Fotografía Reflexiones

Desde muchos puntos de vista, el ser humano vive rodeado de accesorios inútiles, y no me refiero a los ítems de los que tanto se ha cuestionado su naturalidad como la telefonía móvil o cualquier otro gadget que haga de la vida algo más confortable —estos accesorios no son inútiles, sino superfluos—, sino a los añadidos que se han acabado por implementar como una mejora del carácter. Estoy hablando del circo que está montado alrededor de las apariencias, ante cuyos entresijos acaba cayendo incluso el que sabe que no tiene relevancia real.

No es la idea que pretendo transmitir que el modo de mostrarse al mundo adolezca de irrelevancia, sino que la verdadera esencia, hablando siempre desde el punto de vista del arte, del ser está bajo todas esas capas de mierda que se colocan una encima de otra hasta crear ese espantapájaros mediático en que se convierte el hombre en sociedad.

Y aquí llego —mira que me enrollo en las introducciones— al asunto del que quiero hablar hoy: el desnudo.

El desnudo como fuente de pureza

Muchos artistas a lo largo de la historia han oído esa llamada a utilizar los cuerpos desnudos para intentar hallar una respuesta a sus inquietudes existenciales, tratar de explicar el zeitgeist de la sociedad contemporánea a ellos mismos, o liberar sus ideales estéticos, tan generalmente infravalorados.

Libre de todo complemento, el ser humano irradia su verdadera belleza. Todos esos añadidos son más ornamentos a la personalidad que a la estética propiamente dicha, de modo que lo que se busca con estos adornos es definir un carácter dentro de una forma estática más que embellecerlo tratando de encontrar su fin último como modelo dentro de la existencia.

Todo esto puede estar quedando enrevesado, pero resumiendo: en arte —y hablo de cualquier arte—, los adornos extrínsecos entorpecen el conjunto de la obra.

Cuando el ser humano artista intenta enfrentarse al acto de la creación, al momento en el que debe poner en un plano físico su imaginería inefable, es cuando debe comprender que debe emprender la obra desde dentro hacia afuera, esto es, desde la esencia misma hasta el acabado final. Empezar por un cuerpo desnudo es, en este orden de cosas, encerrar la misma esencia de la propia naturaleza en un único momento, el de la vulnerabilidad.

La vulnerabilidad como expresión de la verdad

Dicho todo esto, quiero hacer hincapié en la cualidad de verdad que posee la vulnerabilidad. Cuando el hombre se rodea de disfraces sociales, de roles y demás, se está intentando dejar esa característica innata que es la exposición al dolor bajo cientos de capas de maquillaje. Este hecho acaba siendo el que destruye toda oportunidad de entender, hasta el punto de que no conozco muchos artistas que estén interesados en mostrar esa faceta de la vida humana.

Desnudo el cuerpo queda así el círculo cerrado. El dolor no tiene rejas y la mirada del espectador se puede posar en todos esos rincones inaceptables de cualquier otro modo. Es aquí cuando el creador de arte trabaja su propio punto de vista, y viste el conjunto con sus ojos directamente sobre el material más puro y esencial posible.

Además, el hecho de estar sirviendo a una disciplina tan entrenada en buscar lo que no se ve proporciona al artista un salvoconducto para enfrentarse al cinismo de la sociedad, al puritanismo que destruye toda expresión superior. Demasiadas veces he visto como se tacha de pornografía —las tertulias matutinas y el famoseo, eso sí es pornografía— intentos de mostrar la verdad humana de un artista —te invito, querido lector, a que te des un paseo por la obra de Carlos NunezBen HeysEric Kellerman o Carmelo Blázquez Jiménez—.

El arte que se hace a sí mismo

Muchas veces se ha hablado de esos guionistas que bocetan unos personajes dentro de un contexto y después dejan que sean ellos mismos y sus personalidades los que creen la historia, limitándose el escritor a ser un simple escribano. En el arte estético puede ocurrir algo parecido, donde el artista puede y, en muchos casos debe, dejar que sea el objetivo el que de forma a la obra. Es imposible intentar captar toda la esencia de un retrato, de un cuerpo desnudo solo con la sensibilidad que el ser humano trae de serie, incluso aunque esa sensibilidad sea espectacular. Así que muchas veces el fotógrafo, pintor, artista gráfico en general, debe dejar que la inspiración le venga dada, para centrarse en entender más que en otra cosa. Y no hablo de entender la vulnerabilidad o la desnudez, sino a esa persona que se esfuerza por, con su cuerpo y sus sensaciones, dar forma a otro orden.

Esto no se contradice con lo anteriormente expuesto, pues se trata de crear una simbiosis entre el modelo, lo creado y el creador, y casi siempre esta conexión se logra dejándose en manos de la intuición —intuición artística, no nos entendamos mal—.

La desnudez y el ser

Y así voy llegando al final, tratando de establecer una relación entre los lugares recónditos y cargados de expresión de un cuerpo con la propia concepción de existir. El intento de explicar cualquier forma de arte es siempre un ejercicio de introspección, pues solo dentro de cada uno mismo tiene sentido —el arte es uno de esos virus que fuera del cuerpo no aguantan ni cinco minutos—, y como ya decía en el artículo ‘Ojos‘, quedan pocas cosas honestas dentro de la imagen externa de los seres humanos.

Es posible que no estés de acuerdo conmigo, querido lector, como puede que sí, como puede que en la mitad y un cuarto de lo que digo, pero lo realmente importante hablando de este tema tan inexorable es que se tenga una idea particular que defina para uno mismo el significado de determinada parcela del arte, en este caso, el desnudo.

 

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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