Relatos

Parece que suena un contrabajo, una armonía intensa que envuelve la realidad en suave tela. El paisaje era desierto, con arena afilada. No había apenas viento. Tal vez se habían acabado los mares, y con ellos los reflejos.

Caminaba cabizbajo, con un par de imágenes recurrentes en la mente. El suelo se balanceaba, bailando, mientras llegaba de entre las sombras un extraño olor a láudano.

La visión periférica había partido. Quizás porque no había nada que observar, al margen, claro, del objetivo. Siempre colocado un pequeño paso por delante. Distante, al alcance de la mano. Pensaba en soledades.

Los ojos divagaban por entre los residuos. Y estaba ciego.

Los sentidos estaban vulnerados, y el momento propicio para hacerlo se acercaba. Antes de lo previsto por lo que parecía.

Pensando llegó la respuesta. Durante lo que dura un suspiro saltó la chispa, y la vida misma fue breve. La voz expresó su desacuerdo rompiéndose en esquirlas.

De nuevo el contrabajo, reclamando su protagonismo, esta vez ancestral. Fue claro, y, como no podía haber sido de otra forma, cristalino. Como el mar.

Había un extraño sentido implícito. Algo bueno, etéreo. Sin filtrar, anulando la conciencia adversa.

Y al fin, sin ni siquiera decirlo en voz alta, todo se retrajo hacia el infinito interior, dando paso al temor insaciable que bebía directamente de la incerteza.

Pero era el miedo lo que daba sentido al desierto lleno de huellas. Y saberlo fue el percutor del arma que lo atravesó. Vio el fin mientras decía su nombre. Y fue obviado.

Apenas pasaron unos segundos, las manecillas dejaron de ser hábiles. No hubo cataclismos ni implosiones. Tampoco nada que temer.

Un paso más, hacia delante. Y una mirada que significaba todo.

Media vuelta. Todo parecía normal. Las pisadas se comenzaron a escuchar, y entonces, me sonreí.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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