Reflexiones

Nunca he sido partidario de hablar de uno mismo más que lo estrictamente necesario, algo que la mayoría de las veces he traducido mentalmente en la culta y sabia expresión de ‘no dejes la mierda donde vas a comer’. Darse a conocer es lo que todo el mundo espera que hagas, ya sea para que puedan establecer odiosas comparativas o para rellenar esos silencios que aparecen de pascuas en ramos cuando las conversaciones rozan lo absurdo.

Pero hoy estoy rumboso, espléndido, poco agarrao en general, y voy a exponer ciertas reflexiones que te aseguro, querido lector, deberías evitar a no ser que estés pasando un día aburrido de cojones. Voy a hablar de mí y de cómo las cosas cambian.

Nací un día al azar de un año cualquiera de la década de 1980, el médico me dió un par de bofetadas profesionales, lleve pañales, dejé de llevarlos, empecé a andar, a hablar, a leer, y entonces aprendí a cagarme en todo. Esta es la versión corta, para no abrumar al lector con insustanciales hechos de la vida de David, como cuando decidió parar un columpio con su ceja izquierda —siempre ha sido, el muy cazurro, muy de destrozar cosas con la cabeza— o cuando descubrió no sin cierto regocijo que la ironía es mucho más eficaz que la vehemencia.

La versión larga llega hasta hoy, día en el que las carreteras del mal envejecer me han traído hasta este momento, aquí, sentado en un hostal al azar dentro de una ciudad cualquiera. Escuchando a un violinista callejero, uno de esos que mezcla a Mozart con los Beatles sin alterarse lo más mínimo. Viendo a cientos de personas pasar por delante de mis entumecidas narices, divertidos, ajenos, posiblemente felices, o tristes, qué coño sabré yo.

Pero seré más concreto, que tanta incertidumbre puede arruinar hasta la mejor de las historias —y soy consciente que esta no es una de ellas—. Estudié la carrera de psicología, pero durante largos años he pensado que más que psicología haría falta un puto milagro para que no nos acabemos matando los unos a los otros en singular batalla hasta que solo queden las cucarachas para contar la historia. Durante bastante tiempo, y utilizo el término bastante porque no se me ocurre una palabra más precisa, he estado dedicado en cuerpo y alma —bueno, ya me entiendes, querido lector— al mundo audiovisual, esto es, a alimentar mi espíritu de cineasta frustrado y de narrador irredento, para acabar, impulsado por los más tenebrosos designios del destino —y esto es una figura literaria, paso bastante del destino—, trabajando en un hospital, ejerciendo aquella profesión que hube jurado una vez que no iba a ser de más utilidad a las personas que un libro sin páginas.

Y vi cosas, cosas que vosotros no creeríais —que ilusión, siempre había querido decir esa frase—, vi a las personas caer y levantarse, superar sus miedos, atragantarse con la realidad, lamentarse más allá de lo lamentable, cagarse en todo con una fuerza admirable. Y también vi, o mejor dicho, me vi, con ganas suficientes como para dejar de ser tan cínico al menos durante unas horitas al día, e intentar no malgastar los escasos recursos de que dispongo en vendettas absurdas y poco agradecidas.

No fui yo nunca precisamente un activista, más bien lo contrario, un pasivista si se me permite el neologismo, muy de hacer lo que creí correcto en cada momento y pasar olímpicamente de intentar convencer de nada a nadie. Y no vayas a creer que me voy a poner ahora a decir que he sentido la llamada de algún orden superior para hacer el bien y velar por la integridad mental de mis congéneres —la megalomanía nunca ha sido mi estilo, lo siento—, sino que ha sido ahora el puto momento en el que he llegado a la conclusión, y he sido yo solito, de que hay ciertas cosas que no se pueden cambiar, y otras que no se deben cambiar. Nada más.

Igual tú, respetable lector de estas líneas, tienes un irresistible talento para pintar graffitis en paredes con gotelé, o para hacer maquetas con palillos usados, o para esculpir estatuas en mierda de oso. Lo mismo estás llamado a escribir apasionadas poesías que vayan a cambiar el rumbo del amor en nuestros días, a orquestar cine imperecedero, a dirigir un país entero con sabiduría y rectitud. Quien sabe si eres tú el que debe revolucionar la ciencia, silenciar las voces de los necios, o entregar tu valía a la computación avanzada.

Y yo, que no estoy llamado realmente a nada salvo a perder el tiempo delante de un ordenador, en un hostal al azar dentro de una ciudad cualquiera, he decidido que voy a dedicarme hasta que me canse —seamos realistas, que estas cosas pasan— a cambiar las cosas que no se pueden cambiar.

Esas cosas llevan escritos nuestros nombres, nuestras insignificantes autobiografías, y solo podremos hacerles frente si nos envalentonamos lo suficiente como para dejar que nuestras heridas se empiecen a lamer solas.

Hoy voy a hablar de mí lo suficientemente alto como para que nadie me escuche, y mañana ya veré que leches hago para que seas tú, querido lector, el que hable de sí.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

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