Reflexiones

A lo largo de mis viajes —esto es un decir, que tengo que explicarlo todo— he encontrado cientos de personas involucradas con alguna causa, todas luchando por ese algo con una pasión admirable. Eso desde fuera.

También he observado que todos tienen un anzuelo delante, una correa que va desde su cuello a sus propias manos, y cierta tendencia autoconformista, autoindulgente, y demás autos que se os ocurran. Unos sentimientos cuestionables acerca de su nobleza  (algo que abordaré más adelante) que si bien no son per se malignos si muestran la verdadera cara del personaje en cuestión.

Por la boca muere el pez, digo yo que estoy hoy de un ocurrente que jode, y si algo es deporte mundial, con su selección de élite, su cantera y sus entrenadores, es el cinismo. No creo que importe mucho sentirse diferente, cuando los actos y los sentimientos que la raza humana tiene como virtud airear a los cuatro vientos son directamente contradictorios. La catarsis es una mentira primigenia que miente a la cara de quienes la reciben igual que a un espejismo. El caso es creer, sentirse parte, figurar, existir, que alguien tenga una palabra para ti en tu tumba.

La nobleza. Ay la nobleza. Aquí se habla de consecuencia y de buenos valores como quien sintoniza una radio antigua, sin prestar mucha atención pero con rictus entregado, como si la vida dependiera de ello. Esas mismas personas, llenas sus bocas de elevada ética, son las que ven los peores realities mientras nadie los ve, las que escuchan reggaeton mientras leen sobre Metallica —hay conversaciones ficticias que alimentar—. El cielo ya está ganado por dar 1€ a un indigente una vez a la semana, ¿no es así?, así que no hay razón para sentirse mal. Qué coño sentirse mal, dejémoslo en sentirse.

Dicho todo esto, no, no tengo ninguna solución suprema. Por más libros que se lean en el mundo, solo un pequeño porcentaje serán los apropiados, por más gran cine que se vea, solo cuatro gatos —o cinco, o seis, el número de gatos tampoco importa demasiado— querrán ver más allá. La solución es personal e intransferible, y cada uno hará con ella lo que le salga de la perilla del ombligo. Eso sí, que nadie espere que sea agradable.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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