Reflexiones

El otro día, después de poco caminar y mucho elucubrar, decidí intentar entrar en un estado mental en el cual las personas no hacían ruido, para a continuación descubrirme a mí mismo sonriendo como un tonto para mis adentros. No dio resultado, por supuesto, a ver si vais a pensar que tengo superpoderes y yo aquí sin saberlo, pero el concepto me quedó grabado, y ahora no hago más que tratar de silenciar el sentido del oído —de un modo generalmente infructuoso— por eso de intentar rozar con la punta de los dedos lo que se debe de sentir al vivir en un ambiente libre de la puta contaminación acústica.

Son las 2 de la madrugada, y uno, en su afán trasnochador, decide ver una película para combatir el insomnio entre otras razones. Por supuesto, educado que me han hecho mis padres, pongo el volumen a un nivel normal, nada espectacular, lo justo para poder escucharlo y que mi vecino no disfrute de las explosiones que acampan en el ‘drama existencial’ que he decidido visionar. Tengo el mando en la mano, y cada vez que veo que la cosa se va a ir de madre sonora bajo unos cuantos puntos al nivel de audio, que la gente quiere dormir —todo esto me lo digo a mí mismo en singular soliloquio durante estas noches toledanas—. Pero parece que mis esfuerzos por ser cívico se van al carajo cuando un camión limpiacalles pasa por mi calle regalando decibelios como si no estuviéramos en crisis, que si el sonido fuera mierda esto sería un vertedero, y no contento con pasear a la luz de la luna una vez, vuelve a pasar de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Y mientras yo, agonizante en el sofá de mi hogar, sumido en el drama, me pregunto como se puede considerar legal soltar estas máquinas del averno a tales horas de la madrugada sin siquiera dedicar unos instantes a pensar en las personas que pretenden vivir en las inmediaciones.

Porque claro, yo lo sobrellevo con bastante dignidad, ya que mi momento álgido dentro de la tragedia responde a darle a pausa a la película y entrenar el arte de la blasfemia mental, pero ese pobre vecino mío, esas familias que viven a mi alrededor, ignorantes del maremágnum que se está desatando a pocos metros de sus cabezas, desconocen que cuando levanten sus cuerpos del lecho en el que dormitan tendrán tanto estrés y mal dormir acumulado en sus cerebros que no sabrán si es que el camión estaba en la calle o en el interior de sus apacibles y nocturnas viviendas limpiándoles los intestinos.

Esto es solo un ejemplo, claro. También existen las personas —término rebatible para estos seres— que deciden que la noche, en su cualidad de oscura, además de cegar también insonoriza. Fiestas estudiantiles y estudiantes de fiesta, juventud y senectud entregada al jolgorio de la embriaguez, todos ellos haciendo del trueno un susurro, como si el estruendo de sus voces no tuviera repercusión en los pobres y desgraciados seres que disfrutan del silencio.

Pero claro, todo esto suele ocurrir con nocturnidad y alevosía, lo cual no quiere decir que bajo los rayos del astro rey no se desaten verdaderos infiernos acústicos que, curiosamente, las personas tienden a pasar por alto, resignados ya a que el mundo es un lugar ruidoso que en sus más altas cotas roza el límite de la insostenibilidad. Perros que ladran, niños que gritan, motos sin silenciador, señores y señoras gritando al micrófono de sus teléfonos móviles, músicas entremezcladas creando de la nada una sinfonía del dolor, etc. Mientras tanto, ese observador —que en este caso soy yo, pero estoy seguro de que tú, querido lector, también has experimentado estas situaciones—, completamente patidifuso, se plantea si merece la pena ir a la compra un sábado por la mañana cualquiera o será mejor morir de inanición en la soledad de su hogar.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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