Reflexiones

Tal y como prometí en el artículo de ‘la traición‘, en el que mencioné este concepto de pasada, me dispongo hoy a profundizar un poco más en este tema que, a mi personalmente me trae por la calle de la amargura. Me explico.

No se sabe como ha ocurrido, pero el mundo ha ido viajando poco a poco en los últimos veinte años, y a toda leche en los últimos cinco, hacia un modus vivendi basado en las emociones del personal. A todo el mundo se le llena la boca hablando de términos como ‘inteligencia emocional’ o ‘empatía’, y no es que estos conceptos estén mal, para nada, ni que hagan peor persona al ser humano, sino que es una moda, una ‘era’ pasajera, y por culpa de la relevancia que adquirió lo emocional, se está cayendo en un pozo donde la lógica es una rara avis y las decisiones se toman en términos de bueno y malo en vez de correcto e incorrecto.

Hoy en día, ya es verdad colectiva que si te muestras más receptivo a comprender el estado anímico del prójimo y actuar en consecuencia, en lugar de tratar de entender no a sus emociones, sino al propio prójimo, eres un buen amigo. Lo peor de todo es que estas emociones están repletas de lugares comunes, y si a tu amigo le dejó la novia lo más probable es que lo enlaces, incluso voluntariamente, con esa vez en la que tu padre te dejo solo cinco minutos en un centro comercial y te sentiste abandonado. Eso es empatía de baratillo, jugar con un sitio en el que todo el mundo ha estado para mantener alto el nivel de socialización emocional.

Lo cierto es que después de esta perorata puede parecer que desprecio todo lo relacionado con las emociones, y no es cierto. Soy un firme defensor de prestar atención a las señales del estado de ánimo, sobre todo cuando se trata de trascenderse a uno mismo y alcanzar nuevos niveles de autoconciencia, pero a la hora de relacionarse con el entorno, el hecho de prestar excesiva atención a estas señales equívocas puede hacer que el problema se confunda con un mantenedor de conducta.

‘Un mantenedor de conducta, pero qué cosas dices David’, estarás pensando, querido lector. Pues me explico. A veces, cuando una problemática sobrevuela la cabeza de un sufrido ser humano, lo primero a lo que se presta atención es a ‘cómo me hace sentir’. El abnegado amigo será el primer punto en el que indague, y tratará con la mejor de las intenciones —eso no lo dudo— resolver esa disyuntiva emocional en la que se ve envuelto su prójimo. El problema viene, y aquí es donde se encuentra el quid de la cuestión, cuando se pasa por alto el propio problema para centrarse en las consecuencias del mismo (las emociones). Esto es un ejemplo y no es siempre así, claro, cada ser humano es un mundo y cada uno funciona con sus propias reglas —y menos mal que es así, sino la gente como yo no tendría nada sobre lo que escribir—, pero lo que vengo a querer dar a entender es que, sin quererlo, al centrar la atención en las emociones se está manteniendo la conducta problema.

Por lo tanto, ¿erradicar las emociones en el ámbito social?. Para nada. Las personas necesitan esa funcionalidad para existir, igual que necesitan el arte —el ser humano es especialista en necesitar vitalmente todo lo inútil—. Las emociones y todo lo relacionado con ellas pertenecen a ese grupo dentro del ser de ‘generadores de identidad’, hacen que el hombre tenga peso individual, así como la lógica y todo un conjunto de características absolutamente inabarcable. Es la mezcla de todo ello la que hace que se coexista satisfactoriamente, por lo que la preponderancia de una característica sobre otra, cuando es excesiva, convierte la personalidad en una marioneta más que en una cualidad definitoria.

Las relaciones interpersonales son el infierno en la tierra, la verdadera teoría de la relatividad. Cuanto más se tratan de comprender, más se desdibujan en una suerte de cables inconexos. La era de las emociones no ayuda a hacer un esbozo útil sobre ellas, ya que entremezcla en la mayoría de casos lo real con lo pretendido, y aunque sea absolutamente utópico, creo que lo justo sería dedicar el mismo tiempo a educar las emociones que la lógica.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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