Reflexiones

A nadie en el planeta tierra le gustan las despedidas —no puedo aportar datos sobre esta circunstancia en otras galaxias—. Cada ser humano se despide un número de veces X durante su vida, y resulta que el aumento de esa cifra es directamente proporcional al incremento de la edad. Conforme pasan los años, se van los lugares, las personas, los momentos, y llegan los quizás, los puede que más adelante, los no tengo ni puta idea de qué va a pasar. Las promesas comienzan a perder valor, como si al contrario que el vino, el tiempo devaluara su validez. Nadie quiere estar, pero todos quieren volver una vez se han ido.

Cuando te despides, las cosas adquieren nuevas perspectivas, y hay que tener bastante estómago para no acabar convertido en un cabrón contradictorio. Se reformulan un montón de conceptos que nunca antes habían presentado batalla, y tú, con tu mirada de persona anciana, te sientes como si alguien te hubiera estafado.

Qué triste y salvajemente inútil es eso de despedirse. Los años no tienen compasión con los que no gustan de tener demasiados hasta luegos en las espaldas, y descubres que el sentido del humor de ciertas circunstancias de la existencia tiende a ser poco elegante.

A veces —y cuando digo a veces en realidad quiero decir siempre—, no dejar títere con cabeza es una práctica inevitable. Parece que existe cierta correlación entre destruirlo todo y despedirse poco, por eso de dejar bajo mínimos las reservas del pasado. ‘Qué le den por saco al hombre cabizbajo’, te dices a ti mismo, ‘cuanto antes se quede sin lugares a los que volver, más pronto levantará la cabeza’. No habrá ni un miserable recuerdo que te haga revolcarte en la crudeza, y eso tiene su premio, por lo que parece.

Es alucinante la cantidad de veces que uno se descubre a sí mismo despidiéndose de algo. Adiós, móvil estropeado, microondas roto, bolígrafo destintado. Adiós, querido lugar, maldita soledad, sufrido hogar. Adiós, pasados amigos, alegrías en los bares, presente ya recuerdo.

Las personas, creo, vienen de fábrica con un número finito de recursos. No puedes vivir más que una vez, tampoco puedes olvidarte de algo en más ocasiones que una, ni lamentar algo más de cien veces —y esto es una aproximación— sin romperte. Y comienzo a pensar, que también despedirse forma parte de ese grupo de situaciones cuya cifra máxima viene delimitada, o al menos debería. No es que comenzar sea malo, es que es desesperantemente cansado, y dependiendo de la persona, puede llegar a rozar la desidia.

¿Y qué vamos a hacer ahora que sabemos que despedirse provoca todo tipo de despropósitos y alguna que otra úlcera?, pues lo obvio: no irse nunca. Será mejor guardar esas veces en las que te puedes marchar para cuando no haya más remedio que no volver, y mientras tanto, no permitirse el lujo de desperdiciar un adiós por cada vez que sospeches que el camino se va a poner jodido. Esto no es tan difícil, en realidad, basta con no prestar atención al presente cuando te solicita convertirse en pasado.

Aunque creo que estoy diciendo chorradas, claro que es difícil. De hecho, no se me ocurren muchas más ocurrencias del devenir —por decir una palabra— que necesiten de un mayor uso de lucidez. Despedirse en realidad es lo más fácil, aunque ya nos haya quedado claro que también lo menos agradecido. Empezar algo a partir de cierta edad comienza a dejar de ser involuntario. Ya no vas a emprender nada nunca más por inercia, tu temor se encargará de ello personalmente.

Te vas, te estás yendo, y ya puedes dedicar un poco de tu tiempo a intentar no despedirte, porque esa mierda es muy golosa. Comienzas despidiéndote de una camiseta pasada de moda y acabas diciéndole adiós a todo cuanto te rodea. Así que decídete ya, no hay medias tintas que valgan en este deporte.

Hay veces, eso sí, que despedirse tiene más de capricho que de necesidad. Realmente nadie necesita desvincularse por el simple hecho de estar a años luz del mundo conocido, pero resulta bastante molesto no tener todo lo que es habitual en tu vida a tiro de piedra. Dí adiós si ves que el asunto se te va a ir de madre —aunque en ese caso no te garantizo nada— y eres lo bastante infeliz como para que un poco más no se note. Y aunque espero que te permitas dudar de esta circunstancia, no tengas la desfachatez de engañarte.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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