Reflexiones

A veces el camino toma sentidos inesperados, bien lo sabe el ser humano. Las personas necesitan de dos dosis de alegría por cada una de tristeza, por eso del equilibrio del diablo, y por mucho que se pretenda alcanzar un estado u otro, mucho me temo que en ningún caso va a depender de tus expectativas. Esto es, el hecho de lanzar tus esperanzas —con todo el desastre que esto conlleva— hacia un determinado lugar no te va a garantizar una entrada triunfal, más bien todo lo contrario. Demasiadas veces he visto como a la gente que me rodea les salpica la mierda, sin excepción, y no he visto ni un solo caso en que les haya salvado la esperanza, las buenas intenciones o el sentido de la justicia —que por algún motivo siempre difiere entre las personas, no he conocido a dos que compartan ideales justicieros—.

Esto me lleva al pesimista como raza aparte. Al buen pesimista, para ser más concreto. Este espécimen, no demasiado contento con el orden que siguen las cosas, ha decidido que será mejor llorar antes de tiempo, poner la cara dura antes de que el puñetazo esté previsto. No tiene mayor ciencia y, lo mejor de todo, no los convierte en unos tristes incurables.

El bien que decepciona

A menudo ese compañero de trabajo que todos tenemos, el que no para de quejarse porque intuye que el jefe le va a despedir, que está convencido de que el café matutino va a saber a achicoria porque la nueva máquina es demasiado pequeña, o sabe dios qué más, se hace un lugar en el desprecio de quien disfruta de sus monólogos catastrofistas. Pero no nos llamemos a engaño, este señor no es un pesimista, sino un negativista incurable con cierto toque de paranoia. No es lo mismo pensar que todo va a salir de pena independientemente de las señales de la realidad, que esperarte lo peor y prepararte para lo mejor —aunque si para algo es imposible estar preparado es para la dicha—.

Las decepciones duelen bastante más que las desgracias, de eso no tengo duda. Es preferible vivir una tragedia predecible que encontrarte con una que jamás habrías concebido. Esto no quiere decir que lo lógico sea dormir con un mandoble bajo la almohada —aunque en ocasiones no sabría qué decir—, sino que un modo bastante barato de ahorrarte desilusiones es no pedirle peras al olmo.

Si hay un concepto que merece la pena investigar es el del pesimismo. Todo el mundo tiene una opinión nefasta de ellos, se les llama gafes, portadores de mal fario, cenizos, tristes, capullos —ya por insultar que no quede—, incluso hay quien les achaca los males del mundo, como si el hecho de no pegar saltitos de alegría ante un hecho potencialmente decepcionante fuera a destruir los resultados. Los optimistas también tienen su lugar en el mundo, por supuesto, pero ese es un tema que llega para otro artículo.

Siempre me ha gustado deconstruir todo lo que escucho, tratarlo como si no tuviera precedentes y luego colocarlo, ya virgen, en este puto entorno en el que vivimos. El pesimismo es uno de esos conceptos terriblemente prostituidos por las malas lenguas, uno de esos que antes de existir ya había sido juzgado un millón de veces por simple superstición.

El placer que defrauda

La imposibilidad del hombre para existir sin creencias ni expectativas se mantuvo históricamente a un nivel desesperantemente elevado, y es esta capacidad de olvido infinita la que, paso a paso, está consiguiendo que se repudie todo aquello que no nace de la esperanza. A todo ser vivo de este planeta se le prepara desde el primer momento de sus vidas para esperarse lo mejor, para el éxito, para los grandes momentos. Tanto es así, que llegado el día no pueden más que sonreír con cierto esfuerzo y buscarse otra meta en la que creer desesperadamente. Hedonistas que somos, esto va contra los principios del placer, ya que todos sabemos la cara que se queda cuando abres un regalo cuyo interior ya conocías.

Todo el mundo quiere vivir lo mejor posible, estar con la pareja perfecta, dejar una huella en la eternidad, y el buen pesimista no renuncia a ello. Se relame de igual modo que cualquier otro mortal fantaseando entre las sábanas con un futuro brillante, rodeado de satisfacción vital. No pienses, querido lector, que estoy haciendo una apología del infinito mal rollo, piensa que solo hablo de vivir mejor con uno mismo y no romperse los dientes contra todas las piedras del camino.

No va a ser nunca plato de buen gusto encontrarse cara a cara con el placer que defrauda, sino descubrir que algo maravilloso e inesperado acaba de ocurrir.

El pesimista que quiso vivir

Y voy concluyendo, hablando de esa persona que quiere vivir.

Libre de cualquier indulto de la sociedad, el pesimista quiere llegar al final del día con todas sus fuerzas. Habla de los futuros imposibles y no se olvida de los pasados que, aun siendo prescindibles, conforman una vida mejorable. No se plantea la posibilidad de que algo pueda ser peor —¡ya es imposible!—, así que solo cabe mejoría, aunque mucho me temo que es una mejoría que solo va a existir en sus fantasías, así cuando llegue, si es que llega, será una gran alegría. Tiene una ambición comedida, realista pero de gran alcance, pues soñar es gratis, e incluso los que se lamentan saben reír.

Ahora solo queda esperar a que ese día me llegue, y deje de ser un negativista incurable con cierto toque de paranoia.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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