Reflexiones

Las personas se contentan con poco. Así de contundente comienzo hoy, y no me lo pienso dos veces —en realidad sí, y tres y cuatro también—. Los seres humanos viven en base a una nube de creencias —y podemos llamarlo creencias, ideales, perversiones, da igual el término—, a un desierto de falsa seguridad. No importa el grado de mentira relativa, esto es, la cantidad y calidad con que te mientes a ti mismo, sino que la capacidad acomodaticia del hombre se vea en todo momento satisfecha.

Una vez conocí a un chaval —esto es mentira, pero me voy a permitir la licencia literaria—, Francisco se llamaba, que rondaba la treintena. Llevaba una buena vida, no se alimentaba del lujo pero su casa tenía cincuenta metros cuadrados, su perro le quería bastante y su madre hacía las mejores croquetas del mundo. Su trabajo de clase media le permitía llegar a casa a una hora lo bastante respetable como para poder ver una película de tiros a diario, o un programa de televisión aleatorio. El buen Francisco no se quejaba de la vida que llevaba, tenía un buen grupo de amigos con los que jugar a las cartas y beber vodka, y un talento innato para no preocuparse demasiado.

Francisco, puedes pensar, querido lector, era un hombre medio. Una estadística más, un número en algún censo, un lugar más en el listado telefónico. Lo cierto es que sí, así es, pero si de algo padece Francisco es del mal del siglo XXI, la enfermedad de la indiferencia, la dolencia de los días aburridos. Era el hombre que no quería pensar.

Si la novela comenzaba con una frase complicada, quizá lo mejor sería intentarlo mañana —y, en el diccionario del hombre que no quiere pensar, mañana es sinónimo de en otra vida—. Si las cosas están más o menos bien, mejor así, hay personas que viven con menos, se dice Francisco, más vale malo conocido que bueno por conocer. Y el refranero nunca falla.

Qué vida la de este tranquilo e inocuo zagal, ¿verdad?. Pues Francisco está en todas las personas, es el alter ego mundial. Es el reflejo de la cotidianidad, que por si no lo he dicho aún, es la circunstancia que nos acabará matando a todos.

Hay personas cuyas personalidades son así, y lo saben. Hombres y mujeres que son conscientes de la vida que llevan, y son perfectamente felices, y cuentan con todo mi respeto y aprobación —aunque eso no valga para absolutamente nada—. Pero hoy no me quiero referir a ellos.

Hoy quiero hablar de los que sí se lamentan. De Francisco, que realmente odia jugar a las cartas y beber vodka, que aborrece su trabajo y las películas de acción, que está cansado de sus amigos, que son esos que prefirieron ir a ver el fútbol cuando estaba en el hospital con el peroné roto.

Estas personas, por culpa de todo y nada, han acabado anuladas. Ya no quieren pensar, que es eso que cansa mucho y no lleva a ningún lado. No tiene sentido tratar de mejorar lo que no está mal, se dicen, y si vamos a hablar, ¡por favor, que sea de algo intrascendente!.

La sociedad —esto es, la humanidad—, punto por punto, se ha encargado de ir creando salidas cada cien metros para que vivamos muchos más años y no tengamos grandes dilemas. Nos ha dado muchas marcas de refrescos para que nuestra gran disyuntiva sea elegir entre coca-cola o pepsi, y nos ha regalado temas de conversación recurrentes en los que es fácil posicionarse y difícil discutir en serio. Y esto es un problema, y te prometo, querido lector, que la culpa no es del buen Francisco.

El mundo gira sobre un eje torcido, el de la desinformación —o lo que es lo mismo, del exceso de información tergiversada—. Los seres humanos ya no soportan el peso de la existencia, donde todo es muy complicado y hay especialistas en cada vez más subcampos. Los ánimos están por los suelos, y aunque sea para llevarse las manos a la cabeza, no es para extrañarse. Y créeme cuando digo que si tuviera una solución la habría dado al principio del texto y me habría ahorrado un montón de pulsaciones en el teclado.

El aburrimiento es tal que no importa nada salvo llegar con pelo y cobijo a los setenta. Arriesgar se ha convertido en un arcaísmo, y todo lo referente a los cambios vitales se considera casi un insulto. Hablo de que Francisco se busque otro trabajo, que se deje de capulladas y le hable a esa chica a la que le escribe poemas bajo las sábanas, a que pase de sus amigos de mierda y se vaya directo a esas clases de teatro que siempre amó en silencio porque sus colegas se reían de los actores.

El mundo está en punto muerto, al ralentí, y a él le importa bien poco. Al fin y al cabo, lo único que hace es girar y girar independientemente de las crisis que ocurran a nivel intelectual sobre sus placas. No habría que buscar más excusas en el cubo de la basura para seguir siendo una panda de pusilánimes, sino que habría que prenderle fuego al maldito cubo de la basura con todo lo que crees conocer dentro.

El hombre que no quiere pensar está, de hecho, bastante harto de encontrarse rodeado de análogos. Y a nada que le presiones, se volverá loco y comenzara a darle vueltas a todas esas tonterías que le harán vivir mejor.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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