, no al alcance de muchos, y que tal vez exijan al espectador de la expresión artística elegida un mayor grado de compromiso. Todas las personas poseemos alguna pasión privada que nos deleita en los momentos de mayor ostracismo, y en muchas ocasiones esa pasión privada es la tristeza.

No resulta en ningún caso fácil intentar hablar de algo tan intangible como lo es a priori la concepción del arte y sus efectos sobre las personas —aunque, de cualquier manera, no existe arte sin su espectador—, pero si tratar de arrojar un poco de luz sobre la fascinación que ejerce sobre nosotros este sentimiento.

Puede que esté hablando de la emoción por antonomasia —el amor no es una emoción—, y sea la tristeza aquello sobre lo que más artistas a lo largo de la historia han dedicado más parcelas de su talento, pero no por ello creo que la actual corriente globalizada de menospreciar todo lo relacionado con ella tenga sentido, todo lo contrario. La risa se puede producir de muchas maneras, a saber, a lo Woody Allen, estilo escatológico, superficial, paródica, dramática, negra, absurda, etc, no siendo así el sentimiento de la melancolía —y ahora si hablo de sentimiento y no de emoción—, motivado por la empatía o el desarraigo personal.

Claro que no hay que confundir tristeza con depresión, melancolía con falta de vida. La vida nace directamente de los momentos intensos, y si bien la risa sincera es de una intensidad apabullante, no tiene nada que envidiarle al momento exacto en el que el mundo deja de girar porque la belleza de la cotidianidad se adueña de la persona.

Y como muestra de todo ello, se me ocurre un ejemplo: No existe acto más melancólico que el del amor.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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