Reflexiones

Un fin de semana cualquiera, recién levantado de la cama, te dispones a realizar el primer movimiento del día, ese que pasa por acudir al cuarto de baño. Coges el cepillo de dientes y lo usas, te lavas la cara y, maldito ese momento, te miras al espejo. Como no hay prisa, no tienes que trabajar ni realizar ninguna actividad contrarreloj, comienzas a darte cuenta de que el tiempo te ha pasado por encima y ni un besito te ha dado. Cuentas canas, arrugas de expresión que antes no estaban, y comienzas a intuir que ese de ahí tiene muchas ganas de pensar en la identidad y todas esas cosas que pasan por la cabeza cuando envejeces de golpe ante un espejo.

El problema, te dices, es que no comulgas con tus compañeros de generación. Lo sigues pensando, y mientras agitas la cabeza te corriges, el problema es que no comulgas con ninguna generación. A ti, que no te gusta demasiado la fiesta porque te levanta dolor de cabeza, que disfrutas de las conversaciones de café y gafas de pasta, que no comprendes como tantos millones de personas pueden tener la osadía de hablar de política y economía sin haber comprendido nunca qué es exactamente eso de un escaño.

Qué crisis de identidad tan gorda padeces llegado este momento. Por si fuera poco, sabe dios qué equipo marca un gol en ese momento, y tú, con cada vez más cara de idiota, te sigues mirando al espejo como si fueras la madrastra de Blancanieves, preguntándote a ti mismo en voz alta: ¿dónde coño me he metido?.

No es que tú seas presa de una horrible conspiración, créeme. Ni que la raza humana se haya convertido de la noche a la mañana en una plaga contra la que no sabes como enfrentarte. Las personas siempre se comportaron como bacterias, haciendo de las banderas algo en lo que creer, de la patria algo de lo que estar orgulloso, de los demás algo de lo que nunca dudar, de la cultura algo de lo que no ser consciente.

Resulta que por culpa de las peleas dialécticas de bar —para las que por lo que parece existe una regla no escrita que estipula que cuanto más grites más sabes— se ha llegado a meter en las cabezas de las personas que discutiendo sin haber pensado dos veces lo que vas a argumentar puedes cambiar algo, hacer que el miserable mundo en el que vives sea un lugar mejor. Que adoptando un comportamiento zombi conseguirás que todas esas revueltas sociales que en tu cabeza están perfectamente estructuradas vas a ir a parar a algún sitio.

Con este ánimo que caracteriza al individuo, capaz de convertir un funeral en una fiesta solo por el hecho de que se juntan cuatro personitas alrededor de una mesa con comida, no vamos a ir a parar muy lejos. Con todo este sentimiento colectivo en el que prima por encima de la razón o la lógica el pedestre hecho de pertenecer al grupo —nunca he visto a los miembros de un colectivo medianamente importante llevarse la contraria, ¡qué afrenta!—, nos vamos a pegar una hostia pantagruélica y sobre todo merecida.

Señores, señoras, dejémonos de rebeliones de bata y zapatillas. Acometamos a la razón desde la reflexión y el trasfondo, y olvidemos que alguna vez fuimos esa raza que peleaba dando palos de ciego a todo lo que no quiso dedicar tiempo. No existe el conocimiento absoluto, y las opiniones sin fundamento ni argumento no valen para nada, así que es mejor no ponerse estupendo antes de tiempo y dedicar un mínimo de tu tiempo a pensar en lo que vas a decir, como lo vas a decir, y porque lo vas a decir.

Y, ¿por qué digo todo esto cuando comencé hablando de crisis de identidad y de generaciones?, pues porque está íntimamente ligado. Todo el mundo padece crisis generacionales, y cree que al formar parte de algo grande —véase un pensamiento grupal cualquiera— estará en paz con su identidad. Una identidad, por otro lado, que si estuviera supeditada única y exclusivamente a uno mismo y a sus reacciones naturales en vez de a la marea del absurdo que impera en el colectivo social, no padecería todas esas penurias.

Es completamente absurdo pensar que por compartir una meta se vaya a compartir también un camino. No se debería buscar el consenso —es en ese afán por alcanzar la meta en el que quedan olvidadas las mejores ideas—, sino un modo de confluir en un mismo punto sin necesidad de ir todos de la mano. Desgraciadamente, tanto bienestar social está llevando a que perdamos al individuo.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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