Reflexiones

¿Qué es una traición?, pues según la RAE es una falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener. En mi opinión, es una de esas palabras que de tanto utilizar a la ligera ha ido perdiendo significado más y más hasta que hoy por hoy la podemos escuchar hasta para denominar a tu compañero de piso que en una demostración de maldad sin precedentes se dejo la tapa del inodoro levantada.

Pero me pongo serio, y el tema está en que realmente la traición es un término obsoleto. Hace muchos años, cuando un desaire podía costar un puñado bien generoso de vidas, hablar de traición tenía cierta justificación. Hoy la infamia se ha extendido en términos cuantitativos, pero ha perdido en términos cualitativos, es decir, hay más cabrones pero menos dispuestos a llegar hasta el final. Hablar de vileza en estos términos se convierte casi en un ejercicio mundano, pues si seguimos la lógica ancestral todos somos culpables de perfidia en algún grado.

La era del agravio

En nuestros días, la era tecnológica o como quiera que la llamen los antropólogos, todo se ha vuelto súper importante. Si resulta que un amigo se ha destapado cometiendo el alevoso acto de borrarte de amigos en facebook, tenemos todo el derecho del mundo a desatar una guerra termonuclear contra él, y viceversa, si decidimos que un amigo no merece más nuestro soporte social y lo erradicamos de nuestras vidas presionando el botón de ‘borrar amigo’, sabemos que estamos ejecutando una maniobra tipificada en el código de los colegas como imperdonable.

Con esto quiero decir que, además de vivir en la era de las emociones —tema que abordaré en futuras entradas—, estamos existiendo en un momento histórico en el que todo lo relacionado con lo social ha adquirido cotas de importancia estratosféricas, con sus cánones inquebrantables y su normativa popular. El ser humano ha desarrollado una especie de sentimiento de pertenencia que va mucho más allá de lo que antaño era considerado normal. En años pasados, todo el mundo tenía su grupo de amigos, de conocidos, de enemigos y tenía un par de archienemigos, y tan felices que eran. En el momento presente, teniendo la oportunidad como se tiene de utilizar la globalización a nuestro favor y sacar tajada intelectual de todo ello, se insiste en arrastrar al ámbito personal todo aquello que viene en gana y pasar por alto lo positivo que se puede obtener en términos de pensamiento.

No intento decir que la sociedad actual esté sobrevalorada —bueno, un poco sí, pero ese es otro tema—, sino que la mala utilización de la misma ha ido creando tiranteces que se han ido convirtiendo en abismos insalvables. Las traiciones, entendidas en el momento presente, se han hecho un hueco en el pensamiento colectivo, y todo aquello que no está correctamente velado por la policía de lo correcto se vuelve contra el ser humano como individuo hasta reducirlo a paria, a lacra.

El pensamiento que se vuelve contra el ser

Por otro lado, el simple hecho de aceptar la normativa social imperante como principio inapelable del ser moderno, lleva a las relaciones a ser superficiales y, por decirlo de algún modo, homologadas. Lo más seguro es que en el fuero interno de todas esas personas que sienten como insatisfactoria la relación con sus congéneres, se contemple la posibilidad de cambiar algo y volver más gratificante el acto de coexistir, pero el propio pensamiento, completamente envenenado de importancia, vuelve imposible cualquier tipo de remodelación.

Así es que nos encontramos en un momento en el que el índice de trastorno depresivo roza lo imposible —y no es porque el ser humano se haya vuelto más exigente o la era de internet haya destrozado la mente o cualquiera de esas chorradas que venden los medios—, y el mejor modo de arreglarlo es tomar conciencia de que la traición no existe, de que las relaciones están bajo el yugo de la importancia social.

La mala utilización de los recursos propios, que está cada vez más exultante debido a una especie de efecto bola de nieve, va secuestrando poco a poco la esperanza —si es que alguna vez la hubo— de resucitar. Lo mejor será que nos dejemos de hostias y recorramos el camino como si fuésemos inteligentes.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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