Reflexiones

Sales a la calle, te enchufas un casco en cada oído, y decides que vas a rodar una película con tus ojos utilizando tus canciones por banda sonora. Hasta caminas más despacio, pensando triunfal que por fin el mundo se decide a ser un espacio diseñado a tu medida.

No hay nadie por las aceras que se detenga a mirarte, vas atravesando la cuarta pared sin pensar en el espectador, como si lo único que importara fueras tú y tu propia película. Ay amigo mío, cuanto te va a doler.

Porque sí, el simple hecho de caminar sabe a poco, y dado que nadie se va a preocupar de escribir una espectacular sinfonía, con sus tubas y sus contrabajos, para los lamentables paseos que nos damos de casa al trabajo y del trabajo al bar, dispuestos a rodearnos de más humanos que de partículas de aire para acto seguido dejarnos caer en eso que en un alarde de originalidad he decidido llamar soledad social, será mejor que, por lo menos, la música la pongas tú.

Ahí, encerrado en tus auriculares, como en tu sofá pero a cientos de metros de cualquier lugar seguro. Se le encuentra cierto morbo al tema ese de ir escondido a plena luz del día, cuanto más obvio mejor. Llevas puesta la cara de los domingos, la que dice ‘estoy muy triste pero intento que no se note’, y no sabes como, resulta que funciona. Piensas que tu disfraz, tu cara, tu música, está funcionando, y te emocionas pensando que cuando suene la siguiente canción vas a ser como poco el protagonista de ‘Taxi Driver’, con Jodie Foster incluida. Pero resulta que no es que seas tú un prodigio de la interpretación, sino que esas personas ante las que pasas inadvertido dejaron los ojos en piloto automático. Ellas también van con su banda sonora, con sus películas, con sus ‘Memorias de África’, con sus ‘V de Vendetta’, con sus ‘La vida es bella’.

Tú, desilusionado pero presa de una pasión privada y certera, decides seguir siendo tu propio protagonista, subes más el volumen y que venga alguien a atreverse a desconectarte. Porque ahí estás tú, un fantasma sin vida anterior, deseando tropezar con algo que te haga detenerte. Esperando casi sin aire a que ese último acto tenga, por lo menos, un final.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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